Hace calor. Demasiado calor.
Siento el sudor resbalar por mi frente muy despacio mientras camino por las calles del centro de la ciudad. Escucho la voz de un hombre vendiendo agua fría. Diez pesos por botella. Pienso en toda la venta que seguramente ha tenido y no es para menos. Sostengo la mochila con ambas manos, jalando hacia arriba los tirantes para no tenerlos pegados al cuerpo y que me hagan sudar aún más. Me faltan dos calles para mi destino, dos simples calles que parecen una eternidad. Pongo la mano en mi frente para hacer un poco de sombra y levanto la vista, el sol está inclemente. Brilla con intensidad, con coraje, como si de alguna manera quisiera exterminarnos.Suena una campanilla. Una mujer vende bon ice en la esquina. Me acerco a comprar uno, de limón. Aún me falta otra cuadra, me despido agradeciéndole a la mujer y prosigo. Hay mucha gente caminando en ambas direcciones de la Av. Juarez. Los veo agitados, con prisa y es que los niños están próximos a entrar a clases y cómo siempre, dejan la compra de útiles escolares a última hora. Ajusto la música de mis audífonos, subiendo el volumen y cambiando de canción. Volteo a la derecha y los camiones urbanos están detenidos en un semáforo en rojo. Ninguno es la ruta que me lleva a casa.
Ya casi se me acaba el bon ice y el tiempo, poco falta para las dos de la tarde y solo quiero llegar a descalzarme y dormir una siesta. El semáforo cambia y comienzan a avanzar los camiones. Casi al final, logro ver la ruta habitual y levanto el brazo, haciendo la seña para que se detenga. El chofer lo hace y me deja subir.
Adentro del transporte, un payaso callejero hace su rutina. Me pongo tensa; no me gustan los payasos, podría decirse que les tengo miedo. Afortunadamente hay un asiento libre justo atrás del chofer. Me siento ahí esperando a que el payaso termine su espectáculo. Lo finaliza con un malísimo chiste que a nadie hizo reír, solo a una mujer. Agradeció a todos por su atención y pasó una gorra para que le pusieran "lo que gustaran cooperar".
La mujer siguió riendo, a pulmón abierto. Esa risa era tal que enseguida las personas a su alrededor comenzaron a reír. El volumen de la risa era cada vez mayor, y se extendía por todos los asientos, hasta llegar a dónde estaba yo. Los veía a todos en una locura conjunta. No dejaban de reír. Poco a poco la tos se hizo presente y la falta de aire, los que se privaban intentaban jalar aire y seguir carcajéandose. El conductor los veía por el retrovisor y el espejo lateral y negaba con la cabeza.
El payaso se bajó del camión y la gente aún seguía riéndose. Me siento fuera de lugar, incómoda por ser la única persona en no demostrar la gracia del asunto. La mujer que rió primero se calló al instante, fijando la vista en el asiento de en frente y movió la cabeza hasta golpearse en el filo de este, no una ni dos veces, siguió golpéandose hasta abrirse la frente. Nadie la detenía yo solo observaba atónita y con miedo. El conductor vio lo que ocurría y puso el freno de mano para acudir con la señora. No la pudo detener.
— ¡Señora! ¡¿qué tiene?! ¿qué le pasa? Estese quieta. — Y aquella mujer seguía golpeándose a tal punto de tener todo el rostro enrojecido por la sangre. Todos los demás pasajeros seguían riendo extrañamente. — Si no se detiene voy a hablarle a la po...— El hombre comenzó a reír despacio, elevando cada vez más la voz y la intensidad de la risa.
¿Qué estaba ocurriendo? Todo el mundo reía y yo no entendía por qué. Hasta que al girarme hacia en frente, vi el rostro deforme y horrible del payaso que me sonreía.
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