Scarlett odia las drogas y una planta de marihuana acaba de hablarle. No, ella no está drogada. El culpable es un dios japonés... del que podría terminar enamorándose.
Scarlett juró nunca tocar nada que alterara su mente. Ahora, esa misma planta es...
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
Desperté con un dolor de cabeza insoportable y una náusea asfixiante que me golpeaba las costillas. Deseé llorar de frustración. Me senté, aún con los párpados cerrados, y pasé una mano por mi pelo despeinado con la esperanza de que así desapareciera la bruma de mi mente.
Cuando decidí abrir los ojos, me encontré en una cueva. El suelo era de ceniza y fuego. Fruncí el ceño, ¿hacia dónde nos había enviado Asumi?, me pregunté preocupada. Un aire seco circulaba y levantó polvo, llegó hasta mis pulmones, y usé el codo para toser.
— ¿Te encuentras bien?
Miré hacia abajo, aún un poco abrumada, y me aparté de inmediato cuando me percaté de que estaba encima de Ryo, me aparté a duras penas. Comencé a escuchar lamentos y llantos altos de dolor que resonaban en el aire. En un instante, empecé a temblar y a retroceder hasta que mi espalda chocó contra una pared de roca. Percibí que algo se movía sobre mi mano, y al darme cuenta de que era una araña, pronuncié un grito.
—Tranquila —dijo Ryo, acercándose a mí y dándome un abrazo, agarrándome por la cintura.
Alcé la mirada; unas enormes lágrimas se derramaron de mis ojos.
— ¿Qué diablos es este lugar? —pregunté asustada.
El aire que respirábamos era veneno. Sentía los pulmones llenos de humo, pero lo peor era el eco de los gritos y las súplicas que retumbaban en mis oídos.
— ¡Ay, dios mío, pero qué desgracia!
Ambos miramos a nuestro alrededor tratando de encontrar a Héctor, quien se acercó a nosotros saltando. Sufrí varios micros infartos en menos de un segundo.
— ¿Dónde está tu cuerpo? —pregunté con un hilo de voz.
—Pues no lo sé, me desperté así, convertido en uno de los ayudantes de Yubaja —Tomó aire y nos miró molesto—. ¿Por qué a ustedes no les pasó nada?
—No lo sabemos —respondió Ryo.
— ¡Genial, ahora soy uno de los Kashira! —exclamó Héctor de malas.
Héctor hacía alusión a esos personajes cabezas de la película "El viaje de Chihiro", los ayudantes de la bruja Yubaba.
Mis pies se movieron de forma automática; me empezaron a doler las tripas. Un calambre me obligó a doblarme por la cintura y a abrazarme el vientre. No sabía qué hacer. Solo podía pensar en lo horrible que era todo. Héctor y Ryo gesticulaban frente a mi cara mientras yo seguía sin entender.
—Quiero irme de este lugar —supliqué.
—Scarlett —dijo Ryo con voz suave y serena mientras caminaba hacia mí.
— ¡No te me acerques! —le advertí al borde de un ataque de nervios—. Todo esto es tu culpa. ¡Quiero volver a mi casa y que te largues! —Gimoteé, ocultando mi rostro entre mis manos. Ni siquiera podía intentar usar mis manos incendiarias; el pánico las tenía paralizadas, tan inútiles como el resto de mí.