Deseos de cosas imposibles

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                                                                               IV

      Por más horas que pasaba en aquel estudio Raquel no lograba avanzar ni una sola palabra en el primer borrador que pretendía entregar a Eduardo ese mismo lunes. Tenía la mesa llena de recortes de periódico, fotos de Guille extraídas de su álbum privado, tacos enteros de información acerca de su enfermedad y de los efectos de la medicación que tenía prescrita… pero nada de todo aquello parecía valerle de gran cosa. No podía escribir ni una sola frase que fuera distinta a lo que ya habían escrito el resto de medios acerca de aquel cruel asesinato. No tenía nada nuevo que añadir a lo que ya se había comentado hasta la saciedad en los mentideros de la ciudad y lo que es peor: no podía siquiera dejar caer la mera sospecha de que algo no cuadraba en aquella historia, sencillamente porque no poseía ni la más mínima prueba que le sirviera de base para ello.  Si escribía acerca de la supuesta limitación de Guille para violar y asesinar a Sonia Cuetos, el doctor Luengo no tardaría en aparecer en los medios con sus rocambolescos test para tirar por la borda todo lo que ella hubiera publicado. Y obviamente, dinamitar el poco prestigio que le quedaba a Norte express no se lo perdonarían jamás.

                Recordaba su tiempo de reportera todo terreno. En aquellos años, cuando los kioskos de la ciudad veían tambalear sus cimientos ante las exclusivas que firmaba en Norte Express, Raquel trabajaba siempre a partir de un indicio, una prueba menor o un pequeño detalle que llamaba la atención por su peculiaridad. Aquel primer grano de arena llegaba casi siempre de casualidad. Después lograba el testimonio de algún afectado,  la petición de información de algún enchufe que anduviera por los despachos que a ella le interesaban…  y en algunos casos incluso la toma no del todo legítima de determinada documentación supuestamente confidencial para analizarla en profundidad. De esa manera logró la dimisión del concejal de urbanismo de la ciudad y todo su equipo al destapar varias recalificaciones ilegales de unos terrenos en el barrio de Lakua que, curiosamente, pertenecían al dueño de una empresa donde el dichoso concejal había invertido una importante suma de dinero para recapitalizarla. También tuvo al alcalde pendiendo de un hilo cuando logró demostrar que los concursos públicos para la gestión de los centros de día para mayores, estaban adaptados para que sólo pudiera ganar la empresa en la que trabajaba su hermano y en la cual ascendió a un puesto directivo de la noche a la mañana.  Sin embargo todas aquellas historias habían llegado a ella como quien no quiere la cosa. Una denuncia anónima,  un documento que se escapa de las manos de quien no debe, un cuchicheo en la cafetería del ayuntamiento… nada que ver con lo que tenía ante sus ojos. Esta vez la noticia ya estaba en boca de todos,  y ella tenía la firme intuición pero sólo la intuición de que algo olía a podrido en todo aquello.

        Logró hacer un vacio resumen de los hecho objetivos durante la noche del sábado y lo mandó a Eduardo a través de email,  más como forma de cubrir de alguna manera aquella obligación que le habían encomendado que por tener la sensación de haber hecho un buen trabajo. Eran las 4 de la madrugada cuando apagó el ordenador. Se acostó e hizo un vano esfuerzo por intentar conciliar el sueño. El día siguiente antes de recoger a su hermana quería dedicárselo a ella misma, aun sabiendo que la efervescencia de sus pensamientos le impedirían disfrutar de nada... una vez más. 

*             *             *            

           Teodoro Ibáñez no llevaba bien los cambios ni los sobresaltos. Pese a ello, parecía condenado a vivir cada momento de su vida personal y sobre todo profesional como si no hubiera un mañana. En sólo cuatro años había conocido prácticamente todos los puestos habidos y por haber en la delegación central del servicio vasco de salud dentro de la denominada “Comarca Araba”.  Subdirector económico financiero, jefe de personal, coordinador de unidades básicas comarcales,  supervisor interno de políticas de calidad…  en resumen, conocía al dedillo la compleja “Tela de araña” de Osakidetza  en toda la provincia de Álava, exceptuando la cuadrilla de Ayala que por estar mucho más próximo a Bilbao se gestionaba desde la provincia vecina. Curiosamente todos esos cambios que tanto odiaba, le había sido de gran ayuda para conocer no solo las potencialidades de aquella enorme empresa pública, sino también y sobre todo los agujeros por donde poder meter sus ponzoñosas zarpas.

Nubes de gominolaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora