Cuando Samantha despertó estaba de nuevo en su habitación, envuelta en las sábanas rojas de la cama.
Se hizo un ovillo en busca de alivio para el dolor y luego se levantó y caminó hasta el armario como pudo con el dolor atenazando cada músculo de su magullado cuerpo. Recordaba a Lothar haber dicho que aquel día no entrenaría debido a su condición. Escudriñó el armario de punta a punta buscando algo apropiado que ponerse. Estaba por sacar un pantalón y una camisa, pero tocaron a su puerta.
Ella alzó las cejas.
— El señor Lothar ha enviado a decirle que hoy estará con él como su acompañante en reuniones y la cena. — miró el conjunto que la joven había estado por ponerse. — Si me permite, le recomendaré un ropaje adecuado.
Honestamente, era obvio que no sabría que ponerse. Al menos no adecuadamente. Samantha suspiró con frustración ante el pensamiento. Realmente necesitaba ese consejo, así que asintió y abrió la puerta. El mayordomo hizo amago de entrar cuándo una voz la llamó.
— Samantha. — era Peter.— Ven conmigo un momento. — El mayordomo volvió a salir de la habitación y ella cerró.
Samantha lo siguió y caminaron hasta el despacho de Lothar.
(...)
Nael despertó con el mismo ferviente deseo de ser libre.
Su habitación de la mansión Falk perfectamente ordenada gracias a los sirvientes. El armario con ropa de pelea y ropa común, con las puertas entreabiertas, que probablemente habían llenado mientras dormía. Un escritorio rectangular con una silla como las que tenía Lothar en su despacho. Todo pulcro y acomodado. Salvo por él...
En la cama, entre las sabanas rojas y blancas, molesto. Con ganas de vivir. De vivir su propia vida.
No era justo. Lo tenían encerrado, haciéndole creer que no lo estaba. Entrenando, ¿Para qué? Para tener la libertad que de cualquier manera le correspondía. Para tener la libertad que ellos no podían quitarle. Y no se la quitarían tampoco.
Si Samantha quería quedarse, someterse, y luchar por algo que jamás le debían haber quitado, que lo hiciera. Pero él no lo haría. Él muy pronto desaparecería de ese lugar, y no lo encontrarían jamás.
Lothar lo recibió temprano, fuera de su habitación. A Nael, por supuesto, no le hizo ninguna gracia el verlo ahí. No le agradaba ni él, ni el general. Pero, mientras la oportunidad perfecta para escapar se daba, tenía que intentar ganarse su confianza.
Claro que tampoco pasó por alto— el día en que llegó— que no había mucha seguridad en la Fortaleza Falk. Y si la Fortaleza Falk no tenía seguridad, ¿Qué tendría la mansión, si se suponía que debía pasar como una casa más?
Lothar lo escudriñó un momento antes de hablar:
— Sígueme. — no dijo nada más, y Nael, conociendo su posición en todo aquello, supo que lo correcto era no responder y hacer lo que se le decía... Aunque no por mucho.
Lothar lo condujo al patio de la Fortaleza, donde Nael había observado a tres chicos golpeando a Samantha, se preguntó si era alguna clase de iniciación. La idea casi lo hizo temblar. Esperaba que no. También se preguntó cómo estaría ella, pero ¿Qué importaba? Ella se había rendido, él no. No dejaría que lo arrastraran y lo hicieran matar.
Lothar lo único que hizo fue dejarlo entrenando con la espada. Le explicó vagamente que posición adoptar, y que movimientos hacer, lo entrenó él mismo por al menos diez minutos, y luego le dijo que tenía cosas que hacer, y que no podía dejar de entrenar con la espada hasta que él viniera, o fuera el amanecer del día siguiente. Nael no dijo nada, pero le pareció algo excesivo. Era su primer día, y aun así querían explotarlo hasta que no pudiera más.
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Millage © [ATLM #1]
FantasyDespués de su detección, Samantha despierta en el bosque, sin saber qué será de ella ahora. Pues para un sobrenatural, las cosas sólo pueden ir en picada una vez que escapan. En Millage, ella encontrará una oportunidad de vivir sin persecusión. Pero...
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