Capítulo 6: Lazos que el Destino Teje

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Cuando el mundo se volvió loco, solo un lugar seguía haciendo sentido.

Me desperté con el corazón acelerado y una pesadez en los párpados que gritaba a los cuatro vientos que cinco horas de sueño no eran suficientes para procesar mi nueva realidad

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Me desperté con el corazón acelerado y una pesadez en los párpados que gritaba a los cuatro vientos que cinco horas de sueño no eran suficientes para procesar mi nueva realidad. El cerebro me palpitaba dentro del cráneo, empeñado en recordarme que ya nada era normal.

Abrí los ojos y un grito se ahogó en mi garganta.

A escasos centímetros de mi rostro, un par de ojos plateados me miraban con una curiosidad intensa y animal. Ryo estaba arrodillado al lado de mi cama, inclinado sobre mí, tan quieto que parecía una estatua. La tenue luz del amanecer filtraba por la ventana, iluminando su perfil y haciendo que su piel pareciera de porcelana bajo la cual latía algo completamente ajeno. Su cabello lacio caía como una cortina de seda oscura, enmarcando una expresión que no era de este mundo.

—¿Qué... qué haces? —logré balbucear, retrocediendo instintivamente contra la almohada y tirando de las sábanas hasta la barbilla. Mi corazón martilleaba contra mis costillas, mezclando el susto con un calor incómodo que me subió por el cuello y me tiñó las mejillas.

—Tu respiración cambió —dijo él, como si fuera la explicación más lógica del mundo—. Se volvió más rápida y superficial. Pensé que podías estar teniendo una pesadilla.

—Pues sí, la estoy teniendo ahora mismo —repliqué, mi voz aún temblorosa por el susto—. ¿Podrías... alejarte? Por favor. Demasiado cerca. Demasiado... personal.

Él parpadeó, como si la noción de "espacio personal" fuera un concepto nuevo y fascinante. No pareció ofenderse, pero una sombra de confusión cruzó su rostro. Se incorporó lentamente, alejando su presencia abrumadora, y por un instante, vi en sus ojos un destello de algo que pudo ser decepción. O tal vez solo era mi propia proyección.

—Lo siento. No era mi intención invadir —murmuró, y de nuevo, esa vulnerabilidad cruda en sus ojos me desarmó un poco. A veces se comportaba como un niño perdido. Era desconcertante. Peligrosamente humano.

—Está bien. Solo... toca la puerta la próxima vez. O, mejor aún, no entres —dije, pasándome una mano por el rostro. Necesitaba distancia. Ya. Necesitaba paredes, cerrojos y un continente de por medio.

Me encerré en el baño con la firme intención de recobrar algún atisbo de cordura. Me apoyé en la puerta cerrada, respirando hondo. El aire olía a limpio, a jabón de glicerina, a normalidad. ¿Cómo se suponía que iba a procesar todo esto? Mis alucinaciones siempre habían sido mi cruz, pero al menos sabía que eran solo mías. Esto... esto era real y compartido. Y eso era mil veces peor.

La ducha caliente ayudó a relajar mis músculos tensos, pero no mis pensamientos, que giraban en una noria sin fin de preguntas sin respuesta.

—Okay, Scarlett, respira —me dije a mí misma, enfocándome en lo mundano, en lo tangible—. Hoy no tienes clase. Y el domingo... el domingo tienes ese partido de baloncesto con Máximo.

Mi chico DopuHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora