Mi experiencia con la Hipnosis.

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  • Dedicado a Irene Bulio
                                    

Mi primera experiencia con la hipnosis comenzó hace algunos años, tras ver un programa en televisión donde dos famosos hipnólogos hacían lo propio en directo. Intentaba no perderme ningún programa. En ellos se curaban fobias y lo que es más, se viajaba sin naves, sin alas, sin ruedas… a un pasado donde habían sucedido hechos traumáticos, trayéndolos al presente, siendo conscientes de lo ocurrido, viendo la situación que había dañado desde otro ángulo, desde otra perspectiva…

En algún momento, incluso llegaron a viajar más lejos, traspasando el fino lienzo que separa esta vida de otras anteriores. Me impresionaron especialmente algunas historias, donde alguien relataba cómo se asfixiaba en una cámara de gas en un campo de exterminio, e incluso el morir encadenado en un barco, en medio de una tormenta, donde debía remar y remar.

A mí todo esto me impactó y comencé a cuestionarme algunos sentimientos y miedos que no comprendía, entre ellos mi imposibilidad de meter la cabeza bajo el agua mientras nadaba, ya que ningún profesor de natación consiguió nunca que llegase a hacerlo, también esa sensación de paz que me inundaba cuando estaba muy nerviosa y alterada, cuando todo me daba igual, y tenía la “ilusión” de comenzar a nadar en un mar azul y en la lejanía, me fundía con las frías aguas —frías por su tonalidad azul, pues al contacto con la piel se me antojaba una sensación muy agradable—. También recordaba algunas historias que me habían contado de mi nacimiento, mi primera infancia.

Me intrigaba especialmente una foto; bueno, dos fotos. En una había un bebé con cachetes regordetes, enfundado en un conjunto de lana y con la sensación de estar pasando calor, parecía triste o quizás enfadado, “enfuruñado” como decimos aquí, en Canarias. En la otra, otro bebé con la misma ropa, aunque llevaba los pies al aire, y con un rostro muy, muy tranquilo, que siempre me pareció angelical. Ambas fueron tomadas en la misma casa, en el mismo sillón, aunque con apenas un año de diferencia. Una historia de la que mi madre no quería hablar, al menos eso interpretaba yo al ver su rostro, con alguna lagrimilla intentado escapar de sus ojos —y que ella atrapaba con rapidez—, la garganta eñulgada, y la mirada triste. Con mi padre ni me atrevía a comentar nada.

Sentía un deseo enorme de ser hipnotizada para poder entender y anudar todos esos pequeños detalles de los que no terminaba de encontrar un nexo. Después de interrogar con curiosidad, me enteré de algunos detalles que quizás por lo doloroso prefiero omitir en este instante, pero el bebé que no llevaba pantaloncito era mi hermano, el otro —como pueden adivinar— era yo. Siempre estuvimos muy unidos, pero nunca llegamos a estar juntos del todo. Él sufrió una enfermedad y tras una operación voló al cielo a los 11 mesesitos…un 3 de diciembre, el día más triste de cada año, pues mi madre estaba siempre inundada de una melancolía inusual y sus ojos dejaban de brillar. No llegaron a pasar 30 noches y ahí estaba yo…

Sentía un deseo enorme y a la vez un miedo de lo más humano cada vez que pensaba en que la hipnosis podría darme algunas respuestas, aunque realmente, tampoco tenía muy claras mis preguntas; sólo eran sensaciones, miedos, dolor, carencias… algo que sabía que no era muy normal y de lo que deseaba desprenderme.

Un sábado por la mañana vi en la prensa local que aquellos dos famosos hipnotizadores iban a impartir unos cursos en la ciudad. Un escalofrío recorrió mi cuerpo. Mis deseos podían cumplirse. Recorté el anuncio, era enorme, ocupaba toda una hoja del periódico. El curso que tenían previsto impartir duraría unos meses y se impartirian los fines de semana. Previamente se daría una charla en el salón de actos de un céntrico hotel, para explicarlo todo, contestar dudas, escuchar sugerencias, etc. Allí me dirigí el día indicado. La sala estaba completamente llena de gente, incluso me sentí un poco incómoda pues vi a lo lejos a una compañera de trabajo. Los hipnólogos no estaban, sólo su “representante”, alguien que era una "especie" de “naturópata” y que sería el encargado de traerles a las islas siempre y cuando existiesen alumnos suficientes.

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