Capítulo 7

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Jueves 07 de Febrero del 2019.
11:11 a.m.

—¡Auch!— me quejo en alto al sentir mi cuerpo caer al frío suelo —Maldición, ¿qué pasó?— alzo mi cara y me veo con una sábana rodeando mi cuerpo. Me caí.

Con pesar me levanto lentamente y me siento en la orilla de la cama mientras mis manos se dirigen a mis sienes comenzando a masajearla para calmar el dolor punzante.

—¿Qué fue todo eso?— digo tratando de recordar todo lo que pasó en mis sueños... o en mis recuerdos. Mi mente viaja tanto que llega a lo más importante: esa pareja. ¿Qué hacían ahí?

Me pongo de pie y comienzo a acomodar las sábanas aún cuando soy mala en eso. Al final quedo satisfecha con mi trabajo y me dirijo al baño para hacer mis rutina mañanera. Extrañamente Margarita no ha gritado a todo pulmón que ya está el desayuno, pero claramente no lo hará siempre: ella no tiene esa responsabilidad. Termino de cepillar mis dientes y salgo del baño para comenzar a bajar las escaleras. Cuando llego al primer piso, no hay absolutamente nadie en la casa, ni siquiera Ramón.

Llego a la cocina y en la mesa se encuentra una nota con una caligrafía en cursiva. "Perdón por salir sin avisarte, pero el pequeño Ramón quiere salir a jugar. Alguien vino a preguntar por ti pero no me dijo quien era. Ya estoy pensando que eres famosa por las personas que vienen a verte." Me quedo un momento analizando eso. ¿Quién pudo haber venido?

Deje eso a un lado y comienzo a preparar mi desayuno. Recordé el que más le gustaba a Poché, así que ese haré. Al terminar, lo dejo en un plato sobre la mesa y voy a por café. Tengo muchas cosas que pensar, así que necesito estar con todas las energías del mundo.

Me siento sobre la mesa mientras como de mi desayuno. Escucho que recibí un mensaje y, al desblquear mi celular, veo decenas de ellos, ya sea de mis papás o de mis amigos, ignoro aquellos por el momento y veo el que me acaba de llegar recién; es de Laura preguntando si iré a la tienda para mostrarles el diario y el reloj de Poché. Tecleo rápidamente confirmando la cita.

Me levanto de la mesa y dejo todo en el lavadero para después comenzar a limpiar el plato y después dejarlo secar. Antes de poder subir las escaleras para irme a arreglar, el timbre de la casa suena deteniendome al instante.

—¿Margarita?— me pregunto, pero me resulta ilógico, pues ella entraría y no tocaría como lo están haciendo ahora mismo.

Suelto un suspiro y camino hacia la puerta, pero antes de tomar la manija un escalofrío me recorre el cuerpo. Me detengo como sí eso fuera lo más inteligente. ¿Por qué de repente siento que no debería abrir? Tocan nuevamente y despejo esos pensamientos tan raros.

—¡Buenos días!— un hombre rubio y de tez blanca me saluda con una perfecta sonrisa. Está perfectamente vestido con una camisa celeste fajada, un pantalón marrón y zapatos negros. Lleva una mochila café colgando de su hombro —¿Cómo está? ¿Me permití pasar?— y antes de que lo haga, bloqueo la entrada.

—Perdón, ¿qué necesita?— le pregunto sin dejarlo entrar —Podemos hablar aquí afuera— digo. Ese hombre no me da nada de buena espina.

Él me mira molesto pero intenta ocultarlo de la mejor manera, después me da una sonrisa y da un paso hacia atrás.

—Soy Thomas Jefferson, activista de la comunidad de la Iglesia en el pueblo— se presenta mientras de su mochila comienza a buscar algo —Vengo a leerle unas cuantas palabras— añade.

La misma basura que dicen todos. Creo en Dios, ¿pero sinceramente hay que confiar en la iglesia? Siento que algunas están muy lejos de hacer algo bueno.

Efecto MariposaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora