Capítulo 2 - Esperanza.

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Corro hasta llegar a la que fue mi casa, abro la puerta de un golpe y subo al cuarto de mi hermana. Cojo mi antigua maleta y empiezo a meter sus cosas en ella, todo lo imprescindible. Oigo los pasos firmes y que tanto he temido desde pequeña de mi padre venir.

-¿QUE COÑO CREES QUE HACES? -  me dice chillando

- No te acerques, no me toques. – digo algo alterada. Sigo echando cosas de mi hermana en la maleta. Me pone la mano en el brazo para frenarme – NO ME TOQUES. – y le pego un puñetazo que puedo sentir segundos después su sangre brotar en mi mano.

Sigo metiendo cosas en la maleta sin preocuparme de que está en el suelo tirado limpiándose la sangre con la camiseta sucia que llevará semanas seguidas sin molestarse en lavarla.

- Vamos a hacer esto, mañana por la mañana voy a venir con unos papeles del juzgado que dirán que me concedes la custodia de Taissa y tú los vas a firmar sin rechistar o si no te denunciaré por malos tratos, tengo muchos testigos, créeme. ¿Estás de acuerdo? – me mira con asco, me agacho y le cojo de la camiseta con el puño en alto para pegarle otra vez si hace falta. – ¡He dicho que si estás de acuerdo!

Asiente de mala manera y lo vuelvo a empujar hacia el suelo, que es su sitio como gusano rastrero que es. Cojo la maleta y salgo de esa asquerosa casa que lo único que me produce son arcadas.

Me levanto por la mañana con el puño hinchado y con una movilidad escasa en este. Me duelo tanto que me tengo que tomar tres pastillas para el dolor y vendarlo. Aunque me duela tanto estoy dispuesta a darle otro si se acerca demasiado. Llego a la puerta de la casa. Respiro muy hondo y trago saliva aunque a esta le cueste pasar por mi nerviosa garganta. Lo hago para no llorar, un truco que me ha servido durante todos los años que he tenido que compartir techo con ese energúmeno. Esta vez llamo a la puerta porque sé que está Vanesa, mi hermanastra, y no quiero tener que discutir también con ella. Me abre la puerta.

- ¿Está mi padre? – pregunto secamente.

- Hombre Aisha, ni un “Buenos días” ni un “¿Qué tal?” siquiera. – me dice burlona.

- Te he preguntado por mi padre, no por ti.

- Tirado en el sofá como el desecho social que es. – me dice dejándome pasar. En que mi padre es asqueroso es en lo único en lo que estamos de acuerdo. Me acerco cada vez más al salón y puedo percibir el olor a alcohol que desprende a kilómetros subirme por la nariz y suelto un escalofrío que me eriza la piel amargamente. Ese olor que me recuerda a la mala época que pasé. Vuelvo a tragar saliva y a respirar hondo. No voy a llorar.

- Firma. – digo con sequedad y cogiendolo de los pelos para que levante la cabeza de la mesa. Le pongo el bolígrafo en la mano difícilmente. Está tan borracho e ido que no sabe ni lo que hace, ni siquiera dónde está.

- Firma. – repito. Le señalo los puntos dónde tiene que firmar y él lo hace sin rechistar para que lo deje seguir dormir. Un escalofrío de alivio me recorre todo el cuerpo sólo de pensar que podría ser el fin de todo el sufrimiento que no lo volvería a ver jamás.

Voy corriendo al hospital. Feliz, sonriente, quiero verla y decirle que a partir de ahora todo va a salir bien. Ella y yo.

Corro hacia su habitación, abro la puerta de un portazo seguido de un perdón a los de la otra mitad de la habitación por el jaleo. Corro la cortina que me separa de mi hermana pero sólo hay una cama vacía y perfectamente hecha.

Diferente.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora