El NACIMIENTO DE HARRISON POTTER

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La medianoche del 31 de julio de 1980 no trajo luz, sino un frío sepulcral. A las once y cincuenta y cinco de la noche, un doble llanto rasgó la penumbra de la casa. Lily Potter había dado a luz a mellizos. El primero en salir fue Henry, chillando con una vitalidad salvaje. Minutos después, en un silencio perturbador que casi pareció un aborto de la naturaleza, nació Harrison.

Horas antes, en el despacho de Albus Dumbledore, las palabras de Sybill Trelawney ya habían envenenado el aire con una profecía de sangre y caída. El Señor Tenebroso tendría un rival, un ser nacido al morir el séptimo mes, engendrado por padres que lo habían desafíos en tres ocasiones. La profecía flotaba sobre las cunas como una mortaja.

Los hermanos eran la noche y el día. Henry ostentaba el orgullo de los Potter: un cabello pelirrojo oscuro y encendido, y unos ojos avellana que suplicaban afecto. Harrison, en cambio, parecía un espectro atrapado en el cuerpo de un lactante. Su piel tenía la palidez traslúcida de los cadáveres frescos, su cabello era una maraña negra como el carbón, y sus ojos... sus ojos eran dos pozos de un verde radiactivo, idénticos al destello de la muerte misma. Había algo inquietante en su mirada fija, algo que hacía que incluso sus padres apartaran la vista con un estremecimiento inconsciente.

La paranoia no tardó en tocar a la puerta. Dumbledore apareció esa misma noche, con los ojos desprovistos de su habitual benevolencia, trayendo consigo el peso del destino. El pánico arrastró a los Potter al exilio. Rompieron sus lazos con el mundo, ocultándose en las sombras de una propiedad maldita, y entregaron sus vidas al eslabón más débil de su cadena: Peter Pettigrew. Sirius Black se ofreció como el señuelo perfecto, ignorando que la soga ya estaba atada al cuello de la familia.

Quince meses de encierro aguzaron los sentidos de los niños, pero no pudieron detener la traición. La noche de Halloween, James y Lily abandonaron el refugio para cumplir una orden forzosa de Dumbledore, dejando a los mellizos bajo la custodia de los abuelos maternos. Los señores Evans, dos muggles indefensos, creyeron que las paredes de piedra los protegerían. No sabían que el Guardián del Secreto ya se había arrastrado ante los pies de Lord Voldemort, vendiendo la ubicación por un destello de piedad.

El Señor Tenebroso no envió emisarios; el placer de la extinción le pertenecía.

El umbral cedió con un gemido de madera rota. El abuelo Evans ni siquiera tuvo tiempo de gritar; un destello esmeralda apagó su vida en el acto. Voldemort subió la escalera con la parsimonia de un verdugo. En el dormitorio, la abuela, desquiciada por el pánico, acababa de sacar a los niños de sus cunas para intentar huir. Al oír los pasos, solo tuvo tiempo de empujar a Henry al fondo de un armario empotrado a ras de suelo; pero cuando se giró para salvar a Harrison, la muerte la alcanzó. El Avada Kedavra la golpeó de lleno y su cuerpo desplomado cayó sobre la alfombra, a escasos centímetros del pequeño de ojos verdes.

Harrison no lloró. Sentado en el suelo, el bebé contempló el cadáver de su abuela con una apatía espeluznante. No había terror en él, solo una curiosidad fría.

Fastidiado por la atmósfera y por la mirada del niño, Voldemort alzó la varita de tejo. El maleficio asesino brotó por segunda vez, buscando arrancar el alma del pequeño de ojos verdes. Pero la magia que despertó en Harrison no fue un escudo de amor; fue un parásito hambriento.

Al sentir la proximidad de la muerte, el núcleo mágico del bebé reaccionó de forma violenta, absorbiendo el impacto y repeliéndolo con una furia negra. La maldición asesina rebotó, distorsionada y hambrienta. El hechizo golpeó a Voldemort en el pecho, desgarrando su alma y desintegrando su carne. La varita de tejo estalló en una onda expansiva de cenizas y magia residual que resquebrajó los muros; el impacto hizo saltar por los aires la puerta del armario, y una de las astillas malditas voló hacia el interior, clavándose profundamente en la frente del aterrorizado Henry.

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