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Bajo las gradas rápido y me coloco junto a Stiles, apenas alcanzando a sentarme cuando todos los ojos ya están puestos en el campo. El entrenamiento de lacrosse continúa y Scott está en el centro, preparado para recibir otro lanzamiento. Aprieto los dedos contra la baranda sin darme cuenta, sin saber exactamente por qué siento ese nudo extraño en el estómago, como una advertencia silenciosa.

La pelota vuela…
y Scott la atrapa sin ningún problema.

Un murmullo recorre a todos los presentes. El entrenador lanza otra vez. Y otra más. Scott atrapa cada pelota con una precisión impecable, como si supiera exactamente dónde iba a caer incluso antes de que saliera disparada.

—¿Viste eso? —susurra Stiles a mi lado.

No respondo.
Solo observo.

Jackson, claramente molesto, se adelanta en la fila. Toma una pelota con brusquedad y empieza a correr. El ambiente cambia. Todos guardan silencio. Cuando lanza, lo hace con fuerza, casi con rabia, como si quisiera probar algo… o demostrarlo.

Scott apenas se mueve.
Estira el brazo…
y la atrapa.

El campo estalla en aplausos.

Yo me quedo helada.

No por orgullo. No por emoción.
Sino porque algo no encaja.

Scott jamás había sido así. Nunca. Y aunque una parte de mí quiere levantarse y aplaudir, la otra —la que recuerda el bosque, los ojos rojos brillando entre los árboles y el dolor ardiente en mi pierna— empieza a gritar que algo anda muy mal.

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Las clases terminan y el ruido habitual de los pasillos invade la escuela. Scott y Stiles se van juntos; dicen que regresarán al bosque a buscar el inhalador que Scott perdió la noche anterior. Me preguntan si quiero acompañarlos.

Niego con la cabeza.

—Mejor me voy a casa —les digo—. Estoy cansada.

No insisten. Y, por primera vez, eso me alivia.

Voy patinando tranquila por la calle, dejando que el viento me despeje un poco la mente, cuando de pronto una rueda de la patineta se traba. Todo ocurre en segundos. Pierdo el equilibrio y caigo al suelo con un golpe seco.

—Genial… —murmuro.

Me levanto con cuidado y siento un leve ardor. Paso mi mano por el labio y la veo manchada de sangre. Me limpio como puedo y, resignada, empiezo a caminar con la patineta en la mano.

Entonces un auto se detiene a mi lado.

—Hola, Bells. ¿Quieres que te lleve? —pregunta Jackson desde la ventana baja.

Lo reconozco al instante.

—Sí… claro, si no hay problema —respondo, un poco sorprendida.

Me abre la puerta del copiloto y subo. Durante el camino hablamos de la escuela, de las clases, de cosas sin demasiada importancia. Me sorprende descubrir que tenemos más cosas en común de las que imaginaba. Jackson no es tan insoportable cuando no está compitiendo con Scott.

Al llegar, se estaciona frente a mi casa.

—Gracias por traerme —digo mientras abro la puerta—. Fue lindo charlar con alguien.

—Lo fue —responde—. Te veo mañana en clases.

Se inclina un poco y me da un beso en la mejilla. Sonrío, bajo del auto y entro a casa. Está vacía. Subo a mi cuarto, me cambio y termino la tarea, aunque mi mente no deja de girar en círculos.

La hermana perdida de hope mikaelson   Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora