Capítulo 36: Un sacrificio a los ocho inmortales

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Todo termina donde comenzó, pero la chica de antes ya no existe

Todo termina donde comenzó, pero la chica de antes ya no existe

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Ryo/Akio

Un rugido bestial se cortó de golpe cuando mi rayo le atravesó el pecho. El Oni se desplomó de rodillas, su grito de dolor un eco satisfactorio en los túneles fétidos del Yomi. No importaba que fueran los yokai más fuertes y violentos. Nada me detendría. Nada hasta llegar a Narumi.

Avancé por un túnel infestado de arañas blancas y escorpiones cuyo tamaño me llegaba a la rodilla. Y allí, colgado de unas cadenas grotescas, estaba Asumi. Mi mentor. Mi amigo. La furia me nubló la visión por un segundo. Con un movimiento rápido, mi alabarda cortó los eslabones como si fueran de cristal.

—¡Asumi! —grité, pero mi pregunta se ahogó.

Una ráfaga de viento, afilada como una cuchilla, me golpeó en el costado. Me giré, adoptando una posición defensiva. En la oscuridad, entre las sombras, una silueta se movía. Un Tengu. Sus ojos brillaban con malicia. Disparé un rayo instintivamente que impactó en la pared, dejando un cráter humeante. Fue una distracción. Lo sentí demasiado tarde. Un dolor agudo me recorrió la espalda; sus garras me habían alcanzado.

—¡Maldita sea! —escupe, sintiendo la sangre caliente empapar mi ropa.

Me moví en semicírculo, esquivando otro ataque. El acero de mi alabarda resonaba contra sus garras con un chirrido metálico que espantaba a las arañas. El Tengu intentó embestirme, pero una patada certera en su rodilla lo hizo retroceder con un chasquido desagradable.

—¡Ryo, deja de jugar! —gritó Asumi, exasperado desde el suelo.

Una sonrisa se dibujó en mis labios. Moví el arma de una mano a otra, sintiendo la adrenalina correr por mis venas.

—Es mejor hacer esto que estar colgado como un jamón —le respondí, sin apartar la vista del Tengu—. Además, déjame informarte que acabo de recuperar mis recuerdos. Todo. Así que deja de llamarme por mi segundo nombre.

El Tengu cargó de nuevo, con todas sus fuerzas. Esta vez, estaba listo. Mi alabarda se cargó de relámpagos, iluminando la celda con destellos azules. El choque de nuestras armas generó una onda de poder que hizo temblar las paredes. Fue suficiente. Con un movimiento rápido y limpio, le corté la cabeza. Su cuerpo se desvaneció en polvo oscuro.

—Excelente acción, amo Akio, pero permítame corregirle... —empezó Asumi, incorporándose con dificultad.

—¡Por todos los dioses, Asumi! ¿Cuándo dejarás de criticar lo que hago? —me quejé, ofreciéndole una mano para levantarse.

—Cuando lo haga como se debe —replicó él, con su tono seco de siempre, pero agarró mi mano con fuerza.

—¿Por qué permitiste que te hicieran esto? —pregunté, examinando las marcas de las cadenas en sus muñecas—. No me digas que tu estadía en la tierra te ha hecho experimentar con esas cosas de dominación sexual.

Mi chico DopuHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora