Capítulo 3.

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Elisabeth creyó que el agua fría que resbalaba por su piel la ayudaría a eliminar las malas vibraciones que seguro la harían fracasar en la entrevista de trabajo. Entrevista a la cual, como permaneciera mucho más tiempo bajo la ducha, llegaría tarde y fracasaría de todas maneras.

Cuando salió se envolvió en una toalla, se quitó la máxima humedad de su cabello con la ayuda de otra, y posteriormente se miró en el espejo. ¿Encajaría en el perfil de un bar que se mantiene abierto por la noche? ¿Necesitarían a empleados que no aparentaran tener diecisiete años? "Vas a estar en la cocina, qué más da tu aspecto", se dijo a sí misma. Pero no podía evitar sentir celos en ese momento de las chicas que tenían la piel de porcelana, sin ninguna mancha. Su cara estaba atestada de pecas, y siempre tenía un ligero rubor en las mejillas, que tendía a traicionarla cuando hallaba la ocasión idónea. No solo su rostro, también sus hombros y brazos estaban cubiertos de esas manchitas que otras personas adoraban, pero que ella no podía considerar más que un defecto de su piel. Uno más.

Salió del baño para maquillarse ligeramente los ojos en su habitación, y vestirse con su estilo de siempre. Una falda hasta las rodillas, sin vuelo, de color caqui, y una blusa de color blanco, sin ningún tipo de escote. Quizá no era la ropa más adecuada para un bar, pero no iba a fingir ser otra persona. Consultó el reloj. Había pasado más tiempo del que se podía imaginar, y comenzó una carrera contrarreloj.

Cuando creyó que lo tenía todo, partió hacia su coche, y se dirigió hacia la dirección que le habían dado. Al darse cuenta del barrio en el que estaba, un escalofrío le recorrió la espina dorsal. No le traía buenos recuerdos. Alejó de su mente esos pensamientos, y los metió en un saco, junto a los que la atormentaba desde la tarde anterior.

Aparcó frente al bar. Era bastante cuco por fuera, podía apreciar un suelo de madera oscura, y mesas y sillas rústicas, con manteles de cuadros de camping. Entró, y observó con detenimiento toda la estancia. En las paredes colgaban fotografías de gran tamaño de ciudades famosas. Eran fotografías preciosas, hechas en momentos en los que el cielo mostraba un tono que casi nunca había podido observar con sus propios ojos. Se preguntó dónde se podían comprar obras de arte como aquellas.

-¿Puedo ayudarla? –Preguntó un chico en la barra. Había quedado tan impresionada que se había olvidado de qué estaba haciendo allí.

El muchacho era joven, no mucho mayor que ella, con el pelo negro, a juego con una camiseta de mangas cortas, producto del uniforme, supuso. Estaba secando un vaso mientras la miraba con curiosidad.

-Estaba buscando al jefe, tengo una entrevista de trabajo...

-Claro, creo que estaba esperándola dentro –soltó el vaso y se dio la vuelta, pero antes de desaparecer tras la puerta trasera, volvió a girar hacia ella-. Espera aquí.

Elisabeth asintió, mientras retorcía el asa del bolso, nerviosa. ¿La aceptarían? No parecía un club nocturno a rebosar de borrachos, tal vez sí podía esconderse tras los fogones y esperar que nadie la viera.

Se giró de nuevo para ver otras fotografías. Pudo observar el rojo puente de San Francisco en un cielo de color entre naranja y rosa, una combinación que nunca habría considerado bella, hasta ese momento. A su lado, una pequeña fotografía enmarcada de un árbol de flores rosas y blancas, donde se apreciaba una abeja que curvaba una de ellas por su peso.

Oyó un ruido que la sacó de su ensoñación, y se giró hacia la puerta por donde el chico había desaparecido. Y volvió a sentir ese vuelco en el estómago que la estaba torturando más de lo que se merecía. Y, a juzgar por la expresión del hombre que se había parado en el umbral de la puerta, debía pensar lo mismo.

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⏰ Última actualización: Apr 12, 2017 ⏰

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