A la mañana siguiente, el sonido insistente de mi despertador me arrancó de un sueño inquieto. Abrí los ojos lentamente, con la sensación de no haber descansado en absoluto. Mi cuerpo se sentía pesado, tenso, como si hubiera pasado la noche en vela.
Entonces el recuerdo cayó sobre mí como un balde de agua helada:
el bosque,
los ojos rojos brillando en la oscuridad,
el rugido profundo que aún parecía vibrarme en los oídos…
y el dolor en mi pierna.
Me incorporé de golpe y destapé la pierna derecha, con el corazón latiendo desbocado.
Nada.
No había sangre.
No había heridas.
No había rastro alguno de las tres garras que la noche anterior me habían hecho gritar de dolor.
Me quedé mirándola varios segundos, inmóvil, como si de pronto mi cuerpo ya no me perteneciera. Fruncí el ceño, completamente confundida.
—Esto no tiene sentido… —murmuré.
Me levanté y fui directo al baño. Hice mi aseo casi en automático, sin prestarle atención a nada más. Mi mente seguía atrapada en la misma imagen una y otra vez. Cuando terminé, volví a revisar mi pierna frente al espejo, girándola, palpándola con cuidado, esperando sentir aunque fuera un leve ardor.
Seguía sin haber nada.
Ni siquiera una cicatriz.
Aun así, por pura precaución —o quizá por necesidad de convencerme de que no estaba loca— cambié el vendaje por uno nuevo.
Tal vez todo había sido producto del miedo.
Tal vez mi mente me había jugado una mala pasada.
Pero en el fondo… sabía que no.
Salí del baño y me cambié con cuidado, eligiendo un outfit cómodo para el primer día de clases. Dejé mi cabello suelto, con mis ondas naturales cayendo sobre mis hombros. No tenía energía ni ganas de arreglarme demasiado; mi cabeza estaba en otro lugar, atrapada entre dudas y silencios.
Al salir de mi cuarto, bajé las escaleras y me dirigí a la cocina. Mamá estaba terminando de preparar el desayuno, tarareando suavemente, mientras Scott ya estaba sentado en la mesa, concentrado en su celular.
—Buenos días —dije.
—Buenos días, Bells —respondió mamá con una sonrisa—. ¿Dormiste bien?
—Sí… —mentí un poco, evitando mirarla demasiado.
Tomé una manzana; no tenía hambre en absoluto. Scott me observó de reojo, como si quisiera decir algo, como si también estuviera cargando preguntas, pero se quedó en silencio. Después de desayunar, nos despedimos de mamá y salimos rumbo a la escuela.
Yo iba en mi patineta, sintiendo el viento golpearme el rostro, despejándome un poco la mente, mientras Scott pedaleaba a mi lado con su bicicleta. El trayecto fue silencioso. Demasiado silencioso para ser normal entre nosotros.
Al llegar a Beacon Hills High, lo primero que hicimos fue buscar a Stiles. Lo encontramos cerca del estacionamiento, hablando sin parar, gesticulando como siempre. Scott no perdió tiempo y levantó su camiseta, mostrándole una herida en el abdomen.
—Mira esto —le dijo.
Stiles abrió los ojos como platos.
—¿Qué demonios…?
—También me pasó a mí —intervine—. En la pierna derecha. Pero ya no tengo nada.
Ambos se giraron hacia mí al mismo tiempo.
—¿Nada? —preguntó Stiles—. ¿Cómo que nada?
—Nada —repetí—. Ni marca, ni cicatriz. Es como si nunca hubiera pasado.
Scott frunció el ceño, pensativo.
—Creo que pudo ser un lobo.
—No, no puede ser —respondió Stiles de inmediato, negando con la cabeza—. Eso no existe.
—¿Por qué no? —preguntó Scott.
—Porque no hay lobos en California desde hace sesenta años —dijo con total seguridad.
Ladeé la cabeza.
—Pero Scott y yo lo escuchamos aullar —repliqué.
Scott asintió, respaldándome.
—Exacto.
—Que no —insistió Stiles—. No existen.
—Entonces tampoco creas que encontramos un cadáver —le respondió Scott.
Stiles suspiró, derrotado.
—Eso sí es verdad… —dije—. Voy a tener pesadillas por un mes entero.
—Es lo más increíble que le ha pasado a Beacon Hills desde el nacimiento de Lydia Martin —comentó Stiles justo cuando ella pasaba a nuestro lado.
—Hola, Lydia —dijo—. Tal vez… como si fueras a ignorarme.
No pude evitar soltar una pequeña risa. Lydia pasó junto a nosotros con su elegancia habitual. Yo la saludé con una sonrisa y, para mi sorpresa, me la devolvió.
—Hola, Bells.
Después de eso, la conversación se disolvió. Me despedí de los chicos y entré a mi primera clase.
A diferencia de ellos, yo tenía horarios distintos; era un año menor. Caminando por el pasillo, pasé junto a Jackson Whittemore. Sentí ese nudo familiar en el estómago. Podría decirse que era mi crush desde que entré a la escuela… aunque él estuviera con Lydia.
Suspiré y seguí mi camino.
Tras mis dos primeras horas, fui directo a la cancha para ver el entrenamiento de lacrosse. Subí las gradas y me senté, observando a Scott. Algo en él era diferente. Se movía con una seguridad nueva, con una velocidad que jamás le había visto.
No se cansaba.
No fallaba.
No parecía el mismo Scott de siempre.
—¿Bells?
Volteé al escuchar mi nombre. Lydia estaba ahí, acompañada de otra chica.
—Hola —saludé.
—Hola, Bells —dijo Lydia—. Ella es Allison.
Sonreí y extendí la mano.
—Soy Bells McCall.
—Allison Argent —respondió ella, estrechándola.
Nos sentamos juntas. Saqué mis cuadernos e intenté adelantar tarea, pero el silbato del entrenador sonó tan fuerte que me hizo alzar la vista de golpe. Scott estaba al frente del campo, atrapando la pelota con una precisión perfecta.
No fallaba.
No se detenía.
No parecía humano.
Busqué a Stiles entre las gradas y lo encontré mirándolo con la misma mezcla de sorpresa y confusión que yo sentía.
Y en ese momento lo supe.
Lo que nos atacó la noche anterior no solo nos había dejado una herida.
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La hermana perdida de hope mikaelson
VampireIntroduccion Bueno por lo que todos sabrán ya conocen la historia de hope mikaleson pero que pasaría si te digiera que en esa noche no solo nació una bebe si no que nacieron dos bebes y esta es la historia de Bells Hayley McCall ella es más parecid...
