Narra Hanna
Me sentía extraña. Algo pesada... como si mi cuerpo no fuera del todo mío. Todo me daba vueltas y una sensación nueva, cálida y persistente, se había instalado en mi vientre. No sabía qué me pasaba, pero era algo muy distinto a todo lo que había sentido antes.
Lo más curioso era que, cuando Ayden estaba cerca, ese calor se intensificaba, casi como si reaccionara a su presencia. No sabía qué pensar. Era desconcertante... y al mismo tiempo, algo dentro de mí me decía que no debía asustarme.
Habían pasado ya seis meses desde todo aquello. Seis meses desde la batalla, desde que marqué a Ayden, desde que nuestras almas quedaron unidas bajo el sello de la Diosa Luna.
Desde entonces, todo había cambiado. Nuestros sentidos, nuestras emociones... incluso el amor se sentía distinto. Más intenso, más vivo. A veces pensaba que era una locura, pero una de esas locuras que hacen que valga la pena existir.
Esa mañana me encontraba en nuestra casa. Todo estaba en calma: el sonido del viento entre los árboles, el murmullo lejano del río, y el suave aroma del bosque que entraba por las ventanas abiertas. Me disponía a preparar algo para los dos —pasta con camarones y salsa de aguacate, su plato favorito—, pero de pronto, un fuerte dolor en el abdomen me hizo doblarme y soltar un quejido.
Me apoyé en la encimera, respirando profundo.
Debe ser la regla, pensé. Seguro que son cólicos, aunque se sienten mucho más fuertes que de costumbre.
Aun así, seguí cocinando. El olor de la salsa me relajaba y me hacía sentir que todo estaba bien. Estaba tan concentrada en mi labor que no escuché el auto de Ayden llegar, ni sus pasos acercarse a la puerta.
El sonido de la cerradura me hizo sobresaltar.
—Cariño, ¿dónde estás? —la voz de Ayden sonó tensa, casi preocupada.
—En la cocina, amor —respondí, extrañada por su tono.
En cuestión de segundos, lo vi aparecer. Su mirada me recorrió de arriba abajo, y antes de que pudiera decir algo, me abrazó con fuerza. Le devolví el gesto, pero él se separó rápidamente y empezó a revisarme como si buscara una herida invisible: me tocó los brazos, las piernas, el rostro, el cabello... y finalmente su mano se posó en mi abdomen.
En cuanto lo hizo, ese calor volvió. Más intenso. Más vivo. Como si algo dentro de mí respondiera a su toque.
—¿Lo sientes? —pregunté confundida.
Ayden me miró sorprendido, y sus ojos se abrieron de par en par. Su expresión cambió del desconcierto al asombro absoluto.
—¿Qué pasa? —pregunté preocupada—. ¿Es algo malo? ¿Estoy en peligro? ¿Estamos en peligro?
Él no respondió. Solo me observaba con esa mezcla de incredulidad y alegría contenida.
—¡Ayden, respóndeme! —grité, un poco asustada.
Él parpadeó, y de pronto... comenzó a reír.
Me quedé helada. Nunca lo había visto reír así: entre la sorpresa y la emoción.
—No es nada malo, amor —dijo finalmente, con una sonrisa enorme—. Quita esa carita de susto. Es solo que... esto es muy sorprendente. No creí que sucediera tan rápido, pero aquí está. Lo siento... lo siento tan claro.
Sus manos volvieron a mi vientre, y el calor creció aún más.
—¿De qué hablas, Ayden? —pregunté confundida—. ¿Qué se supone que debo sentir? Explícate, por favor, porque no entiendo nada. Y si no lo haces, te juro que me enojaré contigo.
Él soltó una carcajada. Aquello me enfureció más.
—¡Deja de actuar como un idiota y dime qué pasa! —le grité, con tanta fuerza que me sentí mareada.
Ayden frunció el ceño, me tomó por los hombros con cuidado y me hizo sentar en la silla.
—Tranquila, nena —dijo en voz baja—. No es nada malo. Solo no te esfuerces mucho, ¿sí? Quiero que respires, que te calmes y me escuches.
Asentí, respirando profundo, aunque el corazón me latía con fuerza.
—No sé cómo no te diste cuenta —continuó—. Siendo mujer lobo, deberías haberlo notado antes que yo... pero claro, tu transformación aún es reciente.
Sus palabras me confundían cada vez más.
—Ayden, me estás matando con tanto rodeo, ¡dime qué pasa! —exclamé, impaciente.
Él sonrió con ternura, y esta vez su voz sonó firme, clara y cargada de emoción.
—Hanna... tendremos un bebé.
Lo miré, incapaz de procesar lo que acababa de decir.
—¿Qué... qué dijiste? —susurré.
Ayden rió suavemente, arrodillándose frente a mí. Tomó mis manos y las puso sobre mi vientre.
—Lo sientes, ¿verdad? —dijo con la mirada brillante—. Ese calor... esa energía. Es nuestro pequeño. Nuestra luz.
Una mezcla de incredulidad y emoción me recorrió por completo. Todo tenía sentido: el calor, el cansancio, la sensibilidad, los cambios.
—No puede ser... —dije entre lágrimas, tocándome el vientre—. ¿Un bebé? ¿De verdad?
Ayden asintió, con una sonrisa que irradiaba felicidad.
—Sí, amor. Un bebé. El primero de la nueva generación de nuestra manada... el fruto del lazo que la Diosa Luna nos dio.
Me cubrí el rostro con las manos, y el llanto me venció. No era tristeza, era emoción pura. Sentí las lágrimas correr por mis mejillas mientras Ayden me abrazaba por detrás, apoyando su frente contra la mía.
—Te amo —susurró contra mi oído—. Y ahora más que nunca, porque dentro de ti late una parte de los dos.
—Ayden... —murmuré, entre sollozos y risas—, esto es una locura.
—Sí —respondió, sonriendo—. Pero es nuestra locura, y es perfecta.
Aquel calor en mi vientre ya no me parecía extraño. Era vida.
Era amor.
Era el comienzo de algo nuevo.
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Su Luna (EN EDICCION)
Hombres LoboElla: dulce Calmada y amorosa Él: posesivo Apasionado con mucho amor por dar ¿Que sucede cuando estos dos lleguen a lago más que amistad? ¿cuando el tome como suya? ¿cuando los dos deciden amarse sin medida? Acompáñame en esta historia que tien...
