47 - El primer y último beso

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Tenten se recostó contra la barandilla de madera, observando cómo la Isla de la Luna se desvanecía poco a poco en el horizonte lejano. Cuanto más se alejaba la embarcación, más florecía en su interior una profunda sensación de tranquilidad y paz: el hermoso y embriagador alivio de regresar a la realidad como una mujer completamente libre. Podía sentir cómo su verdadero yo resurgía lentamente, sacudiéndose la exótica neblina de los últimos meses. Aunque apreciaba profundamente cada lección aprendida, cada prueba superada y las almas fascinantes con las que se había cruzado, el tacto frío y familiar del acero forjado en sus palmas le resultaba infinitamente mejor que cualquier añada de vino fino o manjar tropical. Ella era un arma, una guerrera del campo de batalla, no una bailarina de la corte.

Lo mejor de todo era que por fin había destruido aquella maldición que había mantenido a su familia en la oscuridad. Lo segundo y no menos importante, era la certeza inquebrantable de que su devoción por Neji era correspondida con igual intensidad, y que su vínculo se había fortalecido más que nunca. Por primera vez en lo que le pareció una eternidad, una ola de felicidad pura y sin mezcla la inundó mientras admiraba su protector de frente. Bajo los rayos dorados del nuevo amanecer, el símbolo tallado de la Hoja Oculta brillaba con absoluta claridad.

Ya no era una princesa.

Debido a la abrumadora generosidad de Nouhime, cargaban con mucho más equipaje del que cualquier unidad estándar de shinobi toleraría jamás, lo que los obligó a viajar haciéndose pasar por turistas adinerados. Afortunadamente, el capitán les aseguró que echarían el ancla en un puerto especializado donde podrían conseguir fácilmente una caravana privada para transportar su excesivo botín, lo que le permitió olvidarse por completo de ese dolor de cabeza logístico.

Cuando estuvieron en la seguridad del lujoso barco privado que los llevaría hacia el País del Fuego, Sasuke les pidió que dispusieran de sus regalos como quisieran, no los necesitaba pues su intensión al tocar tierra era continuar con su viaje y seguir directo al norte de la nación. Solo tomaría para sí una parte del dinero para poder andar con un poco de tranquilidad durante un tiempo, el resto era suyo para hacer con el como gustasen.

Aquella revelación no le pareció nada inesperada, Sasuke siempre le había parecido un personaje algo misterioso; después de algunos años de saber su historia se dio cuenta que definitivamente era algo extraño, enigmático, demasiado solitario y un poco incomprendido. Es aceptable puesto que el trauma de haber perdido a toda su gente tenía que pasarle factura y todo lo que había acontecido después había contribuido en gran manera a que se transformara en un errante; de todos modos ya estaba acostumbrado a hacer todas las cosas a su manera; aún así, una parte de ella esperaba que sintiera que tenía un hogar al cual regresar, al menos de vez en cuando.

Ahora ella podía entenderlo mejor, después de todo lo que le había pasado, después de los recuerdos que había perdido y luego recuperado comprendió lo que es convertirse en una errante luego de ver como desaparecen todos los seres que había amado. El amargo contraste, sin embargo, era que ella había logrado recuperar a su hermana. Sasuke estaba completamente solo; la devastadora realidad era que su linaje nunca podría restaurarse. Ella no lo insultaba con lástima, pero respetaba profundamente su renuencia a arraigarse en una aldea que solo servía como monumento a todo lo que había perdido. Quizás era simplemente demasiado pronto para que él viera a la Hoja Oculta como un santuario.

Ella había pensado en regresar a las montañas que habían sido su hogar hace tantos años, pero le faltaba el valor para enfrentar esas sombras una vez más. Esa aversión inquietante, el terror de enfrentarse a un cementerio de recuerdos, era el único territorio silencioso que compartía por completo con él.

...

Tras días interminables de navegar por mar abierto, el crepúsculo se extendía sobre el océano cuando el grito de un marinero rompió la monotonía, anunciando que por fin llegarían a tierra firme por la mañana. A lo largo del viaje, Muneshige había mantenido una distancia deliberada. Solitario y retraído, pasaba la mayor parte del tiempo encerrado en su camarote, sumergido en la lectura en lugar de soportar el roce de la socialización. Era su derecho, por supuesto, aunque Tenten pensó para sí misma que tendría que derribar esos muros si albergaba alguna esperanza genuina de reconstruir su relación fracturada con su hermana.

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