Las tardes de invierno en Londres siempre eran agradables. Ideales para estar cómodamente acurrucado bajo las mantas, sin planes de hacer algo que implicara moverse o frente a una chimenea con una enorme taza de chocolate caliente, preocupándote únicamente por ver el tiempo pasar.
Aquel no era el caso.
Tenían tres horas encerrados en aquel lugar, sin nada más que sus chaquetas para cubrirse y con el estómago vacío, quejándose por la falta de alimento.
Aquello era como un pequeño teatro, con un escenario y asientos para aproximadamente trecientas personas. El edificio se completaba con un vestíbulo, oficina, baños y tres salones. Ahí era donde anteriormente se llevaban a cabo los recitales de fin de curso. Desde hacía unos meses, solo estaba habilitado para los ensayos y prácticas extra escolares. El lugar quedaba en la parte trasera de la academia, considerablemente alejado del edificio principal, lo que era ideal para realizar los ensayos personalizados con tranquilidad.
En aquel momento, dicho aislamiento les estaba jugando en contra.
No había mucho que hacer, más que esperar. Aunque el pasar del tiempo se estuviese volviendo desesperante, al menos para William. Samuel por su parte, permanecía tumbado cuan largo era, en el suelo del escenario, con la mirada perdida en algún punto del techo. Tarareaba en voz baja una canción que solo él conocía.
William estaba perdiendo la paciencia. Tenía al menos unos diez minutos, paseándose entre las hileras de asientos, como buscando algo que no lograba encontrar.
—¿Puedes dejar de cantar? ¿Cómo es que estás tan tranquilo? ¡Joder! —William no podía disimular su molestia. A Samuel parecía correrle la sangre tan despacio, mientras él se seguía llenando de preocupación con cada minuto que pasaba.
El muchacho tumbado en el piso, se incorporó, apoyando el peso de su cuerpo en los codos. Miró fijamente a Will, con una sonrisa burlona en sus facciones.
—En primer lugar, no estoy cantando, estoy tarareando. ¿Conoces la diferencia? ¡Pues eso! Pero si lo que quieres es que cante, puedo hacerlo, aunque si soy sincero... no soy muy bueno en eso. Nadie puede ser tan perfecto. —Sonrió arrogantemente y se dejó caer de nuevo en el mismo lugar—. En segundo lugar, estoy ahorrando mis energías.
—Te corre la sangre tan despacio, que no alcanzas a ver las dimensiones de la tragedia.
Una sonora carcajada hizo eco en el recinto vacío. Samuel estaba sentado de nuevo mirando a William con expresión divertida.
—¿Tragedia? A ti sí que te gusta el drama ¿eh? —Se deslizó hasta sentarse en el borde del escenario, colgando los pies y balanceándolos de un lado a otro. No podía quitar la sonrisa burlona de sus labios—. Creo que incluso puedes llegar a ser simpático.
William sintió una mezcla de rabia y vergüenza. Sus mejillas estaban ardiendo. Hubiese querido decirle a Samuel hasta de lo que se iba a morir y como para él, estar encerrado con un tipo tan odioso y arrogante, sí era una completa tragedia. No tenía ganas de pelear, sin embargo. Decidió emplear su tiempo en algo más productivo. Encontrar una forma de salir de aquel maldito lugar.
Subió los escalones y se encaminó hacia la parte trasera del escenario, donde seguramente, encontraría alguna salida de emergencia o cualquier cosa que ayudara a abrir la puerta. Lo que sea, sería de utilidad. Quizá estaba siendo muy ingenuo.
—¿A dónde vas? —Samuel se levantó inmediatamente.
Cuando Will se dio cuenta, ya lo tenía pegado a su espalda, con su voz resonando de cerca en su oído. Sus manos sujetándolo por la orilla del pantalón. Sintió que se le erizaba la piel.
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ROMPECABEZAS
RomansaEs una obra protegida con documentos legales. Queda prohibida su copia o reproducción total o parcial. Cuando Samuel Da Silva y William Delz fueron aceptados en una de las mejores academias de música de Londres, no imaginaron de qué forma aquello af...
