Capítulo 9. "El Después".

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¡Qué dolor!

Debo tener como mínimo un gigantesco tubo de hierro atravesándome la cabeza de extremo a extremo. La mezcla entre dolor y sueño, me impide moverme e incluso pensar.

Me duele pensar... me duele respirar... y también me duele tratar de abrir los ojos. De hecho, lo intento... mientras voy recuperando la conciencia, procuro abrir los ojos, pero nada cambia... La oscuridad de mi paisaje no es sustituida por la luz que debería invadirme.

Todo está negro... El pulso comienza a acelerarse mientras el terror me invade...

No...no veo absolutamente nada.

Sintiendo como si un pedazo enorme de plomo estuviera aplastándome la mano, intento cuidadosamente levantarla para llevarla hacia mi cabeza, con la absurda intención de que algún poder táctil me calme el dolor o por lo menos me haga dejar de sentir cada latido de mi corazón en las sienes, como punzadas asesinas.

Debería notar en el acto el contacto con mi piel, pero no lo hago... lo que parece ser algo de tela se interpone entre la piel de mi mano y la de mi rostro. Aunque aún no sé a cuál de las dos pertenece...

Comienzo a palpar y no puedo evitar tampoco emitir unos ligeros gemidos, mientras mis dedos recorren la superficie de mi cabeza. La tela está por todas partes... me cubre los ojos, parte de la nariz... Ahora entiendo por qué no puedo abrirlos, por qué todo está oscuro.

Vuelvo a gemir, ésta vez más fuerte...tengo sed... mis labios se separan con dificultad, mis movimientos aumentan su velocidad a causa del nerviosismo, quiero quitarme lo que sea que esté cubriéndome la cara, quiero poder hablar, quiero beber agua y quiero saber dónde demonios estoy... 

Cuando más comienzo a inquietarme, a tratar de mover mi cuerpo, sintiendo dolor en cada uno de mis músculos y ejerzo fuerza en algún lugar de mi interior para que las cuerdas vocales me vuelvan a funcionar, algo agarra mi mano con delicadeza, apartándola de mi propio rostro...

El tacto de su piel, la ternura de su movimiento, el calor que emana y me transmite, consigue que comience a sumirme en un extraño estado de calma... Los latidos de mi corazón pierden ritmo empezando a normalizarse, mi respiración disminuye... Es ella... es Amelia... Pero tal y como había temido, no puedo verla y eso me encoje el corazón de sobremanera.

Continúa agarrando mi mano y la posa de nuevo sobre la cama, entrelazando nuestros dedos. Suspiro, porque el hecho de no ser capaz de mirara a los ojos me provoca unas terribles ganas de llorar, pero acaricia mi mejilla con la misma dulzura con la que sigue agarrando mi mano y eso me hace olvidarlo absolutamente todo.

Sus dedos se deslizan por mi rostro...

-Bienvenida... -Susurra.

En un principio me sobresalto. No esperaba escucharla hablar todavía y no sé si yo seré capaz de responderle.

-¿P...por qué... no puedo...verte? -Pregunto con dificultad.

-Tienes una venda cubriéndote la mitad superior del rostro. El doctor dijo que es importante que no te llegue ni un rayo de luz en los próximos días.

-¿Po...por qué?

-Por la operación -aclaró. -Ahora mismo estás en el post operatorio.

Me tomo unos segundos para respirar, para pensar, para agarrar fuerza... y vuelvo a la carga.

-Cre... creía que la pesadilla iba a terminar en cuanto saliera del quirófano... y ahora resulta que tengo que seguir esperando, para saber si me quedé ciega o no.

Se hizo un corto silencio hasta que ella volvió a hablar.

-Agradece que al menos has pasado gran parte de la espera durmiendo. Créeme que es más desesperante estar sentada esperando que despiertes, llena de incertidumbre.

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