Latidos.

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—¿Quién demonios eres? —mi voz tiembla, ni siquiera sé cómo no he tirado el bate luego de escuchar los golpes en la puerta. Amy parece estar levantándose luego de escuchar mis palabras.

—Es tu turno —responde una voz de hombre. Ronca y poderosa—. Hoy es un día lluvioso. Eres la última ficha de mi ajedrez.

No entiendo nada. No parece ser un ladrón o un asesino, bueno, tal vez eso sí. ¿La última ficha de su ajedrez? Mi cara forma una mueca de incomprensión, atónita.

—¿Qué quieres? —digo en un sollozo, mi cerebro sigue procesando la información. ¿Hugo pidió dinero y no lo ha pagado? ¿Quiere robarte a tu hija? ¿Quién es?

—Solo abre la puerta —trata de girar la manija—. Por favor, quita el cerrojo y baja el bate. Charlemos un momento.

Mis ojos se abren como platos. Ni siquiera he tenido contacto frente a frente con ese hombre y me está pidiendo que baje el arma con la cual pretendía defenderme. Sí, bajo el bate y lo coloco contra la puerta, pero en lugar de abrir la puerta corro hasta el teléfono en búsqueda de una solución, nuevamente, no hay línea.

Mi corazón no deja de latir, parece que quiere salirse de mi pecho. Miro a mi alrededor y me quedo sin opciones. Pronto tengo una idea, que al principio me parecía cuerda, me acerco corriendo a la ventana y miro hacia abajo. Demonios. Saltar solo me quebraría las dos piernas, por lo menos existen unos cuatro metros de distancia.

—¡Deja de pensar estupideces! —grita el hombre—. ¡Lanzarte de ahí es el acto más egoísta para tu hija que se quedará sola!

Diablos, ni siquiera había pensado en Amy. No podría caer con ella en brazos, la mataría. No tengo idea como sabe mis malditos pensamientos. Estoy pensando en abrir la puerta... ¡No! Abres la puerta y mueres. ¿O no? Igual, no lo hagas.

Levanto a mi bebé del piso y la pongo en la cuna nuevamente. Está callada, me mira fijamente, parece notar que estoy nerviosa y por eso ha frenado el llanto. Es mejor que se quede así mientras pienso en algo, definitivamente debe haber una salida.

—Sí la hay. Abre la puerta —su voz es bastante rasposa, como ahogada. Me lanzo al piso y veo que está chorreando agua por el pasillo. Tiene unos botines negros bastante pesados—. Es hora. A todos les llega su hora.

—¿Por qué dices eso? —tengo miedo. No tengo la verdad una salida definida. Me siento con la espalda contra la puerta, junto al bate y miro al techo. Salvarme, solo Hugo sabe hacerlo. Debo esperar que llegue dentro de... dos horas y media. Vaya.

—Hablaremos de frente. Te explicaré qué hago aquí. Además, ¿no querías tanto que llegara? ¡Me pedías a gritos, me atraías como un faro a un barco en medio de la oscuridad! —vuelve a sacudir la manija. Está perdiendo los estribos.

Calma... calma... me pido a mí misma calma...

—¡Calma la tendrás cuando abras la maldita puerta!

Mi corazón empieza a latir fuerte. Al igual que los escalones, empiezo a contarlos, son bastante apresurados que se me hace hasta un poco imposible.

Uno, dos... diez.

—¡Me llamaste desde que tu madre temblaba en esa cama de hospital!

Lo escucho lejos. Como si me estuviera yendo a otra dimensión. Jamás aprendí a controlar los ataques de ansiedad. El corazón se me saldrá por la boca.

—¡Me llamaste cuando te tumbaste en el piso luego de la llamada de ese policía, cuando murió tu hermana!

Veintidós, veintitrés... treinta.

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⏰ Última actualización: Apr 15, 2020 ⏰

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La Lluvia [Historia corta]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora