Capítulo 1

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La tía abuela Petronilla debía tener como mil años. El cabello de un blanco puro era tan rizado que rodeaba su rostro como un halo dándole una apariencia descuidada, casi enloquecida. Sus ojos azules, que nunca podían enfocarse en un solo punto por más de un par de segundos tampoco hacían nada para combatir la imagen de anciana extravagante que la seguía a donde quiera que iba. Principalmente si este lugar era el lugar más mortalmente normal de toda Gran Bretaña.
Yo había nacido en una pequeña casa de la calle Mainsfield en Southampton una ciudad al sur de Inglaterra donde el color verde y el aire puro no negaban su clase y reconocimiento. Mi padre, doctor en letras, también había nacido allí por lo que era extraño que su tía (hermana de la abuela Gresilda) nacida y criada en un pequeño pueblo perdido de Escocia se apareciera con toda su extravagante presencia en la puerta de casa y anunciara sobriamente que me llevaría a pasar las vacaciones con ella y su gato al pueblo donde vivía que tenía un nombre impronunciable.
Su mera presencia había sido un impacto en nuestra casa de tan arraigadas costumbres. El sonido del irritante timbre de la puerta había apartado a todos de sus quehaceres, poco acostumbrados como estábamos a recibir visitas si estas no eran la abuela Gresilda y el abuelo Tom y la tía (hermana de mamá) Annette. Los primeros hacía tres días que se habían marchado de vacaciones a un crucero en el Mediterráneo y la segunda solo aparecía luego de avisar de su visita y recibir confirmación. Tal era su común entre las personas de su clase, siempre repetía ella desde que se casó con un odioso barón irlandés.
Papá apartó la mirada, aunque reticente, de un viejo libro de filosofía que había empezado a leer el día anterior parpadeando como un gran búho como si no pudiera creerlo y la interrupción solo fuera un hecho creado por su imaginación. Mamá asomó su cabeza por la puerta de la cocina y miró a cada uno de nosotros como si fuésemos los culpables de un crimen. Una mancha blanca de harina en la punta de su nariz casi me hizo sonreír. Los mellizos Tansy y Tommy, mis fastidiosos hermanos menores, detuvieron su competencia de pellizcos para observar entre sus rebeldes rizos dorados hacia la puerta por la que sin duda aparecería “Ruar” el duende de los castigos que yo misma había inventado para que no se metieran más en mi habitación. Por mi parte detuve la contemplación de un lienzo en blanco y el “irritante sonido” como mamá llamaba a mi manía de golpear la mesa con el pincel cuando estaba pensando en algo.
Papá cerró el libro y suspiró con pesadez dirigiéndose a la puerta. El arrastrar de sus pies decía más de sus verdaderos sentimientos que su rostro. Cuando estaba enfadada con él (que últimamente sucedía mucho) en mi fuero interno llamaba a esa expresión sin expresión “cara-de-tabla”. Entonces abrió la puerta:
— ¡Oh Ronnie, querido! Qué guapo que estás. — dijo en ese entonces la anciana desconocida abrazando a papá que tenía los ojos abiertos a más no poder de asombro. — Aunque por aquí te notó algunas canas. Estos chicos traviesos no deben estar poniéndotelo fácil. Aún así estas mucho más guapo que ese viejo arrugado de Tom.
« — ¡Querida! Tu debes de ser Alice. Hace mucho que no te veo. — depositó par de besos en las mejillas de mi madre. Luego se alejó y entrecerró sus ojos como quien encuentra algo que no entiende. — Sí, sí. Muy guapa, aunque noto unas pocas patas de gallo. — la expresión escandalizada de mamá me hizo sonreír. Viéndola, la anciana dio par de palmaditas calmantes a mi madre. — No te preocupes cariño. Tengo la solución adecuada esperando en mi bolso.
« — Y ustedes deben ser los gemelos Tamra y Tony. — le dio par de pellizcos en las regordetas mejillas. Los mellizos, a la par, se miraron e hicieron muecas idénticas. La risa burbujeaba en mi garganta y estuve a punto de dejarla salir sino era porque el terrible huracán que había entrado en nuestra casa se dirigía hacia mí en esos momentos.
— Recuerdo muy bien esos ojos. — dijo la anciana sonriendo con dulzura. Le devolví la sonrisa todo lo animada que pude. Ella no tenía que saber que yo no tenía idea de quien era ella. — No te he visto desde que tenía dos años Eden pequeña. ¡Ven, dale un abrazo a tu tía abuela!
Y me rodeó con sus brazos apretándome contra el pequeño y regordete cuerpo. Sus brazos eran como una prensa a mi alrededor, casi dejándome sin respiración. Miré sobre su hombro a mi familia que se encontraba tan impactada como yo y finalmente le devolví el abrazo suavemente. Extrañamente, el olor que desprendía su cuerpo era una mezcla de talco de bebé y hierbas aromáticas que me pareció muy calmante.

Eden Dering y el niño cambiado Donde viven las historias. Descúbrelo ahora