III

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Empecé mi búsqueda tan desorientado como todos los demás, o tal vez más. Mi única fuente de información era lo que había circulando por los medios, pero había tantas versiones diferentes que decidí comenzar haciendo el previo trabajo de clasificar y ordenar la información. Guardé copias de todos los artículos que pude encontrar de todos los diarios importantes del país, y en el caso del segundo suceso, muy reciente, también tomé nota de todo lo que recordaba haber escuchado en los noticieros de la televisión. Me dí cuenta de que las versiones diferían radicalmente en puntos muy importantes. Por ejemplo, en uno de los noticieros habían asegurado que el desastre del Ozmos se había producido alrededor de las 4 de la madrugada, mientras que la mayoría de los diarios y resto de los noticieros lo situaban entre las 2 y las 3, a más tardar. Así que, sin dejar del todo de lado ninguna de las versiones, comencé a diagramar mi propio esquema de los hechos, tomando lo que yo consideraba era lo más factible o en lo que más coincidían los medios, y anotando posibles desviaciones. Esto me permitió filtrar mucha información que muy posiblemente fuese errónea o estuviese deformada. Finalizado este proceso ya tenía a mi disposición un buen rejunte de datos bastante coherentes sobre ambos hechos. Dediqué un par de semanas a analizar exhaustivamente cada uno de los detalles y cada posibilidad que pudiera surgir, teniendo en cuenta cada una de las posibles versiones del hecho. Mi primera intención era atar algunos cabos que pudiesen haber quedado desconectados, y que tal vez vistos en conjunto ofrecieran algún indicio sobre el cual pudiese investigar. Tenía que haberlo, solo debía ser lo suficientemente perspicaz para verlo. Aunque por supuesto, ¿qué podía ver yo que tantos detectives calificados hubiesen pasado por alto? 

Ciertamente no hallé ninguna conexión inesperada en los datos, así que elaboré una segunda estrategia algo más intrincada y sumamente delicada, pues podía llevarme a cometer errores con mucha facilidad. Mi idea era la siguiente: dado que no podía hallar nada con la información que tenía, agregaría un dato adicional y evaluaría la situación resultante. El procedimiento análogo al de una demostración matemática: se toma un supuesto, una hipótesis, y se procede con operaciones lógicas en el intento de alcanzar algún resultado que pruebe tal hipótesis. En este caso, el resultado por sí solo no probaría nada, pero daría sin dudas alguna luz sobre hechos que podían ser investigados. Tomaría un supuesto, un dato adicional de mi invención, y vería a qué conduce unir dicho dato con la evidencia existente. Si alguno de los escenarios resultantes me proveyera de una explicación satisfactoria de lo que había ocurrido, el siguiente paso sería buscar alguna evidencia real de aquél hecho ficticio supuesto por mí. Supuse que este  sería sin dudas el paso más difícil, pero me equivoqué: pese a haber dedicado muchas horas a pensar en el asunto, y a imaginar decenas de escenarios virtualmente posibles, no pude llegar a ninguna explicación concluyente. Simplemente no la había; parecía que era imposible explicar todas aquellas muertes sin recurrir a algún factor improbable como las drogas experimentales creadas por grupos paramilitares y sociedades secretas. Me negué sistemáticamente a caer en alguna de esas teorías ya tan trilladas e inevitablemente asociadas con los conspirólogos de Internet, pero persistí en mis esfuerzos, confiando casi ciegamente en la frase del famoso Sherlock Holmes: que una vez descartadas todas las situaciones imposibles, sin importar lo improbable que fuese alguna de las restantes debía ser la real. Cuanta ironía, ya que justamente estaba ante un caso en el cual la única explicación concluyente que puede ofrecerse hoy en día, la mía, es una de las imposibles.

Cerca de seis semanas después de comenzada mi investigación, descarté casi todo el trabajo que había hecho, excepto la clasificación inicial. Mi segunda estrategia había probado ser tan ineficaz como la primera, y después de mucho pensarlo me convencí de que necesitaba ver las cosas desde una perspectiva diferente. Mi error, pensé, había sido complicar demasiado las posibilidades; decantarme por explicaciones extremadamente intrincadas y rebuscadas, cuya misma complejidad le resta poder explicativo. Un epistemólogo dijo hace algunas décadas que dadas dos teorías científicas con el mismo alcance, esto es, que engloben a los mismos casos y no más ni menos, la teoría elegida como "mejor" es, en todos los casos, la más sencilla. Así pues, opté por eliminar todas mis complejas situaciones teorizadas y tratar de analizar todas las explicaciones simples, sin omitir ninguna por irreal que pareciese.

Tuvieron cabida en este nuevo análisis, entonces, todos los disparates imaginados por los internautas, al menos en sus versiones más simples. Pero, como era de esperar incluso solo con una mirada superficial, tales teorías eran imposibles de probar, así que las marginé sin perderlas de vista del todo, y me concentré en otros aspectos. La mayoría de las teorías simples se apoyaban en una regla básica de toda investigación policial: dos hechos extraños, si son similares, deben estar relacionados. Por ende, para sustentar cualquier teoría, había que hallar elementos relacionados en ambos sucesos. Esta búsqueda ya la había realizado innumerables veces desde que comencé, siempre sin éxito. Había algunas cuestiones evidentes: en ambas ocasiones no habían habido sobrevivientes, ambos hechos habían ocurrido en un bar, y durante la madrugada. Sin duda, debía haber más coincidencias, pero no estarían tan a la vista. Se me ocurrieron unas cuantas posibles: marcas de bebidas que se consumieran en ambos lugares (demasiado común, no aportaba mucho), mismo dueño (muy improbable, pero valía la pena investigar) o algún empleado, proveedor o contratado que fuese común a ambos (la alternativa más probable de todas las que consideré) y algunas más que descarté rápidamente. 

Con estas nuevas posibilidades en mente, necesitaba algo más de información para continuar. Tendría que empezar por descartar algunas, así que mi siguiente paso fue dejar de lado el análisis lógico de los hechos y realizar un poco de verdadera investigación. Hice algunas llamadas telefónicas y me apersoné en ambos lugares para reunir información acerca de los dueños y proveedores. El bar Insurgente seguía funcionando, y con muchísimo éxito: el desastre le había valido mucha prensa, y ahora los clientes llegaban por decenas. Tras insistir un poco, conseguí de los empleados el nombre del dueño y los teléfonos de algunos proveedores. En el Ozmos no tuve tanta suerte; desde el incidente no había vuelto a abrir, y toda la información que pude obtener fue a través de los vecinos de la zona, quienes me dijeron que probablemente el bar no volviese a funcionar. No pude localizar a la dueña, pero el que los vecinos me dijeran que se trataba de una mujer inmediatamente descartaba la teoría del dueño común. A mi parecer, lo más probable de entre todas las opciones que manejaba era que la relación estuviese dada por algún proveedor que le vendiera mercadería a ambos, lo cual podría ser coherente con la teoría de que las muertes se produjeran por una contaminación extraña y nociva no detectada en las bebidas o comida. Pero para poder decantarme a favor de esta teoría, o de alguna otra, debía de alguna forma investigar más a fondo. Y llegué a un alto, ya que no disponía de los recursos ni de los contactos para ir más profundo en la cuestión y no se me ocurría una manera más simple de hacerlo. Por fortuna (o por desgracia, realmente), no tuve que esperar demasiado, pues la ocurrencia de un tercer incidente, algo distinto a los otros dos, arrojó un gran torrente de información completamente nueva que daría un nuevo giro a la investigación.

El pianistaWhere stories live. Discover now