NARRA AYDEN
"Cuando la encontré, supe que jamás podría perderla de nuevo."
Solo quería estar cerca de ella. Sentir su respiración tranquila, su cuerpo cálido junto al mío, y saber que, por fin, estaba a salvo.
Después de tanto caos, tanta oscuridad y desesperación, tenerla otra vez entre mis brazos era el único recordatorio de que aún quedaba algo puro en este mundo.
La observé en silencio, acariciando suavemente su rostro. Ella era mi todo, mi razón para seguir respirando, y juré para mis adentros que jamás volvería a dejar que algo o alguien la lastimara.
—Lamento no llegar por ti antes —susurré con la voz quebrada—. No podía localizarte... perdí el control, no podía calmarme, estaba tan desesperado por encontrarte que...
No terminé la frase, porque Hanna soltó una pequeña carcajada. Su risa, aunque débil, fue como un rayo de luz después de la tormenta.
—¿De qué te ríes? —pregunté, confundido pero aliviado de verla sonreír.
Ella me miró con dulzura, aunque en sus ojos aún brillaban rastros de tristeza.
—Bueno... —dijo con una sonrisa cansada— es curioso, porque no recuerdo casi nada. Solo tengo imágenes sueltas, como si todo hubiera sido un sueño borroso.
Hizo una pausa, bajó la mirada y su voz tembló.
—Tenía miedo, Ayden. Miedo de que no pudieras llegar a tiempo... o de que simplemente te dieras por vencido.
Mi corazón se apretó. Quise interrumpirla, decirle que jamás me rendiría, pero ella continuó.
—Sé que fue tonto pensarlo —susurró—, pero el miedo me consumía. Pete me golpeaba... y cada vez que lo hacía, sentía que mis esperanzas se apagaban un poco más. No llegabas, y pensé que tal vez no volvería a verte.
Su voz se quebró por completo. Las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas, y en ese instante, mi alma se hizo trizas.
La tomé entre mis brazos con delicadeza, alzándola como si fuera la cosa más frágil del universo. La sostuve contra mi pecho, protegiéndola, como un niño que guarda su tesoro más preciado.
—Nunca me daría por vencido, mi muñeca —susurré con firmeza, acariciándole el cabello—. Nunca. Por ti iría al mismo infierno si fuera necesario, pero jamás te abandonaría.
Ella me miró con sus ojos aún húmedos, y yo sentí que el mundo se detenía.
—Yo te amo, Hanna —continué con la voz llena de emoción—. No solo no puedo dejarte ir... es que no sé cómo existir sin ti. Eres mi todo. Mis días comienzan y terminan contigo. Eres la luz que guía mi vida. Eres, y siempre serás, la mujer de mi destino.
Sus labios temblaron, y vi en su rostro la mezcla de sorpresa y ternura.
—Nunca voy a dejarte sola —prometí—. Te voy a cuidar y amar por siempre.
Ella permaneció en silencio, escuchando cada palabra que salía de mi corazón. Yo no podía apartar la vista de ella; su fragilidad, su fortaleza, todo en ella me desarmaba.
—No puedo dejar de pensar en ti, ni de día ni de noche —agregué, mi voz apenas un murmullo—. ¿Crees que podría olvidarte, cariño? No. Te amo más que a mi propia vida, y haré lo que sea necesario para que nadie se atreva a alejarte de mí otra vez.
Apenas terminé de hablar, Hanna se abalanzó sobre mí. Sus labios se encontraron con los míos en un beso intenso, desesperado, que me dejó sin aire. En ese instante, todo el dolor, el miedo y la rabia se desvanecieron. Solo existíamos ella y yo, fundidos en una promesa silenciosa.
La sostuve con fuerza, respondiendo a su beso con la misma necesidad. Amaba a esta mujer más de lo que jamás creí posible. La Diosa Luna no se había equivocado al enviármela como mi mate, mi alma gemela.
Ella era mi equilibrio, mi razón, mi hogar.
Mi todo.
Y juro por la luna y las estrellas... que nunca más permitiré que nada la lastime.
ESTÁS LEYENDO
Su Luna (EN EDICCION)
Manusia SerigalaElla: dulce Calmada y amorosa Él: posesivo Apasionado con mucho amor por dar ¿Que sucede cuando estos dos lleguen a lago más que amistad? ¿cuando el tome como suya? ¿cuando los dos deciden amarse sin medida? Acompáñame en esta historia que tien...
