Gustavo llegó a casa arrastrando los pies. El día había sido largo y agotador, más por la presencia constante de Marcela. Solo verla removía sentimientos encontrados que lo ponían de mal humor.
De pie frente al espejo del baño, se quitó la camisa y acarició la piel donde horas antes se había derramado café caliente. Cerró los ojos cuando su mano pasó por el lugar que Marcela había tocado. A pesar de todo, su cuerpo todavía respondía a ese contacto, esa electricidad que siempre lo recorría cuando ella lo tocaba.
Pero esos recuerdos no eran dulces, sino dolorosos. Todo iba bien, o eso había creído, hasta que Marcela se quitó la máscara y destrozó todo lo que tenían.
FlashBlacks
Aquella noche que llegó a su casa y llamó suavemente a la puerta.
—Hola, mi flaca —saludó con una sonrisa. Pero su sonrisa se borró cuando Marcela apartó el rostro al intentar darle un beso.
—¿Qué haces aquí? —preguntó, seca y distante, mientras le daba espacio para entrar.
—Vine a verte. ¿Qué tienes? ¿Por qué estás molesta? —Gustavo percibió la tensión en su voz, aunque ella intentaba disimular.
—No estoy molesta —respondió, intentando ser amable—. Toma asiento. ¿Quieres algo de tomar?
El tono distante lo incomodó. Algo no estaba bien.
—Creo que no llegué en un buen momento. Mejor me voy, regreso luego.
—¡No! No te vayas, por favor. Ven, siéntate. Veamos una película. —Marcela forzó una sonrisa, pero Gustavo no podía ignorar el nerviosismo que mostraba al retorcer sus manos.
Decidió quedarse, aunque algo en su interior le advertía que no debía hacerlo. Pasaron los minutos, y finalmente tomó su mano, entrelazando sus dedos con los de ella.
Con el tiempo, Marcela se recostó en sus brazos mientras miraban la pantalla. Gustavo, impulsado por sus emociones, se inclinó para besarla. Sin embargo, cuando sus labios se encontraron, ella soltó una risa amarga.
—¿Qué ocurre? ¿Te hago cosquillas? —preguntó él, confundido.
Marcela apartó el rostro.
—No quiero que me beses. —Suspiró profundamente antes de continuar—. Estoy cansada de todo esto, Gustavo.
—¿Cansada de qué? —preguntó él, alarmado.
—De fingir. De esta situación. No lo entiendes, Gustavo. Tú no eres el hombre que quiero a mi lado.
Esas palabras golpearon como un puño en el estómago.
—¿Qué quieres decir? —preguntó, tratando de entender.
—¡Esto nunca fue real! —gritó ella, poniéndose de pie—. ¡Todo esto era para llamar la atención de alguien más!
Gustavo se levantó, cruzándose de brazos. Algo dentro de él se rompió.
—Dímelo todo, Marcela. Quiero saber hasta dónde llega tu mentira.
—Nunca te amé, Gustavo. —Su voz temblaba—. Salía contigo porque pensé que él se daría cuenta de que yo era la persona que debía amar. Pero no funcionó, y ya no quiero seguir con esto.
Sus palabras lo hirieron profundamente, pero quiso saber más.
—Sigue, no te detengas —dijo con frialdad.
—Cuando estaba contigo, me imaginaba que eras él.
Eso fue el colmo. La ira lo dominó, y sin pensarlo, la agarró de los brazos y la besó con fuerza. Marcela, sorprendida, al principio intentó resistirse, pero pronto sus besos la hicieron ceder.
El momento se volvió apasionado y caótico. En cuestión de minutos, ella estaba en el sofá, y él sobre ella, acariciándola y haciéndola retorcer de la pasión estaba tan expuesta que muy bien podía tomarla sin ningún reparto, pero él no era como ella, Marcela lo tomo del cuello y profundizó el beso, rodeándolo con la piernas para que siguiera. La respiración de ella estaba descontrolada y si algo conocía de Marcela es su gran pasión en la cama. Sin pensarlo se apartó de golpe, dejándola un poco desconcertada.
—Dime, Marcela, ¿a quién llamamos para que te quite esta calentura? —preguntó con desprecio.
Ella se levantó, colocándose nuevamente su ropa.
—Vete, por favor, Gustavo. —Su voz era apenas un susurro.
—¿No me dirás, o tendrás tú que ir? — Los ojos de Marcela reflejaban vergüenza y dolor al mismo tiempo.
—Sal de mi casa— Susurró
—¿Quién es, Marcela? ¿Gabriel? —insistió.
—Déjame sola. —Esta vez su tono era más firme.
—No hace falta que digas más. Te lo diré yo: Gabriel jamás te verá como algo más porque ama a Lucía. —Sus palabras fueron como un veneno que la hizo derrumbarse.
Marcela no lo negó. Simplemente dejó que las lágrimas rodaran por sus mejillas mientras repetía:
—Vete...
—Claro que me largo, me das lástima. — Dijo con desprecio.
Gustavo, destrozado, salió de su casa, pero no llegó muy lejos antes de sentir que todo su cuerpo temblaba. El dolor lo invadía como si un puño invisible le estrujara el corazón.
Por otra parte Marcela cuando sintió cerrarse la puerta ahogó un grito con el cojín que tenía abrazado desde antes, su corazón se estaba partiendo en dos y sentía que el mundo le caía encima. Corrió al baño y se agachó para devolver lo que tenía en su estómago. Su cuerpo comenzó a temblar y largas lágrimas cubrían su rostro.
Durante una semana, Gustavo no dejó de beber. Se hundió en la autocompasión, negándose a enfrentar la realidad. Juan Pablo, su mejor amigo, lo visitaba cada día, y aunque al principio respetó su silencio, pronto perdió la paciencia.
—¡Ya basta, Gustavo! —gritó, arrebatándole el vaso de licor—. Sé que eres sensible, pero no puedes echarte a morir porqué una mujer te termino, te lo dije cuando te metiste con ella, es una mujer difícil, con un pasado muy feo, sabías dónde te estabas metiendo. — La duras palabras de Juan Pablo resonaron en la cabeza de Gustavo.
—Déjame en paz, Juan Pablo. — Dijo con obstinación.
—No, señor. No pienso dejarte aquí, lamentándote. Vamos, muévete. Tengo una familia que atender, una empresa que dirigir, y un amigo que necesita volver a ser quien era.
Por mucho que le doliera, sabía que tenía razón.
Al día siguiente, Gustavo intentó seguir adelante. Y como pudo volvió a ser él y no dejaría que nadie más volvieran a afectar su vida de esa manera.
Pero ahora que la había vuelto a ver después de varios meses sabía que seguía afectándole.
Esa noche, antes de acostarse, se prometió algo: Marcela no valía la pena. Su vida debía seguir, y mañana sería otra oportunidad para demostrarlo.
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No Eres Tú #03
ChickLitMarcela Peterson sobrevivió a un pasado lleno de sombras. Obligada a soportar lo impensable durante su infancia, logró escapar para reconstruir su vida, pero no sin pagar un precio: su corazón quedó encerrado tras muros de desconfianza y dureza. Aho...
