¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
⋆⁺₊⋆ ☾ ⋆⁺₊⋆
Había pasado un tiempo desde que Edward Cullen se había salido de control gracias a algún tipo de estímulo externo y éste lo conseguía sobrepasar y exacerbar con éxito, a diferencia de otros vampiros.
Pero como una vez le había dicho su padre: es de humanos equivocarse (aunque no le dio alivio exactamente saber que eso fue una de las cosas que se quedaron de su humanidad).
No era un santo; al menos no por completo. Todo el mundo tenía un pasado oscuro, y algunos de estos eran menos claros que otros (en ambos sentidos).
Puede que él, como persona, biológicamente ya esté muerto, pero eso no significa que su presencia esté retirada del mundo; él tampoco estaba convencido de que aquella forma de existencia podría acercarse remotamente a cualquier otro sinónimo de esa palabra: vida.
Es obvio que siempre hubo tentaciones, más de las que puede contar, en las que no solamente pensó cómo sería y cómo se sentiría el dejar de reprimirse a sí mismo, dejar afuera al monstruo que le rasguñaba la garganta y lo molestaba sin parar con el ímpetu de matar y alimentarse, con las ansias carcomiendo por devastar y beber hasta saciarse, de seguir su instinto y dar rienda suelta a la caza, pero sobre todo, tenía la inminente necesidad de matar.
Provocaciones, muchas. Las hubo y las habrá, porque los vampiros tienen a su alrededor y a «su disposición», supuestamente (reconocidos incluso como un derecho universal en la realeza), a estos desafortunados seres humanos llamados cantantes; Afortunadamente podían contarse con los dedos de una mano, pero aún eran un peligro para sí mismos.
Rosalie, tan comedida y gentil como siempre, se refería a estos como una tragedia esperando a ocurrir.
Hubo infinidad de lecciones sobre ese capítulo, miles de pruebas, y absolutamente todas fueron falladas. Incluso Emmett no luchó contra el deseo irrefrenable por probar a dos de los suyos, y estos, obviamente, ya no existían más. Fue una tristeza adveniente en Carlisle, pero como siempre, se vio dispuesto a perdonar las faltas que había cometido uno de sus hijos como una especie de Jesucristo.