Capítulo Cuatro

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Los días habían pasado volando, no me podía creer que ya fuera miércoles y que mañana estaría volando hacía Londres para conocer a One direction.  

El día que enteré casi me quedo sin voz de tanto chillar con Julia. Me había echo prometerle que haría muchísimas fotos a todos los chicos y que les pedíria un autógrafo a cada uno para ella. Esa chica era un encanto. La iba a echar muchísimo de menos conmigo allí.

Había quedado con los chicos hoy para despedirme en casa de Silvia. Había llegado temprano, algo inusual en mí, como ya sabréis. Llamé al timbre y espere un buen rato pero nadie me habría. Volví a intentarlo. Nada. Cogí mi móvil y llamé a Silvia.

-¿Si?- susurró

-¿Silvia? ¿Estás en casa?

-Si

-Abreme anda, que llevo llamándo un rato.

-Lo siento, ahora mismo voy.

Me abrió la puerta, pero no me encontré a la feliz Silvia de siempre, ni a la pensativa, ni siquiera a la divertida. Me encontré a Silvia con los ojos rojos e hinchados, parecía haber estado llorando durante horas. 

-Silvia- susurré mientras cerraba la puerta y me dirigía velozmente hacía ella.- ¿Qué te ha pasado?

-Miguel- respondió mientras un sollozo se apoderaba de ella.

¿Sabéis esa sensación de impotencia cuando sientes que no puedes hacer nada para mejorar algo?  Eso es lo que sentí en ése momento. Vi a Silvia, siempre risueña y sonriente derrumbarse entre un mar de lágrimas delante mía. La cogí y la senté encima de mis piernas y le mecí cuál bebé diciéndole que todo se iba a arreglar fuera lo que fuera hasta que se calmo y recobró la cordura. 

-Lo siento -se disculpó. 

-No hay nada de que sentir- sonreí- ¿Qué es exactamente lo que ha pasado?

- Fuí a casa de Miguel un  rato antes de la hora que habíamos quedado para darle una sorpresa y estar un rato a solas los dos. Entré silenciosa con la copia de la llave que me dió para nuestras escapadas nocturnas y subí con dirección a su habitación. Una vez allí, escuche unos ruidos muy extraños, así que entreabrí la puerta y me asomé. 

-No- dije mientras levantaba las cejas.

-Si- respondió- Miguel estaba en la cama con esa zorra de Rosa. Estaban en la misma cama que hacía un día habíamos estado los dos, dónde Miguel me había susurrado palabras románticas al oído.

-Que gilipollas.

-La gilipollas soy yo por pensar que le tendría.

- Ahora si que estás siendo gilipollas, ¿Y se enteró? - dije mientras le acariciaba la mano cariñosamente.

-No, no se ha enterado- suspiró- no sé que decirle.

- La verdad. Dile lo que has visto, y haz lo que sientas que debes hacer.

-Me vas a llamar idiota, porque te conozco, pero no creo que corte con él.- dudó

- Ya lo suponía, si crees que es lo mejor es tu decisión no a mía.- dije. - Anda, sube y lávate la cara que dentro de nada empezaran a llegar.

Silvia estaba arriba mientras que yo esperaba que alguien llegara. Ahora estaba más relajada al fin, podía emocionarme sin preocuparme, todo saldría bien. La verdad no sabía bien porque todo el mundo me contaba sus problemas amorosos cuando yo no tenía apenas experiencia en esos temas. ¿Quién sabe?

Al rato llegaron todos, estábamos escuchando música mientras decidiamos que cenar para ir pidiéndolo.  Estaba feliz, como si todo fuera un sueño, y es que aunque tuviera todo preprarado para coger el avión aún seguía pensándo que despertaría por la mañana en mi cama y todo habría sido un sueño. 

-Águeda, ¿te acuerdas de todo lo que te he pedido? - preguntó Julia

- Que sí, que no me voy a olvidar de nada, tranquila. - reí 

Cenabamos hablando de cualquier cosa, Silvia y Miguel habían ido arriba a hablar y las típicas bromas guarras surgían en el ambiente. 

-Sois unos guarros - admitía Julia mirando a los chicos.

-Pero si en realidad te gustan y todo. - decía uno de los gemelos.

Y todos volvíamos a reír.  A alguien se le ocurrío la marravillosa idea de jugar al karaoke. Así que de vez en cuando dos se enfrentaban y los demás aguántabamos las risas por detrás. La verdad es que los únicos que cantaban bien eran Julia y Juan. No, yo no canto bien.  

De repente se escucho un portazo y después unos gritos. Apareció Silvia por la puerta y la miré.

- No he podido, no era  la primera vez- dijo

-!¿Qué?! - exclamé sorprendida

- Ha cortado conmigo, dice que se ha dado cuenta de que no soy más que ella. 

Todos nos miraban sorprendidos, yo estaba a cuadros. Vale, si, ya sé que lo sabía pero me sorprendió que lo hubieran dejado.  Entonces bajo ese silencio incómodo, Juan se acercó a Silvia y la abrazó. Pareció ser el catalizador de ésta, porque empezó de nuevo a llorar. 

El tiempo que paso desde éso hasta que me fui, fue una locura. Tuve que dar una explicación rápida a los demás mientras le pedía que se fueran. No era plan de montar un espéctaculo del sufrimiento de Silvia. Una vez que Juan bajo de arriba hice ademán de subir pero me negó con la cabeza. Recogimos el salón y salimos silenciosos de la casa. Antes de despedirnos en la esquina me dijo.

- Miguel es gilipollas.

- Lo sé

-No, no lo digo porque dejé a Silvia, lo digo porque yo sé que Rosa no está solo con él.

-¿Como?

- ¿Te acuerdas de Álvaro? 

-Claro

-Pués también está con ése, y Antonio me ha contado un par de veces que se han acostado.

- Dios. Si que es zorra.

- Si, y la pena es que no sabe que ucnado se dé cuenta será demasiado tarde para que Silvia le perdone. Pásatelo bien éste finde. 

- Pfff vaya mierda. Gracias, lo haré.

Y se fue sin tan siquiera darme un abrazo. Si así era Juan, difícil de entender.

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