Capítulo 5: Pintura, Tornillos y Un Hombre Demasiado Perfecto

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Nadie me dijo que ser especial vendría con tantas instrucciones aburridas.

Nadie me dijo que ser especial vendría con tantas instrucciones aburridas

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La paz no era una opción en la casa de Leticia Martínez. Menos ahora que teníamos dos inquilinos sobrenaturales que habían revolucionado la dinámica familiar. O, para ser más exacta, la dinámica de servidumbre forzada a la que yo había sido condenada.

Mi abuela, la misma que me crió con mano de hierro, se había convertido en la groupie número uno de Byakko. Le servía el café antes que, a nadie, le guardaba los mejores trozos de carne en la cena y le sonreía con una dulzura que jamás en mi vida le había visto. Hasta le había regalado el control remoto de la televisión.

—Pero abuela, ¡si ni siquiera ve telenovelas! —protesté una mañana, viendo cómo le ofrecía un platillo de frutas cortadas en forma de flor.

—Scarlett, este hombre paga veinte mil pesos mensuales y no se queja del arroz recalentao. Merece un trato de rey —declaró, como si fuera la ley universal más obvia—. Además, tiene modales. Algo que, a ti, señorita, te faltan.

Apreté los puños. Byakko, sentado a la mesa con la elegancia de un emperador, me dedicó una leve inclinación de cabeza, una esquinita de la boca levantada en una sonrisa que solo yo podía identificar como burlona. Aquel maldito gato blanco sabía exactamente el efecto que tenía en mi abuela.

Y luego estaba Ryo.

Ryo, que desayunaba en silencio, con una concentración conmovedora en cada grano de arroz. Ryo, que siempre, siempre, dejaba el baño impecable después de usarlo, como pidiendo disculpas por existir. Ryo, cuya mera presencia hacía que el aire en la habitación se volviera espeso y eléctrico, y que yo, por extensión, actuara como si tuviera dos pies izquierdos y la coordinación de un cachorro borracho.

El clímax de mi incomodidad llegó con el baño. La tubería que Ryo había reventado en su torpe intento de ayudar necesitaba reparación urgente. Y, por supuesto, la sirvienta (o sea, yo) tenía que encargarse de comprar los materiales.

—Toma —mi abuela me entregó una lista escrita con su letra firme y un fajo de billetes—. Compra todo esto en la ferretería de la esquina. Y lleva a Ryo contigo.

Casi dejo caer el dinero.

—¿Perdón?

—El chico es fuerte. Para que cargue las cosas —dijo, como si fuera la lógica en persona—. Además, no puede quedarse encerrado todo el día. Parece un perrito abandonado.

—Abuela, no creo que sea...

—¡No es opcional, Scarlett! —cortó, señalando la puerta con el cuchillo de untar mantequilla—. Para que veas que soy generosa, le compras un helado y uno a ti tambien, el más barato. Pareces un limón seco.

Ryo, que había escuchado todo, se puso de pie de inmediato, como un soldado obediente. Asintió hacia mi abuela con un respeto que me exasperó. ¿Qué le había hecho? ¿Hipnotizarla a todos?

Mi chico DopuHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora