El sol golpea mis lentes, creando un destello que me obliga a entornar los ojos. Aprieto el mango del paraguas mientras observo, a una distancia prudente, al grupo de personas que fingen un dolor que no sienten. El ataúd de mi hermana desciende con una delicadeza casi insultante, desapareciendo en la oscuridad del foso donde permanecerá por la eternidad.
Busco una mirada específica entre la multitud. Me invade un deseo visceral de reírme al ver las lágrimas rodando por su rostro.
—Pura falsedad de mierda —susurro, mis nudillos blanqueando sobre el paraguas.
—Relájate, bombón.
La voz ronca de Samael a mis espaldas me arranca un suspiro de alivio. Siento su presencia protectora, el calor de su cuerpo filtrándose a través de mi ropa negra.
—Sus días están contados —me susurra al oído, su aliento rozando mi piel.
Miro de nuevo a los presentes y las ganas de torturarlos crecen como una marea negra. La mirada de Henry se posa sobre nosotros un instante. No me inmuto; la distancia es considerable y, si quiere verme la cara, tendrá que acercarse mucho más al abismo que estoy cavando para él.
—Vámonos —sentencio.
Caminamos hacia el auto. Samael abre la puerta del copiloto para mí y, antes de cerrar, murmuro para mis adentros:
—En unos días lo tendré frente a mí y el caos será su única realidad.
Al llegar a la mansión, subo las escaleras con la mente fija en mi habitación. La voz de la nana interrumpe mi ascenso.
—Señora Angelis.
—¿Cómo está Pierce? —pregunto sin detenerme, manteniendo la vista al frente.
—Se encuentra muy bien, está muy alegre estos días. Si gusta ir a verlo, sé que al bebé le alegrará verla.
—Después —respondo secamente al doblar el pasillo.
—Señora… el bebé es pequeño, necesita el afecto materno —insiste Nina con un tono que roza la súplica.
Me detengo un segundo, sintiendo el peso de sus palabras.
—Ahora mismo estoy ocupada. En cuanto tenga tiempo, iré, Nina.
Escucho su suspiro de decepción, pero lo ignoro. Lo único que me importa ahora es que cada engranaje de mi plan encaje a la perfección.
En mi habitación, me deshago de la ropa negra. Entro en la ducha y dejo que el agua caliente lave el olor a cementerio y la pesadez de estas últimas dos semanas. Desde la muerte de Ana, mi mundo se ha vuelto un caos mental. Por fuera soy de hielo, pero por dentro mi corazón se desgarra en silencio.
Flashback
El hospital era un hervidero de enfermeras entrando y saliendo. Yo solo podía aferrarme a la mano de Ana, sintiendo cómo su vida se le escapaba entre los dedos.
—Señora Collins, es momento de pujar —ordenó la doctora.
Mi hermana respiraba con dificultad, el sudor empapando su frente. Me apretó la mano con una fuerza desesperada.
—Lo haré —susurró.
—Recuerde que esto puede hacer que su corazón falle —advirtió la doctora con frialdad médica.
—No me importa —respondió Ana, mirándome a los ojos—. Salve a mi hijo.
El dolor la retorció en una contracción violenta.
—Vamos, Ana, una vez más —animó la doctora.
Con un último aliento de vida, Ana trajo a su hijo al mundo. El llanto del bebé llenó la sala. Sonreí, besando su frente empapada.
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ASTRID ©
RomanceHay un peligro latente en la mirada de Astrid Angelis, una belleza que embelesa tanto como advierte. Es una "chica mala" por diseño y una verdugo por elección. Se ha vuelto un ser fuera del alcance humano, una figura mística que domina su propio inf...
