Una persecución eterna, enemigos de toda la vida, pero, ¿Realmente era así?
Tom siempre ha intentado atrapar a Jerry, fracasando en la mayor parte de sus intentos.
¿Qué se puede esperar de un ratón astuto y un gato desesperado por atraparlo?
Bueno...
[Encontré esta joyita recientemente y vaya que me dio muuucha inspiración para seguir con la historia, así que, agradezcan a la chica que realizó la animación y al grupo del doblaje uwu, sin más, los dejo leer.]
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La curiosidad es algo natural en cualquier animal; basta con ver a un gatito jugando con un láser, buscando atraparlo para inspeccionarlo a detalle; o a un cachorro que ve por primera vez el océano, se acerca hasta la orilla, olfateando el entorno y, por ende, queriendo averiguar más de él, pero cuando ve una ola aproximarse a su posición rápidamente retrocede, temeroso de salir herido.
Cuando el can descubre, por medio de la exploración, que aquello nuevo no representa ningún peligro para él es cuando se da el lujo de andar libremente, acercándose sin temer por su seguridad. O por el contrario, cuando descubre que ésto sí que podría dañarlo, se aleja. Tal vez le mira de lejos, queriendo probar de nuevo pero con temor de lastimarse.
¿Esto podría aplicarse con los sentimientos? Específicamente, ¿Con uno tan complejo que ni los humanos entienden?
Claro, no hablamos de animales cualquieras en este caso, sino de un ratoncito café con curiosidad de lo que sucedía en él.
Y si lo descubría, ¿Podría al fin estar tranquilo? Aquello era como si una pequeña semilla que la naturaleza se había encargado de dejar en él estuviera floreciendo, con más fuerza cada vez y comenzaba a ser difícil de controlar.
Se había metido ya en varios líos por eso; y por ende aquel gato gris había tenido que acudir en su rescate. Era vergonzoso tener que aceptar que sentía algo por él, pero era incluso más humillante saber que dependía de su depredador para sobrevivir en aquel edificio.
En su vida se imaginó teniendo que correr hacía él para poder salvarse de algo incluso peor, Tom había sido su enemigo durante años, no era algo natural. No podía depender de él, no debía hacerlo. Para su desgracia, ese tipo de cuestiones estaban fuera de su alcance.
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Tom, por otro lado, se sentía un tanto abrumado por lo sucedido en las últimas semanas. Había estado ayudando al ratón después de años tratando de comérselo; ¿Por qué? Ni él lo sabía.
Era una extraña sensación que lo impulsa a evitar que algo le pasase; tan sólo pensar en eso le ponía los pelos de punta. Maldecía el momento en que eso empezó pero ni siquiera sabía cuando había sido, simplemente se dio cuenta cuando ya era muy tarde. O tal vez ya lo había notado, pero había preferido ignorarlo.
Había preferido fingir no saber nada y seguir con su vida, como si aquello fuese posible. Ahora, por su mala costumbre de aplazar las cosas, se encontraba en una encrucijada de la que no podía salir, al menos no solo.
Odiaba admitirlo, pero necesitaba al pequeño ratoncito. ¿Para qué? No lo sabía, pero lo presentía.
¿Debía hacer algo al respecto?
No.. No lo haría.
No podía arriesgarse al fracaso que seguramente terminaría protagonizando, prefería no tener que avergonzarse a sí mismo de una forma tan estúpida.
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Estaba asustado, el latido de su corazón retumbaba en sus oídos, como si hubiera desaparecido de su pecho y ahora estuviera entre sus tímpanos.
Cada uno de sus músculos se negaban a moverse, a hacer algo para escapar de ahí; al contrario de su instinto natural, que le decía que debía huir lo antes posible si quería mantenerse con vida.
Ese sentimiento de antaño y que había tratado de olvidar para sus persecuciones con el gato gris ahora volvía, invadiéndolo de la peor manera en el peor momento posible.
No estaba frente a los típicos ojos verdes del minino grisáceo, no. Tenía frente unos extraños ojos amarillos que no lo miraban con, ni siquiera, una mínima pizca de empatía.
Parecía ser que su cerebro lo había abandonado, otra vez, dejándolo a su suerte. No podía pensar claramente en alguna manera de combatir ese gato. Además de que era más astuto y ágil de lo que había pensado. Más que Tom al menos.
En un inicio había tratado las típicas jugarretas que hacía al oji-jade, pero ninguna había dado resultado. Sólo le quedaba correr y ni eso podía hacer.
Estaba atrapado.
Sería el almuerzo del gato de extraños colores. O algo incluso peor, con tan sólo ver sus ojos podía saber que no le concedería el lujo de una muerte rápida.
Ya no podía esperar un milagro ni que alguien lo salvase ésta vez; dependía completamente de él mismo y la astucia que tantas veces lo había salvado, pero que ahora parecía no querer responder. Sólo le quedaba rogar porque el minino tuviera piedad a la hora de masticarlo. Respiró profundo, tratando de tranquilizarse un poco y que así pudiese, por lo menos, intentar una última vez.
Miró con cautela al felino, viendo que se preparaba ya para atacar, se acercaba despacio a él, como si estuviera jugando. No era más que eso para el gato; un juego.
Por un momento dejó de escuchar a su sentido común gracias a la idea que se le había ocurrido.
Podía no funcionar y simplemente estarse lanzando directo a su muerte, o podía ser un completo éxito y salvar su vida.
A este punto prefería intentar y fracasar a que simplemente rendirse. Valdría la pena intentar, tal vez.
Cuando el gato se lanzó en su contra se escabulló debajo de él y alcanzó a sujetarse de su cola. Nunca había hecho algo similar y estaba muriendo de nervios.
El gato trató de alcanzar su cola para poder tomar también al roedor, pero no lo lograba.
Se aferró con fuerza al pelaje bicolor del felino, comenzando a subir por su espalda tratando de llegar a su cabeza. El movimiento irregular que el minino realizaba para bajarlo de encima suyo le complicaba la tarea, pero no le dejaría fácil el comérselo.
Se sujetó del cuello del gato al no poder llegar más arriba. El felino trató incluso restregarse en la pared para que lo soltara.
Un movimiento en falso bastó para que resbalara y cayera al suelo. Un error de milésimas de segundo que, posiblemente, podría costarle la vida.
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