CAPÍTULO 6: El engaño

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Me contorneo una y otra vez para ganar la apuesta que hice con Gretell. 

¿Qué cuando hicimos la apuesta? Justo cuando me di cuenta de que no tenía muchas posibilidades de enrollarme con algún idiota de esta fiesta para hacer enfurecer a mi celoso padre. Ella me ofreció dinero para largarme de regreso a mi pueblo y yo acepté a cambio de hacer el ridículo porque... PRIORIDADES.

Y mi prioridad ahora es tener mi cita romántica con Richie.

Pero me detengo cuando noto que un idiota está tratando de tocarme sin mi consentimiento. Trato de empujarlo, pero él es fuerte y me sostiene de las manos. Intento llamar a Gregory, pero no me oye. Seguro está muy ocupado intentando que Gretell le preste dos segundos de su atención. 

Ah grandísimo imbécil, justo cuando te necesito.

Cuando creo que estoy perdiendo la batalla, alguien se digna a ser de ayuda arrastrando hacia abajo al tipo, aprovecho entonces para bajar de la barra y acomodarme la falda. 

Hay una pequeña trifulca frente a mí. Tal parece que mi salvador y el imbécil que trató de tocarme el culo se están dando de golpes. No puedo ver con claridad porque todos son una cabeza más altos que yo, así que me hago espacio entre ellos. Al llegar al centro me doy con la sorpresa de que se trata del Grimaldi. Es muy mal boxeador, debo decir, no le da ni una sola vez a la cara de mi agresor. Uno de sus amigos intenta separarlos, pero no tiene éxito. Los propios amigos lo detienen de los brazos y entonces el idiota aprovecha para tomar a Fabrizio del cuello de la camiseta y estampar un puño en su mandíbula. Todos gritan y algunos ríen, pero yo miro horrorizada cómo están dejando a mi deprimente salvador. Me alejo entonces del centro de la trifulca y busco algo con lo que pueda ayudar. Visualizo  una cubeta llena de ponche rojo en una esquina de la habitación. Corro hacia esta y con mis pequeñas, pero no débiles fuerzas cargo el balde lleno de líquido. Me vuelvo a abrir paso entre la gente, algunos aprovechan para llenar sus vasos de ponche confundiéndome con una moza, y yo continúo hasta que estoy en el centro otra vez. Al pobre Grimaldi ya lo están dejando hecho un trasto viejo. 

—¡Oye, abusador! —grito, desde mi posición.

El idiota gira con una sonrisa retorcida en sus labios.

—Ah, eres tú. Interrumpieron nuestro momento, nenita. Espera a que termine con este idiota y te llevaré a los cuartos de arriba para follarte.

—No lo creo, imbécil —pronuncio y entonces sonrío.

El idiota me mira incrédulo, entonces arrojo todo el balde de ponche sobre él. Aprovecho que el líquido le irrita los ojos y se lleva las manos a estos mientas me lanza improperios, para darle un puntazo en las bolas. 

—Maldito cerdo —le gruño—. Toma esto por abusador y patán.

El idiota cae al piso y todos empiezan a explotar en risas. No me tomo el tiempo de regodearme en mi hazaña porque sé que pronto se levantará para tomar represalias contra mí. Noto que el amigo decente de Grimaldi se lo lleva arrastrando fuera del círculo y camino hacia ellos para saber cómo se encuentra. El menos que puedo hacer por esa sabandija. 

—Déjame ayudarte —le digo a su amigo, sosteniendo el brazo de Grimaldi y luego colocándolo sobre mi cuello.

—Gracias —responde él—. Llevémoslo afuera de la casa.

A duras penas, porque pesa como los mil demonios, lo llevamos hacia afuera de la casa y lo sentamos en una de las bancas de madera del jardín. El pobre ni siquiera se ve muy consiente que digamos. Está adormecido, con un ojo enrojecido y en la boca tiene un corte del cual gotea un poco de sangre.

LAST SUMMERWhere stories live. Discover now