Hace mucho que no despertaba en medio de la noche por una pesadilla. Hoy fue mi primer día sin ti y me encuentro sucumbiendo ante el síndrome de abstinencia. Te extraño, tanto que soy capaz de ir a buscarte ahora mismo, aunque me niegues la entrada.
Me desperté agitado, sudoroso, con la boca seca y la garganta irritada por tanto gritar. Con el alma en un hilo porque soñé que ya no estabas, porque mi mente se encarga de ponerme pruebas tan duras que siento que no voy a poder superarlas. Sigo insistiendo en negar rotundamente a que no estés.
Cuesta trabajo tranquilizarme, los ojos se me humedecen y siento las irreparables ganas de llorar. La opresión en el pecho es tal que ni siquiera puedo sollozar. Miro por la ventana y pienso en ti, en lo que estarás haciendo, si duermes en tu cama o en el lecho de alguien más. La duda me carcome y tiemblo de miedo al pensar que ya me has olvidado.
Esta noche te extraño más que nunca, esta noche te amo más que nunca pues a pesar de la necesidad de tus labios, tu cercanía y tu tacto, prefiero quedarme sentado en la orilla de la cama, revolviendo mi cabello en una clara señal de locura.
Lamento escribirte, lamento que no puedas leer pero lamento aún más haber tenido que llegar a esto. Nunca antes había sentido que evocarte fuera un crimen como hasta ahora y por ello te pido perdón. Espero que esta sea la última noche en la que traiga de nuevo a mí tu recuerdo, aunque siendo honestos, lo ducho mucho.
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