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Cómo contratar a un prostituto sin olvidar la opción 2. Parte II

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Alice había decidido venir a mi apartamento después de la llamada. Era una buena chica y ambas habíamos sido amigas desde la Universidad (la mejor época de todas). También habíamos tenido nuestra breve aventura lésbica en su tiempo, pero no duró mucho. Después de algunos besos y arrumacos nos dimos cuenta que salir con mujeres no era lo nuestro. Ella extrañaba el roce suave de la barba masculina en su mejilla y cuello, y yo no iba a dejarme el bigote por complacerla. Por otro lado, mi añoranza estaba en un roce un poco más conciso y menos suave concentrado de la cintura para abajo.

Como sea, después de aquello la amistad siguió igual que siempre y mejorada, porque teníamos claros nuestros gustos sexuales y éramos más confiadas entre nosotras, ya sin secretos, ni temores. Y la amistad se fue reforzando y agigantándose con los años. Alice era la única persona en esta vida con la que me sentía absolutamente libre.

—Creo que deberías exponer con delicadeza y sutileza las razones por las cuales tú no eres afín a las bodas Ely —Ely era su apodo cariñoso y original, para mí (nótese la falta de correspondencia con mi nombre). También era a la única persona a quien le dejaba ponerme motes.

Delicadeza y sutileza no son palabras que me definan, hermosa. Además, cualquier excusa que ofrezca quedará mal vista, lo sé. No quiero que me tomen como una persona de mente cerrada— «Como mi madre», pensé—. ¿Quieres una cerveza? —le ofrecí una lata recién sacada de la nevera, mientras ella hacía zapping en la TV, sin mucha ilusión.

—¿Te cortaron Netflix? —hizo una mueca y dejó el control remoto resignada. Tendría que conformarse solo con la charla. Luego, se acomodó en la banqueta frente a la barra de la cocina y me miró, asintiendo—. Sí, te acepto una, gracias. En cuanto a lo otro, no eres anti-pro, todo lo contrario, y a ambas nos consta esome guiñó uno de sus magníficos ojos castaños de manera sexy.

—¡Eres una idiota! —reí mientras le daba la fresca latita de cerveza y abría otra para mi—. Y sí, me cortaron Netflix y dentro de poco otros servicios. Soy una mujer pobre, más ahora que me acaban de sancionar en el trabajohice un mohín y me apoyé sobre la barra frente a ella con actitud de mártir. Observar las expresiones de Bella me ha otorgado su increíble habilidad para parecer una víctima desahuciada—. ¿Y si vas tú conmigo? Podríamos decir que eres mi pareja y así encajaría a la perfección en esa boda y me ahorraría de ir sola, de nuevo, a un encuentro con esa gente odiosa.

—¡Ajá! Por ahí venía la cosa. Entonces no es que no desees ir al evento. ¡Tú no quieres ir sola! —me miró con expresión inquisitiva.

—¡No es eso! —refuté—. Es decir, claro que me ofusca ir a la boda, pero como mencioné, tengo la obligación de ir, una reputación que cuidar y subsecuentemente esto me obliga a ir con pareja, porque ¿en qué cabeza cabe ir a una boda sin acompañante? ¿Sabes dónde me sentarán acaso? Te lo diré: tengo todas las papeletas de ir a la mesa de abuelitas viudas o niños púberos precoces.

Alice soltó una carcajada y casi derrama su cerveza.

—¡Vamos mujer! ¿Aún estás traumatizada por lo del adolescente que te acosó la otra noche?

—Puede...—admití, horrorizada ante la posibilidad de que me pasara algo similar.

—No creo que te sienten allí Ely. Y lamento decirte que no puedo ser tu pareja falsa en la boda, porque ese finde Kevin y yo nos vamos a la casa veraniega de sus padres —se excusó.

Kevin era el novio de Alice. Sería un sujeto maravilloso de no ser porque era un poco bajo de estatura, en comparación con el fabuloso metro setenta y cinco de Alice, y además odiaba su horripilante bigote de Mortdecai, cualidad que seguramente le había dado el mérito de conquista con mi amiga.

Amor TemporalHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora