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Ella llevaba un par de días acompañada por guardias hasta una aldea que carecía de nombre. Samantha estaba harta de viajar a pie, sin comida, ni agua, ni algo para calentarse salvo el fuego que uno de los guardias prendía ocasionalmente con su habilidad. Aunque llevaban poco tiempo con esa rutina, no le parecía tan sencillo acostumbrarse luego de tener a su disposición la mansión Falk.

Su piel se había vuelto más blanca, de nuevo. El sol no le daba de lleno en el rostro, pues los altos árboles la cubrían. Sin embargo, aquello también le brindaba frío por las noches. Y para evitar ser detectados, el guardia no encendía fuego alguno más que para cocinar. Y las noches en mitad del bosque no eran cálidas en lo más mínimo. Lo único que podía hacer, era envolverse más en la chaqueta y cubrirse más con su camisa. Había pasado esos días también sin tomar un baño. No podían detenerse. Esa había sido la orden del general Rivers cuando los había sacado de Millage hacia el túnel de piedra.

Llevaban ya unos tres días de viaje, y los guardias no habían avisado nada sobre un final cercano de su viaje. Aunque bueno, ¿Qué podían avisarle si no le hablaban?

Al igual que los días anteriores, Samantha había cazado su propia comida. Prendió fuego, y se apresuró como pudo a cocinar su cena. No comía mucho desde su salida de Millage. Necesitaba reservas, y los animales no se mostraban muy seguido. Cuando terminó de cocinar se comió la parte más pequeña que pudo, y guardó lo demás.

Miró a los guardias. Se habían alejado lo suficiente como los otros días y hablaban tranquilamente. Samantha no había hablado en cuatro días, cinco, contando el día en que Lothar y ella perdieron el contacto. Y Peter, ella tampoco sabía nada de él— sin mencionar que seguía preguntándose qué le había sucedido a Nael y por qué no había estado en la fila de Candidatos—. Dudaba que tuviera noticias. La última vez que habían hablado había sido la noche de la cena, y había sido muy frío.

Mordió su lengua y comió de lo que había cazado. Le tomó un minuto a su paranoia pensar que escuchaba unas pisadas cautelosas acercarse a donde ellos estaban. Samantha se levantó y giró para mirar hacia atrás. Se subió al árbol más cercano y observó.

— Baja ya, antes de que te bajemos nosotros.— aún así ella no respondió. Estaba segura de que había escuchado pasos. Pero no lograba ver a nadie.

Se talló los ojos, y dejó de mirar hasta que estuvo segura de que realmente no había nadie. Ya no se escuchaba ruido. Ni señales de probables ataques. Quizá estuviera alucinando por el poco sueño que conseguía por las noches. Los guardias no habían escuchado nada. También le echaron una mirada de advertencia. Samantha los ignoró, como ellos le habían hecho todo el viaje.

Un dolor levemente agudo atenazó su tobillo derecho, dónde se había apoyado al caer. Había caído mal, no le sorprendía, aún no era muy buena en todo eso. Los guardias, cómo era de esperarse, no lo notaron. Siguieron hablando, y cenando lo más silenciosos posible a excepción de su plática.

La luna ya se levantaba sobre sus cabezas y los árboles, y Samantha sentía el cansancio atacarla. Ella se rindió. Se acomodó como pudo en el suelo frío y duro, recargó su espalda contra la madera dura y cerró los ojos.

Durmió— al menos lo intentó— como pudo. Su olfato se había dormido debido al frío, y su vista había rogado por descanso. Pero sus oídos estaban atentos a cada ruido la alertaba. Su estómago rugía por comida, pero aún faltaba como mínimo un día de viaje, y ella no desperdiciaría sus municiones de alimento en satisfacer deseos culinarios nocturnos, que se extinguirían en unos minutos.

Apretó la bolsa de comida más fuerte contra su costado, girándose en busca de algo más de calor que su chaqueta. No sé sorprendió al no encontrarlo. Estaba en pleno bosque, sobre el pasto frío, y contra la madera húmeda de uno de los árboles. Le dolían los huesos.

Cuando ella volvió a abrir los ojos el sol apenas estaba saliendo. Cómo siempre, ella no dijo nada, solo se preparó al igual que los otros guardias para continuar con su viaje. Ellos no dijeron nada mientras caminaban kilómetros a través del bosque en busca de una pequeña aldea. La encontraron ese mismo día.

Era pequeña, con casas de techos de paja y apenas cuatro paredes. Los caminos estaban hechos de tierra, y había un pozo algo alejado de la aldea. Las casas eran menos de cuarenta, estaba segura.

Eran de madera. Desechables— no se veían como las casas de Millage: rusticas y de vigas gruesas para soportar. Se veían más como unas tablitas enterradas en el suelo—, supuso ella. Al igual que el pozo, las cosechas estaban algo alejadas, evitando así perderlas si sufrían algún ataque grave.

Junto a las cosechas, dónde ella y sus poco amistosos acompañantes se habían dirigido, había una casa de madera un poco más grande. La del insignificante alcalde, que era lo que el pobre hombre pretendía ser. Y había otra más, contigua a la construcción de madera. Aquella debía ser la posada dónde pasarían la noche, pues no había otra.

— Pronto llegará tu apoyo, guárdale un espacio en tu habitación.— le dijo uno de los guardias. ¿Qué apoyo?

El piso era de tierra, habían pagado tres piezas de plata para quedarse ahí como mucho cinco días. Una pieza por cada quien. Una habitación para cada uno.

La cama estaba mullida, y la almohada también, demasiado. Pero no iba a encontrar nada mejor en las otras casitas que se extendían un poco más alejadas. Así que se resignó. Se quitó la ropa para bañarse y durmió. Tenía días sin quitarse la ropa que sentía que ya era parte de ella. Estaba tan cansada.

Millage © [ATLM #1]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora