Como todo día jueves a las seis de la tarde desde hace 2 meses se encontraba recostada en el diván del doctor Ruiz.
- Veamos Liz, cuéntame nuevamente el por qué recurriste a mí como especialista.
- Vamos Jaime, no estás tan viejo como para que se te olviden tan rápido las cosas.
- Aunque no sabría si tomarme tu comentario como ofensa o cumplido, te pido que me lo digas para reforzar nuestro propósito.
La dorada mirada de Liz recorrió la consulta de su psicólogo evaluando la pregunta que se le hacía; haciendo una mueca al recordar su propósito se reacomodó en el regio cuero y procedió.
- Vine aquí, ya que tengo serios problemas laborales con mi jefe, más que nada de convivencia, por lo que si aún no te has fijado querido ya casi no tengo uñas y se me está cayendo el cabello.
El profesional tomaba rápidas notas y luego de un momento dirigió su mirada a la muchacha rezongona sentada delante de él.
- ¿Y? te has saltado el meollo en el que radica tu problema.
- Mi problema es que algo en mi conciencia me impide renunciar al trabajo, un trabajo que no está haciendo nada más que perjudicarme... ¿contento?
Lo único que Liz había olvidado mencionar era la sensación de vacío y mal sabor que le dejaba el renunciar a las peleas con su jefe. Exacto, solo pensaba en esas peleas y lo aburrida que sería su vida a partir del día que tuviera que partir de su soñado puesto de trabajo.
Por muchos años ella deseó ser editora de novelas y luego de unos meses, al salir de la universidad, su actual editorial le había dado el espacio y la oportunidad para realizar su anhelo. Ya 3 años habían pasado y hace apenas 2 meses el dueño de la compañía fue trasladado a su oficina en Chicago. Desde ese momento las riñas y choques entre ambos eran tan evidentes que el aire era posible cortarlo cuando se encontraban juntos en la misma habitación.
- Bastante, ahora mi proposición es esta, tú verás si la tomas o la dejas, pero siento que es la mejor alternativa. – le aconsejó su amigo y terapeuta, quitándose sus ovaladas gafas.
- Eh Jaime, ¿que ya quieres sentar cabeza? Lamento decepcionarte, pero no planeo casarme hasta tener por lo menos treinta. No eres tú, soy yo querido. – se burló Liz guiñando un ojo.
- Aunque suene tentador, no es precisamente a lo que me refiero. Planeo utilizar la hipnosis para entrar a tu subconsciente y así averiguar por qué tu conciencia te impide hacer algo que te convendría hacer.
Luego de meditarlo, Liz se dio cuenta que no tenía nada que perder aceptando, por lo que se posicionaron para proceder con el tratamiento. Recostada en el diván, el doctor Ruiz comenzó la cuenta regresiva con pausadas instrucciones que permitieron que entrara en un trance profundo.
- Muy bien, ahora ve al acontecimiento que te llevó a tener tal dependencia a tu trabajo.
La mente de Liz viajó y comenzó a relatar todo lo que veía de manera automática, en una primera escena vio a su alto jefe mirándola con el ceño fruncido desde su escritorio.
- Según a lo que te ha llevado tu mente la razón es definitivamente tu jefe... Ahora ahonda más en tu subconsciente a la razón de la dependencia a no abandonar a tu jefe.
Esta vez, a través de un espiral, su mente fue conducida a un lugar húmedo entre montañas. El frío hacía tiritar su piel, pero se sentía en paz. En un momento, su mirada se dirigió al hombre que se encontraba incorporándose a su lado, poseía músculos marcados y un kilt sujeto con un broche en su hombro derecho; al voltearse reconoció el rostro de Ethan Berkley mirándola amorosamente a través de sus azules ojos.
- Así que esta era la razón... ya me lo temía. Ahora cuéntame cómo terminó todo esto.
Su mente la llevo rápidamente hacia un bosque que ella se encontraba atravesando a caballo, aunque no había ningún indicio ella sabía lo que hizo, esa misma mañana había abandonado a su amado dejándole una nota mientras ella huía a casarse con el hombre que sus padres habían elegido para así evitar que el clan de su familia la reclamara derramando la sangre del guapo escocés.
Luego de derramar unas cuantas lágrimas fue despertada por el profesional quien le entregó una caja de pañuelos.
- Salvaste su vida rompiendo su corazón... Vaya nunca imagine que tú, Elizabeth Paterson, pasarías por algo tan cliché – se rió el terapeuta mientras apagaba la grabadora.
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Un resentimiento de medio milenio
RomanceElizabeth Paterson vivía una vida tranquila con un empleo soñado, pero todo cambia de hace tres meses cuando llega trasladado a Chicago el nuevo dueño de la compañía editorial, Ethan Berkley. Desde ese momento su vida se vio interumpida por constan...