Capítulo 2

3.1K 128 3
                                        

Otra vez intentando ocultar lo mal que sentí al oír eso, quise cambiar de tema, y se me ocurrió lo más estúpido. Pregunté qué hora era. "Casi las dos" dijo, y después propuso que vayamos a dormir; acepté.

El rubio me indicó que me acostara en otro sofá que había en su cuarto y me alcanzó una frazada. Me saqué la ropa, quedándome sólo con el bóxer, para volver a probar a León, y en ese momento estuve seguro de que él nuevamente me miró. El inocente no se dio cuenta de que lo hice a propósito. Me recosté en el sillón, que era aún más cómodo que el de la sala y me tapé con la frazada. Enseguida cobré calor. Me sentía como un rey allí. Sin embargo, yo sólo soy el mendigo. León es el verdadero príncipe. Esos vagos pensamientos me hicieron reír levemente, por suerte el rubio no lo notó; él ya estaba en su cama, intentado dormir.

Desperté bruscamente inhalando una gran bocanada de aire que infló mi pecho y me senté por acto de instinto. Otra vez sentía las náuseas, los temblores, palpitaciones, sudor, sequedad y comezón en mi garganta. León continuaba durmiendo plácidamente, no podía molestarlo, pero me sentía muy mal. Sabía que necesitaba drogas. Ya había sufrido esos síntomas hacía algunas horas y sin embargo continuaba sin consumir nada. Abracé mis rodillas y traté de respirar más despacio, para que el chico no se despierte, pero aún así noté que se removió en su cama. Tomó su celular y encendió la pantalla para alumbrarme a mí, no sé por qué hizo eso, tal vez oyó mi agitada respiración.

- ¿Qué te pasa? - Me pregunto oyéndose preocupado. No respondí - Rama... ¡Rama! - Se levantó de la cama enseguida y se arrodilló junto a mí.


- Dejame. - Ordené tartamudeando a causa de los temblores.


- ¿Qué te pasa? ¿Te sentís bien? - Puso sus manos en mi rostro, no sé qué intentaba hacer, pero las alejé por simple reflejo de defensa, aunque dos segundos después me arrepentí. Lo necesitaba.


- Perdón. Me duele la cabeza. - Me disculpé para que no se ofenda.


- ¿Sólo eso? No te ves nada bien. - Continuaba insistiendo.


- León... - Lo miré a los ojos. Pensé que tal vez podría ayudarme, así que le confesé lo que me pasaba esperando que me entienda. - ¿Tenés drogas?


- ¡¿Qué?! - Preguntó en un grito. No, no se lo tomó bien.


- ¡Necesito drogas, León! Por favor. Las necesito. Si tenés, dámelas. -Respondí y rogué en el mismo tono de voz. Ya no podía contener las lágrimas que luchaban por escaparse.


- No... no tengo. Y de todas formas no te las daría. Te hacen mal. Mirá como estás. - ¡Qué estúpido! ¿No entiende?


- Tengo abstinencia. - Le aclaré mirándolo con algo de bronca. - En este momento las necesito, ¿entendés? Me siento muy mal. Si sólo estuvieras en mi piel... - No podía pronunciar una oración sin tartamudear al menos una palabra.


- Pero no las tengo. ¿Qué hago? - En ese momento me di cuenta de lo mal que lo estaba tratando. Es que yo estoy acostumbrado, pero evidentemente León no. Él no sabe nada sobre vivir en la calle y se nota que jamás probó ni siquiera un cigarrillo. Me sentí culpable.


- Acompañame a buscarlas. - Le pedí aún sabiendo que lo estaba poniendo en problemas, pero lo necesitaba.


- No... No podés salir así. - Claro... como si nunca hubiese dormido en la calle en este estado.


- Entonces andá vos, por favor. - Continué rogándole, ya sin aguantar el llanto. Me daba impotencia el sólo imaginar cómo me vería, como un pendejo manipulador. Jamás le había pedido nada a nadie de esa forma. Pero León es diferente. - Conseguilas. Aunque sea una dosis mínima. Pero la necesito.

Relato de un drogadictoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora