Capítulo 4: La Sombra del Tigre Blanco

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Apareció de la nada. Guapo, peligroso, y con muy malas noticias.

Juré que regresaría a mis sesiones de terapia

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Juré que regresaría a mis sesiones de terapia. Era imposible que una persona tuviera tan mala suerte como yo. El pálpito que aceleró mi corazón no era más que el presagio del caos total que había llegado para instalarse en mi vida, y concretamente, en mi casa.

Mi abuela, Leticia Altagracia Martínez Hidalgo, fue una revolucionaria. Logró estudiar Finanzas cuando a las mujeres solo les esperaban los quehaceres, fundó el primer comité feminista de la universidad. Más tarde abrió la primera tienda de empeño, crió sola a mi papá y luego a mi hermano Tito y a mí. La describen como amorosa, dura, amante del dinero e indomable. Y tienen razón.

Y ahora, yo, su nieta, temblaba como una hoja subiendo las escaleras al tercer piso. Oí la discusión que salía de mi habitación y el miedo me heló la sangre.

—¿Por qué anda desnudo en el dormitorio de mi nieta?

—Ella me trajo hasta aquí.

—¡¿Cómo se atreve?! —gritó la voz de mi abuela, filosa como un cuchillo.

—¡Le estoy diciendo la verdad! —era la voz de Ryo, sonaba desesperada—.

Estuvimos juntos hace un rato...

Mi abuela ahogó un grito.

—¡Sinvergüenza! —bufó.

Respiré hondo, como si fuera a zambullirme en aguas profundas, y abrí la puerta.
La escena era tan surrealista que por un segundo pensé que aún estaba soñando. Mi abuela, plantada en el centro de la habitación con una escoba en alto, y Ryo, completamente desnudo, esquivando los golpes con una agilidad que no parecía humana.

—¿Se puede saber qué significa esto, Scarlett? —Mi abuela se giró hacia mí. Su mirada podría haber derretido acero—. ¿Es así como quieres que sepa que tienes novio?

—Abuela, no es lo que piensa —logré balbucear, sintiendo cómo la vergüenza me trepaba por el cuello hasta teñir mis mejillas de un rojo escarlata.

—Scarlett, a mí no me vengas con esas pendejadas —espetó, tomando aire con brusquedad. Su mirada se clavó de nuevo en Ryo—. ¿De dónde sacaste al nieto de Miyagi? —preguntó con una ceja arqueada, el escepticismo personificado.

—Mi nombre es Ryo, señora —aclaró él con una voz tan dulce y serena que contrastaba absurdamente con la situación.

—¡Cállese la boca! —exclamó mi abuela.

Mi mirada se posó en él entonces, una extraña sensación, caliente y inquietante, serpenteó dentro de mí cuando, sin querer, mis ojos bajaron al sur... Bienvenidos al sol naciente, pensé. Aparté la vista de inmediato, sintiendo que me ardía la cara. Tenía ese rostro de cachorrito tierno que inspiraba una confianza instantánea, pero contradicho por una complexión atlética, fibra pura.

Mi chico DopuHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora