Segundo Acto: Mi “retrato perfecto”.
Tengo 36 años, de los cuales los últimos 10 los he pasado casado con Cindy, mi linda esposa. No es que Cindy sea una mala mujer o que ya no la desee como solía hacerlo desde el momento en que la conocí y le pedí salir en la universidad. Cindy es pediatra, y trabaja en Maywood por lo que casi no está en casa, y cuando lo está nos dedicamos a hacer compras, atender a nuestros dos hijos o arreglar cosas en casa; haciendo que mi matrimonio se haya convertido en un estatus más.
Conocí a Cindy en la Loyola University Stritch School of Medicine; ambos éramos jóvenes, estúpidos y llenos de ambiciones que terminaron en un matrimonio que lleva 10 años unido, con hijos. Siempre ha sido hermosa, alta, rubia de ojos miel y un rostro de ángel; mujer dulce e inteligente, amable y respetuosa pero siempre muy unida al conjunto de creencias religiosas con las que creció, en las que las fantasías sexuales no son más que un condenado pecado, y el sexo es sólo para procrear; ha habido ocasiones en las que ella misma es detractora de esas ideas, pero no las deja y vive acorde, y lo peor es que me ha hecho vivir en eso.
Yo siempre he sido rebelde, nunca me tragué los cuentos del cielo y el infierno que me inculcaron de niño; es más, cuando me decidí a estudiar medicina, mi familia no estuvo de acuerdo porque era “retar a Jehová”, qué ideas más retrogradas. Mi relación con mis padres y hermanos se enfrió cuando, no sólo terminé la universidad sino que estudie una especialidad: cirugía de colon y recto. Estaba “echando por tierra” todo lo que ellos me había inculcado, me había “corrompido” por tener un “excesivo amor al dinero y el prestigio”, era un indigno por “creer en la ciencia”; no tengo que decir que su montón de críticas y dramas lograron que fuer alejándome a una velocidad increíble de todo lo que ellos simbolizaban, que quisiera no sólo no volver a esa casa, sino que además buscara la forma más adecuada para que quisieran evitarme de por vida.
Cuando mis padres supieron que me casaría con Cindy, quien estaba ya trabajando en el hospital para niños McDonald en Maywood, y encima ella estaba embarazada de nuestro primer hijo: Walter Jr., hicieron todo un escándalo, uno que me obligó a ignorarlos cerca de cuatro años; así, se perdieron del nacimiento de mi segunda hija: Christine, un año y meses después que naciera Walter.
Mis padres volvieron a buscarme gracias a Cindy, ella fue a verlos hasta su casa y charló con ellos largo y tendido; les llevó a nuestros hijos, y pareció que, lo que sea que Cindy les hubiera dicho, había funcionado y mis padres ahora convivían con nosotros de forma más habitual, incluso mi madre y mi esposa eran amigas. Por un lado yo veía esto como una ventaja, pero por otro lo veía como el reverendo problema que es: mi madre es una metida, adora tener sus narices dentro de los asuntos matrimoniales de sus hijos y andar metiendo la cantidad de cizaña que considera imprudentemente necesaria para lograr lo que sea que se propone en esa mente enferma suya. Ya así había logrado hacer que uno de mis hermanos se divorciara de su esposa porque esta era demasiado “frívola e hipócrita”, insistiendo en ello hasta transformar su comentario en: “es una cualquiera, mira cómo se viste, cómo se maquilla, cómo camina”, etcétera.
Ver esas tardes de domingo, único día que tenía para estar en casa, a mis padres ahí; a mi madre “charlando” con mi mujer me daba náuseas, más porque cuando ellos se iban entonces era yo quien tenía que aguantarse la conversación del tipo “casi no ves o llamas a tus padres, tu mamá quiere que vayamos a comer con ellos alguna vez…” y bla, bla, bla. Cindy tiende a callarse cuando entorno los ojos frunzo el entrecejo o la boca sin decir nada; considero que no es necesario usar palabras para expresarle que tener a mi familia cerca me da flojera, más a mi madre…
Hubo una ridícula ocasión en la que mi madre manipuló tan bien a Cindy que la ilusionó con contratar el servicio de un fotógrafo de esos profesionales que hacen una sesión fotográfica creando todo el ambiente y con maquillaje y disfraces incluidos; todo un espectáculo que además de terminar mal, porque mis hijos jugando tiraron una de las cámaras del tipo este que contratamos, mi actitud reflejó todo el disgusto que sentía respecto a esta práctica patética de crear “el retrato perfecto”. Al final, nos tomaron una serie de 10 fotografías con distintos fondos y vestuario; pero en todas las fotografías mi rostro lució igual: frustrado, molesto, y la mirada de mi esposa lucía decepcionada y mis hijos no parecían divertirse tampoco. Un completo desastre que me costó más de dos mil dólares.
No puedo decir que mi vida sexual sea nefasta, no; pero se ha tornado aburrida, monótona, desabrida. El hecho de que Cindy llegue muy tarde del trabajo y absolutamente cansada le da el perfecto pretexto para negarse a tener relaciones sexuales conmigo; este problema tiene sucediendo aproximadamente desde hace unos cuatro años, y como decidí no presionarla para hacerla sentir mal me dispuse a crearme una rutina especial: los miércoles y viernes suelo largarme a algún bar con Will, de ahí siempre termino en alguna habitación de hotel o motel con alguien ya sea hombre o mujer, tengo una sesión de sexo hasta cansarme y después vuelvo a casa diciendo que me retrasó el trabajo y después sentí la necesidad de despejarme bebiendo con Will. Yo sé que Cindy no va a reclamarme eso, le agradan Will y Janet, aunque en realidad tampoco entiende el tipo de relación que tienen entre sí. Dudo que algún día le pregunte a William si es cierto que bebemos hasta ya muy tarde.
La realidad es que esa rutina que he seguido durante estos años ya está cansándome, y tampoco tengo muchas ganas de terminar con mi matrimonio; he decidido jugármela un poco y proponerle a William una apuesta que sé le sonará interesante, y que aprovecharía que Janet se iría a Europa en una pequeña gira de exposiciones de su trabajo en museos y salas de arte en varias ciudades europeas. La mujer estaría fuera cerca de dos meses, de los cuales yo sólo querría que aprovecháramos uno… con un mes me basta para olvidame un poco del hastío que me genera vivir dentro de mi retrato perfecto, o más bien el retrato perfecto de mi madre; ese maldito retrato perfecto que le vendió a mi esposa haciendo de mi matrimonio una experiencia aburrida y pesada de la que sé que no quiero deshacerme, pero no puedo evitar querer no estar ahí. No que haya dejado de amar a mi familia, odio lo que mi madre ha hecho de ella.
ESTÁS LEYENDO
La apuesta
General FictionWilliam es un psicoanalista de cuarenta años, guapo y exitoso y está en la cúspide de su carrera cuando Walter, su mejor amigo, un proctólogo de treinta y seis años decide hacer una apuesta con él: romper su código ético y obtener sexo ilegal con su...
