I. Amor tóxico

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Con el correr de los días, los meses, los años y las sonrisas depresivas que todavía no sabían que lo eran, comencé a conocerte. Estabas junto a la poesía, esa chica sensual que pensé que nunca me acariciaría el pecho con sus frágiles manos. Tú, melancolía, eras su sombra. Oscura, pervertida, hermosa.

Me atrajiste desde que encontré versos sobre ti, escritos por otros amantes. Se volvían locos. Yo también.

Nuestro primer beso se escondía entre poemas de fingido suicidio, de un hombre que se hundía en hojas marchitas. Luego, dejé que te derramaras en la lluvia. En mis canciones estuviste siempre.

Me encariñé demasiado, lo sabía, pero no podía soltarte. El dolor que me causabas era arte y lo pintaba en todos lados. En palabras, en lápiz y lágrimas. Todos los días se habían convertido en heridas y las noches en llanto desamparado. Me diste inspiración y habilidad, pero me quitaste la luz que guardaba valiosamente dentro.

Ya no quería verte en mis ojos, ni en mis ausencias. Te habías vuelto la manipuladora de mis emociones. Intenté echarte, mandarte a la mierda, ignorar los temblores tras las costillas, causados por tus golpes.

Y creí que lo estaba logrando. Sin embargo a veces, en los días más grises, me sorprendes recostada en la cama.

Palabras sueltasDonde viven las historias. Descúbrelo ahora