Capitulo Nº 2: "Mal Trago"

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    Lleno el vaso y dejo a un lado la botella, las voces se fueron perdiendo hasta que solo quedo el eco de los cascos de los caballos al galopar, alejándose en la madrugada. El murmullo lo evitaba o lo rodeaba según el rumbo que llevaban los pasos de las chicas al limpiar, era frenético a esa hora el movimiento en el lugar, cansadas, trasnochadas y algo ebrias tropezaban con sus propios pies, inundando de ruidos diversos que rompían el silencio con palabras arrastradas en ese idioma trabado de lenguas alcoholizadas.

    Chola Ruiz, de todas, quizás era la única que entendía al hombre de rostro ceniciento, que se aferraba al vaso con autentica fatalidad, reconociendo el error de una mala decisión tomada en un momento de inconsciencia. Ahogarse en la bebida ahora no le aseguraba revertir la estúpida secuencia de su escaso juicio, pero era lo único a mano, así que uno tras otro los vasos se sucedieron regando de vino su garganta, que a esa altura ni siquiera saboreaba. Desde atrás la voz femenina le susurró al oído, compadecida más con la niña que con él mismo, pero sin aires de juez, ella no era quien para lapidarlo, demasiado tenía ese desgraciado en su conciencia para sumarle reproches.

    -Andate a tu casa...Romo - Le dijo con suavidad apoyando una mano sobre su hombro, para no romper el vínculo de ese hombre con su propia melancolía.

    Lo dejo sin esperar una respuesta, sabiendo que no la tendría tampoco, se paró a un costado con la mirada fija sobre la espalda del hombre que permanecía como atornillado a la silla, lo vio pararse con lentitud y vacilar antes de dejar la mesa. Romo hizo dos pasos antes de detenerse, dio media vuelta sobre sus pasos que lo devolvieron hasta la mesa, hizo fondo blanco con el vaso lleno y arrojo con bronca el único billete que sobrevivió en su bolsillo, se encamino sorprendentemente erguido en su metro setenta y ocho rumbo a la salida. El frío de la noche lo recibió implacable, y como una trompada en el estómago lo obligo a doblarse revolviéndole el alcohol en su panza. Montar, ni lo intentó, había dos caballos que giraban delante de sus ojos, tomó las riendas con dificultad, tratando de enfocar esos tientos de cuero que bailoteaban delante de sus ojos, con esfuerzo y en más de un intento alcanzo las riendas aferrándola con la mano derecha, firme como una estaca busco la orientación precisa hacía su casa, a duras penas logro su objetivo y enfilo tambaleante por el angosto sendero.

    Entre las sombras, mimetizado, con la espalda apoyada contra un árbol, el de la cicatriz fumaba vigilante, con esa actitud indolente y asesina de un depredador observaba al hombre tambaleante. Lo siguió a distancia con el sigilo de animal carnívoro sobre su presa, acariciando con descuido el colgante sobre su pecho, aplastó sin piedad los restos de cigarro sin apartar la vista del camino. 

    Romo Frías encorvaba más y más su postura, a medida que los recuerdos golpeaban su memoria, con las imágenes lejanas del sufrimientos de otras chicas, que como a su hija entrego para el deleite de unos cuantos depravados, las riendas se le escurrieron de la mano, aun así continuó caminando, mal trago lo seguía arrastrando las riendas por el suelo, con la fidelidad de un perro viejo, manteniendo la distancia para no entorpecer el paso vacilante de su dueño. De rodillas cayó cuando una arcada le lleno la boca de una pastosa saliva amarga y se desparramo boca arriba inconsciente, en esa posición derramando el vómito que lo ahogaba sin remedio, parecía llegar el fin de su vida. 

    En un acto inusual de repentina moralidad, bañado de un estímulo altruista, el hombre de la cicatriz se acuclillo compasivo a su lado,  lo giro en el momento decisivo, cuando Romo se desmadejaba débil mientras la vida se escapaba en bocanadas espumosas, espero pacientemente a que vaciara su estómago y utilizó su propio pañuelo para limpiarle la boca, después se odio por ese momento de infrecuente debilidad. Prácticamente lo levantó del suelo con una sola mano, y en su rostro se dibujo una mueca de puro desprecio, lo empujo hasta su caballo, desesperándose por la torpeza de ese cuerpo blando inundado del agrio hedor de alcohol regurgitado. Lo subió al caballo que instintivamente se movió en la dirección que llevaban, le acomodó las riendas y lo vio alejarse lentamente.

    Las hojas secas y las ramas crujieron bajo su peso,  se abría paso con su lento andar, era casi tan silencioso como su amo. Julián sesgó apenas sus labios en una sonrisa, cuando la enorme cabeza se froto amistosamente contra la mano abierta y le paso la lengua húmeda por los dedos, el magnífico mastín ingles demostraba con torpeza su lealtad, empujando las piernas de Julián con la fuerza poderosa de su maciza musculatura, y se adelantó con aire majestuoso, después que le palmearan la cabeza algo cuadrada, moviendo la cola con orgullo.

    Montó su fantástico andaluz negro, era tal vez más orgulloso que su perro y que él mismo, se lo demostraba cuando se alzaba de manos y corcoveaba un poco, resistiéndose con valentía a la sumisión, a su jinete le gustaba, era ese tire y afloje entre hombre y bestia, un juego de fortalezas, hasta que Julián con autoridad y la fuerza de sus rodillas dominaba su endemoniado carácter, "Diablo", lo llamaba, nunca un nombre reflejaba tan bien una personalidad, eso fue lo que Julián dijo cuando lo domaba, después de la cuarta caída, y otras cuantas más que tuvo antes de aplacar en parte su espíritu salvaje, a ese animal le debía la fiera cicatriz que se extendía desde el pómulo hasta la fuerte mandíbula, ese potro necesitaría algo más para secar el orgullo y privarlo del valor, la sangre que goteaba y le volvía rojas las manos solo lo enardecía impulsándolo a mantenerse erguido a lomos del semental, para recordarle que a él no se le escurría el valor por más tajo en la cara que tuviera, que podía alzarse de manos, ocultar la cabeza entre las patas o sentarse y rodar contra el alambrado, donde casi lo aplastó y por donde lo arrastró provocando ese corte, que ni así perdería las ganas de montarlo las veces que fuera necesario hasta domarlo.

    Se encaminó al trote por entre el monte de acacias sin respetar el camino, podía oler que lo seguían, así de fino el olfato, y estaba seguro que hedía a pura muerte. El mastín se adelantó abriendo camino, las ramas crujían bajo sus más de cien kilos de dignidad y valentía, llevaba la piel arrugada por encima de los  ojos delatando cuan atento se encontraba, elevando su morro corto y ancho para olfatear alrededor y curvando la cola en señal que algo lo alteraba.

    -Tranquilo oso - Dijo Julián para sosegar a su perro que le respondió con un gruñido corto.

    Julián silbo anunciando la llegada, y desde el rancho devolvieron la señal, el hombre que en la partida de cartas de esa noche compartió mesa con él salió a la puerta con un mate en la mano. Oso fue el primero en llegar, se elevó apoyando las poderosas patas sobre el pecho del joven que ni siquiera se movió, Juan lo palmeo con cariño y el perro lamió su rostro con extrema familiaridad.

    -¿Le hablaste? - Preguntó Juan mientras hacía sonar el mate.

    -El tipo es un verdadero desastre, no vale la pena - Contestó Julián decepcionado mientras desmontaba.

    -¿Vamos a seguir con el plan? - Indagó al tiempo que le acercaba el mate.

    -¡Se la gane... ahora me pertenece! -  Fue la respuesta seca.

    Julián llevo a Diablo al precario establo, lo desensilló y lo cepilló pensativo, Juan desde la puerta lo observaba callado con oso echado a su lado. De vez en cuando el perro levantaba la cabeza gruñendo inquieto, Juan le tocaba la cabeza y lo siseaba, él también presentía algo, había ruidos raros y los pájaros que dormitaban en las ramas, se espantaban y volaban. Oso se levantó y atropello con los pelos del lomo erizados, por detrás del rancho donde las sombras se perdían en el monte, el ruido furioso de unos pies a la carrera sobre el ramaje seco, y el relincho lejano de un caballo delataron al intruso que hacía rato seguía a Julián.

    Cuando el plateado de la luna perdía su esplendor más allá del monte, y una pincelada despareja partía en dos el cielo en jirones naranjas, mal trago entraba en el corral con su jinete desmayado sobre su lomo, Romo cayó a su lado y ahí se quedo tirado durmiendo la borrachera. Cuando despertó su cuerpo descansaba sobre estiércol fresco, la cabeza le pesaba y tenía el estómago revuelto, se paró sacudiéndose la ropa, por un instante no supo donde estaba hasta que reconoció su casa, ni siquiera como había llegado ahí, aunque intentaba recordar le dolía la cabeza. Camino con la inseguridad en sus piernas y entro en la humilde vivienda, Clara lo miraba con reproche, ni lo saludo, continuó afanosa preparando el pan. Con el agobio de la culpa siguió hasta la pieza y se tiro en la cama con la ropa sucia, así se durmió, abrazado por la culpa de haber condenado a su pequeña a una dolorosa vida, entre hombres de temperamento tan viles y crueles como los de él mismo. 


¿Quien sonríe en la oscuridad?Donde viven las historias. Descúbrelo ahora