CAPÍTULO 16 - RAB

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Ilenko. 

Detallo el caer de la nieve colocándome los guantes de cuero, el enojo me tiñe las venas y con ello las ganas de torcerle el cuello a esa niña que no trae más que problemas. —¿Hay algo? —le pregunto a Salamaro— ¿Pista o indicio de a quién le envió el video? —No señor, como bien se sabe el sistema de Vladimir no guarda evidencia en ninguna ocasión. A esto llamo "Golpear con tus propias armas". —Debo saber quién tiene ese mensaje —dispongo—. Nadie puede enterarse de que un Romanov tiene lazos con el enemigo. —Si señor. Me deja mal parado el que mi hijo se deje engatusar por la persona a la que se supone debemos someter y quien encabeza una organización criminal no puede cometer esos errores. —Tráela —demando—. A mi si me dirá a quién se lo envió. Espero con las manos metidas en los bolsillos sin dejar de apartar la vista de la nieve, lo que hace son inmadureces. Alguien con cinco dedos de frente no se casaría con su cazador. El consejero no tarda y ella entra con el cabello recogido, dejó de lado el uniforme de mucama luciendo un vestido con esas ridículas medias que me encienden el cólera cada que las veo. —¿Tardaremos? —pregunta— Quisiera llevarle el desayuno a la cama a mi esposo cuando despierte.

Vladimir no se va a despertar por ahora y ella no es su esposa. Muevo la cabeza indicándole a Salamaro que se retire mientras me acerco provocando que ella se lleve las manos a la espalda. «Cría del demonio». La ropa que trae resalta su inocente belleza, tiene un ridículo brillo en los labios el cual me dan ganas de quitarle con... «Tiene 18». Las perversidades me avergüenzan cuando alza el rostro detallando mis facciones. —¿Tendremos una charla de padre a hija? —indaga— Antes de empezar dime si quieres que te diga papi o padre. «Papi»; No tiene idea de lo que pasa por mi cabeza cada que dice eso. —No vuelvas a usar esa palabra ni esas medias —advierto. —¿Cuál palabra? ¿Papi? —sigue. Acorto el espacio volviendo más notoria la diferencia de estatura. —Hay una falla en tu plan —declaro y sacude la cabeza. —No, no hay falla. Me he casado con tu hijo y el mundo lo sabrá si no le bajan a sus castigos —contradice y soy yo el que niego ahora tomándola por la parte trasera de su cuello. —Si, hay una falla —saco la jeringa que cargaba en el bolsillo—. Los Romanov no tienen esposa, tienen sumisas y ahora el amo tiene que someterte. Le inyecto el sedante instantáneo que la hace desfallecer en mis brazos en menos de nada. Le advertí algo, no lo acató y sus actos conllevan consecuencias. No he llegado donde estoy dejándome envolver por juegos estúpidos. Los voyeviki entran por ella sacándola en brazos mientras tomo lo que necesito, preparándome para los días que estaré por fuera. —Me ausentaré no sé por cuánto tiempo, que el Underboss se haga cargo mientras vuelvo —le informo a Salamaro— y que también se prepare para encararme cuando esté de regreso.

Salgo dejando que metan a la víctima en el vehículo. —¿Viajará solo? —pregunta Salamaro con un tinte de miedo en la voz. —Si —abordo la camioneta azotando la puerta. Quien viaja solo conmigo normalmente no vuelve. Me siento seguro en mi terreno. Ella yace en el asiento delantero con las manos atadas y yo abandono la carretera sumergiéndome en lo más inhóspito de Alaska. Nadie la verá correr, nadie la escuchará gritar, así como nadie vendrá en su rescate. Conduzco hora y media. Lo que pasará se quedará en este rincón del mundo. Vuelvo la vista hacia ella observándola dormir, es demasiado pequeña y demasiado ingenua para lo que le depara, pero bueno... Ella está jugando a ser grande y le mostraré que eso es un juego demasiado peligroso con los Romanov. Empieza a mover la cabeza en el asiento queriendo identificar el entorno. —¿Así de desorientado se habrá sentido el Underboss mientras se casaban? —le pregunto cuando el destino aparece frente a nosotros. Las montañas de nieve se ciernen y bajo ellas yace la casa cubierta por la verde vegetación del entorno. Un sitio apartado el cual uso para mis perversidades. Estaciono sacando a la víctima que mira para todos lados como si quisiera huir, «Pierde el tiempo». En la Bratva no hay escapatoria; conmigo nunca la hay. La obligo a caminar tomándola del collar mientras rebusco las llaves saboreando el miedo que emana, «Es normal sentirse asi». Que un mafioso de 1.94 de estatura te saque de la civilización siendo una cría de 18 años es de temer y más cuando, aparte de ser una inmadura, eres una pequeña no digna de una pelea. El olor a madera nos recibe, el sitio es pequeño por fuera e inmenso por dentro con dos plantas y muebles grandes que dan un aire medieval. —¿Qué harás? —pregunta.

—Que no haré es la pregunta —la hago seguir asegurando la puerta mientras ella se esfuerza por soltarse las manos, las cuerdas ceden y no me preocupo porque las manos liberadas no son un obstáculo para un criminal. Repara el entorno con varios mechones sobre la cara en tanto camino hacia ella liberándome de la chaqueta. —¿Qué te dije con respecto a Vladimir? —avanzo mientras — Que no te quería a su lado, ¿Y qué hiciste? Me desobedeciste como la malcriada que eres. Me da la espalda intentando huir no sé adónde, pero la atrapo alzandola y acorralandola entre mis brazos, llenándome con el dulce aroma que emite. —Ahora tienes que afrontar la represalia—camino con ella pateando una de las puertas de la primera planta. Un espacio para someter, el cual cuenta con todo tipo de artefactos listos para ser usados. Me gusta lo obsoleto infligiendo castigos inhumanos que muy pocas resisten. Repara los objetos de tortura y ella batalla asustada mientras la hecho boca abajo sobre la gran mesa de madera rasgándole el vestido con la navaja que me saco del bolsillo. Sus preciosos gluteos distraen mi vista cuando corto sus pantis dejándola solo con las medias. —Esto es lo que pasa cuando trazas un mal plan —le digo al oído—. No sopesaste que te ibas a encontrar con un dominante —la encaramo en la mesa—. Y a Vladimir le cuesta someterte, pero a mi no. Rápidamente me doy la vuelta sujetándole las muñecas con las argollas de hierro que hay sobre la madera quedando ambos brazos estirados en la cabecera de la estructura. Resopla furiosa al sentir cómo le doblo las piernas apoyando las rodillas en la mesa, dejando los muslos separados y atando los tobillos a las otras argollas, forzándola a dejar el culo levantado mientras que la frente y el pecho quedan contra la tabla en una pose Karta, «Mi favorita como amo». —Cuando el Boss demanda tú tienes que obedecer —estrello la mano en sus glúteos—. No puedes ser una chica mala.

La nalgueo otra vez dejando que el cuero haga estragos en su piel marfileña, chilla y arremeto con fuerza apoyando una mano sobre su cóccix en tanto abofeteo sus glúteos con violencia. —¿Qué te dije? —pregunto y no contesta— ¡¿Qué te dije?! No me contesta y la sigo nalgueando haciéndola llorar. Los oídos me rechinan, sin embargo no paro; sigo estrellando la mano marcándole la piel. —¡Te cansas primero, mafioso de mierda! —chilla aumentando la rabia — ¡No soy una esclava y mucho menos una sumisa! Le doy más duro estrellando hasta que sudo con el cuero que se calienta en mis manos, no quiero parar, «Su resistencia no es más fuerte que la mía». Sigo y sigo por minutos eternos que le hacen brotar sangre de los poros y ni así habla. La rabia me sube a la mesa deslizando las manos por sus costillas alcanzando sus pechos con fiereza. —¿Qué te dije, Emma? —inquiero apretando hasta que chilla— ¡¿Qué fue lo que te advertí?! Sella los labios temblando presa del llanto mientras aprieto más, agonizando con el calambre que se cierne en mi entrepierna con el maltrato que ejerzo sobre sus pezones. —Anda, tienes la respuesta en la punta de la punta de la lengua — rendirse es el primer paso para someterse—. Detenme. —¡No! —lloriquea. Su capacidad de resistencia es admirable aguantando el apretón que avasalla sus pequeños montículos. Para mí, el sado no es algo de mutuo acuerdo cuando quiero someter, cuando quiero que me teman. —¡Ojala te mueras y pagues esto en el infierno! —solloza— ¿Sabes cuántas caídas he soportado en los patines? —No me interesan...

— ¡Muchas! —me interrumpe— ¡Críticas, señalamientos, acusaciones, caídas y con cada una emerjo con más fuerza! Su llanto cala flaqueandome las fuerzas por un momento con esa oración llena de valentía, pero aquí ella no me va a doblegar a mí y, por ello, envuelvo mi mano en su garganta ahondando en su miedo de morir. —¿Me dirás que te advertí? —aprieto— ¿Aprenderás lo que el Boss dice, eso se hace? Tiene que temerme, sucumbir al dominio y una vez sometida hará lo que yo quiera, me dirá lo que quiero oír. Carraspea con mi agarre cuando aumento la presión. —Cede Emma —exijo. Un mínimo movimiento acabará con su vida— En ocasiones es mejor agachar la cabeza y admitir que hemos perdido. Sacude la cabeza con la poca fuerza que tiene logrando que la ira me haga bajar. El calor nos tiene a los dos y procuro que el enojo no desate su muerte, ya que al fallecer estaría arruinado el apellido de mi familia. Rodeo la mesa moviendo el cuello mientras analizo con qué voy a trabajar. Tiene resistencia a más no poder y por ello suelto las argollas. Débilmente se voltea con el rostro cubierto de lágrimas y tengo tanta ira que la levanto sujetándola por los pechos maltratados, llevándola al piso antes de echarle mano al enorme tubo de hierro el cual poso en su nuca atandole las manos en los griletes que albergan en cada punta del fierro antes de llevarla a la tabla con superficie de metal agujereado el cual le maltrata las rodillas de una forma angustiante. «Tenemos todo el tiempo del mundo hasta que se rinda» La dejo de rodillas en la base tomando una de las fustas que yace en la pared. —Si así es el suegro no quiero imaginarme como hubiese sido mi suegra —me dice. —Espalda erguida —lanzo el latigazo en su espalda—. Como que te acostumbras rápido al dolor.

Lanzo otro latigazo que le hace temblar la barbilla y otro más para que me recuerde. Los pezones hinchados me hacen una invitación a lamerlos, pero en vez de eso controlo la lengua yéndome a la cajonera que resguarda las pinzas de metal. —Un día estás en una orgía con mujeres extravagantes —tomo el soplete que yace en la misma cajonera calentando las pinzas— y otro estás sometiendo a una niñata que no sabe comportarse. Soplo un poco para no desfigurar la piel y me arrodillo frente a ella que se tensa con el pellizco de las pinzas que le dejo, y ni desfigurando el rostro deja de ser bonita con esos rasgos suaves, esa nariz pequeña y esos labios no tan carnosos. —Sé resistir —musita—. Esto no es nada comparado con el peso de las palabras que conllevo día a día. —Y yo sé torturar —me levanto subiendo la temperatura del lugar—. Y esto no es nada comparado con lo que realmente quiero hacerte. Salgo al no poder con la presión de mi entrepierna y estando afuera siento que me he quitado un peso de encima. El encanto de esa cría tiene un inocente magnetismo que me fuerza a partirla en dos con mi vara de carne. Bebo dos tragos de Everclear e intento distraer la mente sacando lo que tenía en la camioneta y acomodando la habitación donde dormiré. Enciendo la chimenea asando la presa de cordero que como. Tengo una jodida cocina, sin embargo, tengo que distraerme o habrá sangre en los lugares equivocados, «Los impulsos ya no son algo mío». Imagino su sexo sobre mi verga, «Ha de estar estrecha». El peso del desespero recae y espabilo saliendo a caminar con el rifle vigilando que nadie ronde, «Sé que no», pero debo dejar que las horas pasen. Salgo, vuelvo y me ocupo de uno que otro asunto en el móvil dejando que el tiempo transcurra antes de entrar de nuevo a la habitación donde la tengo y, en vez de hallarla llorando, está en la misma posición como si no hubiese pasado un condenado minuto desde que me fui.

«Hija de perra», parece una veterana del mortal cage; entrenada para aguantar y lo que me enerva es que si no se rinde no podré someterla. Tomo una silla de madera plantandome frente a ella. «Tengo tiempo y paciencia», me repito alcanzando la fusta que paseo por su cuerpo mientras la recorro con los ojos. Detallo las rodillas enrojecidas debido a que las medias se les rasgaron con el relieve de la superficie, los muslos temblorosos, la capa de vello que cubre su sexo... —No me mires ahí —habla—. Soy tu nuera, es raro que lo hagas. —No me tutees... —¿Por qué, si soy tu nuera? —No eres mi nuera —la marco con la fusta—. No somos nada, Emma. —Si lo somos. —No... —Si.... Somos enemigos —afirma— y familia también... Estrello la fusta en sus costillas enderezándola más, repito en la otra recostando la espalda en la silla. Los muslos temblorosos me dicen que va a flaquear, así que lanzo otro latigazo sacándole las lágrimas. —¿Me dirás cual fue mi advertencia? —la encaro— Tengo tolerancia y latigazos de sobra... Toco las pinzas que le tienen los senos inflamados... —¿Qué dije Emma? —Que no era tu nuera —contesta y me hace soltar la fusta levantandola cuando se me burla a la cara. Su temple me enardece y me dejo de volteretas liberándola del hierro antes de plantarla en la silla donde yacía, sorprendiéndome de mi propia rapidez a la hora de tomar la cinta con la que la dejo fija en el espaldar. Fijo los tobillos a las patas de la silla dejándola de piernas abiertas antes de tomar el electroestimulador. Repara el objeto que sostengo al cual le coloco un preservativo.

—¿Qué vas a hacer? —pregunta asustada. —Te voy a taladrar ese canal. Consolador, estimulador, herramienta de auto satisfacción para muchos y herramienta de tortura carnal para mí, ya que lo mandé a modifiicar agregandole potencia y movimientos circulares. La base con que lo sujeto es de hierro, el resto son 17 cm de goma con relieve y capullo que imita una tolerable verga humana; aparato el cual no es nada frente a la mía. Lo enciendo y empieza a girar poniéndola a tragar grueso. —No —pide cuando el sonido avisa la proximidad del artefacto, pero es demasiado tarde. Le tomo la base de la nunca arqueándole el cuello. Bajo la vista queriendo ver como el látex se le entierra entrando con un movimiento rotatorio clavándose en su sexo. «¡Demonios!», sale untado de sus jugos y le arranco las pinzas amasandole los pechos excitándola más. Su gemido me aliviana la saliva cuando entra de nuevo deleitandome con esos labios fruncidos. Sus montículos están sensibles y, por ello, acaricio los pezones con los nudillos envueltos en cuero. —Vamos, Ved'ma —le digo— Mójate más. Acerco los labios a su boca queriendo que ansíe mis besos mientras lidia con los espasmos que desencadena lo que le tengo enterrado adentro. —Por favor —gime. Es una inexperta la cual, por lo que veo, solo ha tenido un orgasmo y esto es una tortura para una sumisa de alto nivel. —¿Por favor qué? —beso sus mejillas sacando el aparato cuando siento que se correrá. Los pliegues abiertos y el clítoris enrojecido templa más mi verga a la hora de sumergirme otra vez; entrando y saliendo, sacándole lágrimas cargadas de desespero carnal. «¡Cómo gime!» Como se mueve llena de ansiedad queriendo alcanzar el clímax que no le doy, se eriza por completo cuando aumento la potencia sollozando con los fluidos que se esparcen en la silla.

Maximo nivel de humedad previo al orgasmo que le sigo negando. —¿Qué dije Emma? —introduzco activando el sensor de calor— ¿Qué te advertí? Aumento más y quiere resistir, pero no es una experta para hacerlo. Poso la mano en el bajo de su abdomen ejerciendo presión y dificultándole el paso del oxígeno. —¿Qué te dije? —reitero la pregunta subiendo al último nivel, se endereza, contrae y... —Que dejara a Vladmir en paz —solloza derrotada—. Que me pesaría si seguía con el juego. —¿Y te está pesando ahora que tienes que rendirte o esto estará dentro de ti todo el día? Asiente llena de desespero. —Somos amo y sumisa ahora, ¿Lo entiendes? —indago— ¿Lo tienes claro Emma James, que eres la sumisa de los Romanov? Calla y le vuelvo a negar el clímax. —Anda, dilo que necesito oirlo Ved'ma o habrá una tortura peor que esta. —Si —dice derrotada y sus palabras me hacen rozar mi mejilla con la suya dándole el orgasmo que es orquesta celestial para mis oídos. Paso la lengua por los pezones que maltraté y la adrenalina es tanta que se contrae y flaquea desmayándose en la silla. Saco y sacudo el aparato lleno de sus jugos, «Que no podría hacer con mi miembro». Suelto las cintas tratando de que despierte, pero no lo hace y debo alzarla en brazos dejándola en la cama que yace en la alcoba. Limpio todo, sus heridas son notorias y por ello me quito los guantes tomando el ungüento que esparzo el cual no la dejará tan descompuesta para mañana.

«Quieres empalarla», grita mi cabeza, pero no... Llevo años sometiendo mujeres; a eso vine, no a penetrar crías de 18. Además, nunca he tenido que sucumbir a la penetración para obtener dominio ya que con mi mera presencia basta. Cubro las zonas y le quito las medias, las cuales espero no volver a ver. Esparzo la crema en sus rodillas antes de taparla y abandono la alcoba conteniendo el instinto varonil que me incita a abrirle los glúteos. En vez de eso, subo a mi alcoba liberándome de la ropa, tengo un empalme de campeonato la cual me exige una descarga inminente. De mi cajonera tomo el anillo vibrador extra grande deslizándolo por mi tallo y dejándolo en la base, lo enciendo y suelta la descarga que estimula mi verga. Quiero evocar a Zulima, pero los gemidos de esa cría se perpetúan en mis oídos; el anillo me aprieta con lo duro que estoy y me dejo caer de espaldas en la cama sujetándome los testículos, esperando la descarga de jugos masculinos que emergen de mi tronco. Ufff... Aliviano la frustración moviéndome a la almohada con la imagen grabada de esa niña en mis pupilas.

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«Estoy aquí para someter» me convenzo mientras me visto a la mañana siguiente; el vaquero se me ciñe a la piel haciendo que refriegue la palma en el bulto que yace dentro de la tela. «Estoy aquí para someter» Reitero recogiéndome el cabello mientras bajo. La sumisión, más que control físico, es control mental y ella tiene que verme como el dominante que la castigará si no hace lo que digo. No hay luz matutina gracias a la nevada de afuera y yo abro la puerta de su alcoba hallándola sentada en el borde de la cama envuelta en la sábana. El cabello semirecogido y la luz que dejó encendida en el baño me dice que de seguro ya se lavó los dientes. —¿No me saludas? —cierro la puerta— ¿Qué clase de malcriada eres, Emma?

—Entraste tú, no yo... Subo las mangas negras en mi antebrazo indicandole con la mirada que no empiece. Esta niña es como una cabra desquiciada. —Buenos días —dice— ¿Cómo dormiste? —Bien, gracias —le indico que se levante mientras me acerco a quitarle la tela que la cubre. —¿Tienes hambre? —pregunto y se mueve incómoda. —Si. —Rodillas al suelo —demando. Un amo siempre alimenta su sumisa. Quiero tomarme esto como un mero trabajo, pero ella no colabora reparando el miembro que desfundo. Sube los ojos a mi rostro y empiezo a estimularme bajo el azul de su mirada agitando la mano con fiereza; estoy listo desde que me levanté. Me surge la necesidad de preguntarle si le gusta, así como a mi me gusta su cara, pero atrapo tal idiotez con el gruñido que me surge en la garganta después de minutos de autocomplacerme. —Abre la boca y saca la lengua —demando agitado y ella obedece dejando que la meta en su boca la cual se ve pequeña ante lo que le meto—. Lame un poco y límpiame tomando de tu amo. Sujeta mis muslos atragantándose innecesariamente. —Despacio —pido cuando me maltrata mientras acaricio su cabello—. Solo quiero que recibas. Me suelta asintiendo obediente y la levanto limpiándole la boca antes de indicarle que se mueva al baño. Tiene la marca de mis guantes en la piel de los glúteos al igual que la fusta. El cuarto de baño cuenta con un enorme lavado. Se posa a mi lado y donde sea que estemos recae el peso de la diferencia de estatura ya que su cabeza me queda a la altura del pecho. Me vuelvo hacia ella sujetando su cintura antes de subirla al mármol.

Busco en la cómoda destapando lo que requiero y ella se sonroja con lo que tengo en la mano. —Puedo hacerlo yo —dice despacio. —Pero lo haré yo —me muevo insinuando que se acueste sobre la mesada y ella lleva la espalda atrás mientras le flexiono las rodillas. Toco su monte de venus identificando las zonas por donde pasaré la cuchilla. Esparzo el aceite y empiezo quitarle el vello fino que no es mucho, sin embargo, quitarlo me da una mejor vista de su rosado sexo. ¿Cuántos no quisieran clavarse ahí? Quisiéramos, me incluyo rozando el pulgar en su labios notando como el brillo del empape va siendo evidente. Continúo con la tarea bajando a las zonas más recónditas, dejándole la piel sin un rastro de vello. Contonea las caderas y sentirla tan tensa me aparta cuando surge el deseo de enterrarme sin ningún tipo de lástima. —Aséate y colocate lo que dejaré en la cama sin cerrarlo. Cuando acabes estaré afuera esperando a que me sirvas con los alimentos matutinos para los dos. La dejo, subiendo y bajando por la prenda que usará. Preparo el espacio, tomo lo que requiero, sigue nevando afuera, así que cierro las cortinas avivando el fuego y quemando tiempo mientras ella aparece con una bandeja, solo luce una bata blanca abierta y noto su inseguridad cuando encoge los dedos de los pies. —Una sumisa no le tiene vergüenza a su amo —le digo—. Bajo ninguna circunstancia, ¿Queda claro? Asiente moviendo los ojos a otro lado cuando me saco la playera de manga larga, despojándome del vaquero y el bóxer; quedando desnudo también. Señalo los cojines que están sobre la alfombra persa indicandole que se mueva con la bandeja. Soy el primero en recostarse e invitándola a que haga lo mismo acomodando la bandeja entre los dos. Pico quesos y fruta, hay jugo de naranja y tostadas con mermelada.

Tomo una uva dándole a entender cómo funciona lo recíproco entre amo y sumisa. Me da manzana picada y yo le doy queso rojo, pero en vez de estar concentrada en lo que hace no deja de mover los ojos al tronco erecto que reposa sobre mi abdomen, el cual está que se quiere desbordar y el que lo mire me pone peor. Le sigo dando de comer dejando que ella me de a mí. Los alimentos merman, bebo el jugo y ella toma una tostada que lleva a mi boca dejando caer dos gotas de mermelada sobre mis pectorales. La detengo cuando toma una servilleta, en mi mundo las miradas lo dicen todo como ahora, que le indico que lo haga con la lengua queriendo aumentar la tensión; «Tiene que desearme», desesperarse con mi presencia. Su pequeña boca entra en contacto con mi piel haciéndome respirar hondo cuando la punta de su lengua quita la mermelada succionando. Las mujeres creen que la tortura son ellas, pero eso no funciona para los dominantes y menos cuando no careces de atractivo como yo, que no tengo problema en excitar al sexo opuesto solo con verme. Sujeto la mano que se acerca queriendo acariciarme. —Solo me tocas cuando yo lo demande y deja de mirarme ahí abajo — susurro—. Eso también se hace cuando yo te lo pida. Extiendo el brazo alcanzando el libro que le entrego. —Leeme que estoy aburrido —estipulo—. No me gusta que tartamudeen ni que se pierda el hilo. —No soy una retrasada —alega. —Una sumisa no le contesta a su amo —advierto—. Y quiero una buena lectura. Me acuesto con el brazo bajo la nuca estirando las piernas. —Camina despacio, no hagas ruido, sé cautelosa muchacha, que la crueldad ronda en este bosque lleno de niebla —empieza—. El león ruge, el

lobo aúlla, el cuervo grazna y no son animales, son engendros infernales dueños del inframundo. Su dulce voz deleita mis oídos endureciéndome más y cierro los ojos paseando los dedos por mi miembro dejando que lea el desenlace que empieza a volverse lento a medida que avanza, a medida que toco mi verga dolorida queriendo acabar con este estrés... Tartamudea cuando recojo lo que destilo y.. —Son el Dios, la Bestia y el Demonio —trata de continuar—. No comparten la presa, pero tu belleza los sume y se meten en tu cabeza. Hacen que te estorbe la ropa, que tus pezones sensibles duelan con el roce de la tela... Demonios... Inevitablemente mi mano se cierra sobre la base de mi pene moviéndose de arriba abajo. —No te oigo Emma... ¿No te enseñaron a leer en la escuela? —Te miran con tanta... —baja el libro viendo lo que hago— Te miran con tanta —repite— Y tú.... —Te miran con tanta hambre y tú emanas tanto fuego que dejas acercar al Demonio que lame tu cuello —recito sin dejar de tocarme—. La Bestia abre tu blusa mordiendo y chupando tus senos, en tanto el Dios se acerca por un lado metiendo los dedos en tu sexo. Me lo sé de memoria y ella se idiotiza con la imagen que le brindo. —¿Te excito? —pregunta con una voz inocente— Estás tan... —Duro, si... Lo estoy, pero no por ti —me sigo tocando— sino por el deseo innato que corre por mis venas... Pero has de saberlo ya, esto es algo que se hereda... Se queda callada, sinceramente no me interesan los asuntos del Underboss, pero me amarga que sus trucos de hechicera lo pongan como me pone a mí. —Deja de mirarme ahí —sujeto su mandíbula—. Ya te ganaste un castigo debido a que solo digo las cosas una vez y mientras lo decido...

Los labios me cosquillean hambrientos por besarla. —Quiero que mi sumisa me masajee la espalda. Me volteo rogando porque la erección baje, ya me está doliendo la cabeza y no soy nuevo en esto como para estar así. He entrenado mujeres y no he tenido reacción alguna. —Ve por el aceite —demando. Va y vuelve dejando que su coño desnudo caliente mis glúteos cuando se abre de piernas sobre mí untándose las manos, «Mala idea». La siento pequeña cuando me recorre la espalda iniciando el toqueteo suave que la baja a mis piernas para poder masajear mis glúteos. El dolor de mi miembro empeora cuando me veo sucumbiendo a las ganas que me invaden. Aferra las uñas en mi culo y volteo a verla, pero continúa como si nada pasara. Sigue mientras entierro la cabeza en el cojín, trato de dormir con el pasar de los minutos, pero el que pegue los pechos a mi espalda hincándome el diente en la espalda me hace quitarla. —¿Qué demonios haces? —le reclamo. —Actuar como tu perra...—trata de excusarse. —No eres mi perra —la encaro—. Entre perra y sumisa hay una diferencia muy grande así que vete a tu alcoba y espera el doble castigo que te ganaste por atrevida. Obedece de mala gana y toco el mordisco el cual no me molesta, pero sí me enoja el que sea la primera sumisa que se atreve a morderme. Me mantengo lejos durante la tarde mientras ella se ocupa de la cena, la cual quiero que sea un digno banquete del rey. La observo desde arriba mientras prepara todo y cada día me convenzo más de que tiene algún tipo de problema mental, ya que todo lo hace con una sonrisa en el rostro, hasta arreglar la mesa para su verdugo. Espero que aliste todo y bajo con la cuerda que la pone nerviosa mientras observo los alimentos que incluyen carne, ensalada, vegetales, fruta..

—Haces parte del menú —le quito la bata queriendo que sopese todo los escenarios de este mundo. Paseo las cuerdas sobre su cuerpo forjando los nudos con la técnica shibari con un diseño que le marcan sus curvas resaltando sus partes íntimas e inmovilizandola con los brazos atrás, quedando con la espalda bien erguida. Soy un hombre con gustos raros, ya lo dije, y por ello la subo a la mesa sentándola sobre sus piernas de modo que los talones toquen sus glúteos y con las rodillas bien separadas. Le doy un sorbo a mi vino con su sexo a centimetros de mi plato. Empiezo a comer mientras a ella el bondage la mantiene quieta. Es incómodo para quien no está acostumbrado, pero no para mí que le demostraré que nada de lo que sopesa su mente es lo suficientemente morboso. Como tranquilo afilando un cuchillo con el otro como si fuera a hacerle daño. —¿Sabías que en lo más oscuro del BDSM también se ve el canibalismo? —rozo el filo en la piel de sus piernas— ¿Qué pasa si te como pedazo a pedazo? La siento pasar saliva y le doy otro sorbo a mi vino, pasando la punta del cuchillo por sus partes. Corto mi carne y sigo ingiriendo con ella, al frente, muerta de miedo. —¿Lo imaginas, Emma? —mastico acabando con lo poco que queda— ¿Que mi crudeza dé para eso? Nadie va a detenerme, nadie te oirá gritar. Aparto el plato tomando la fresa que llevo a sus pliegues untandola de su humedad. «Mis tabúes son casi nulos». Me llevo la fruta a la boca comiéndola con dos mordiscos en tanto ella se desespera con el roce de la fruta en sus partes —Tienes un buen néctar, Ved'Ma... Deleito mis ojos con su imagen por largo rato paseando las fresas del cuenco por su sexo hasta que se acaban, ¿Qué no haria si tuviera un apellido

diferente? ¿Qué no haría si fuéramos contemporáneos? Pero no, hay demasiadas cosas de por medio y entre esas mi reputación como hombre y como Boss. Acabo con todo antes de bajarla de la mesa, nuestros ojos se encuentran en lo que suelto los nudos. —No me mires a la cara —recalco por milésima vez. Emma James es una niña a la que le dices no hagas eso y parece no entender una letra de lo que le dictaminas. Termino con las cuerdas llevándola a su alcoba sujetándola del collar. —Estaremos aquí hasta que me digas a quién le enviaste ese video — establezco—. Ya sabes que tengo paciencia y muchos juegos donde obviamente saldrás perdiendo. —El video es mi única garantía por ahora —contesta. —Te aferras a algo en vano porque me digas o no lo voy a encontrar y cuando lo haga lo primero que hará Vladimir será rebanarte esa garganta — dejo en claro—. Una cosa es evitar y otra es posponer. Tu pospones tu muerte, más no habrá nadie que la evite. Busco la puerta deteniéndome cuando habla. —No tengo la culpa, ¿Sabe? —dice— Ni mi hermana ni yo. De seguro si dejara de verla como una teniente que persigue criminales notaría a esa diosa valiente y llena de valores que es ejemplo para muchos. Rio para mis adentros, «No ve ni sabe lo que tiene en las narices». —Tu mente inmadura ve lo que no es, ¿Llena de valores? Aquí nadie tiene valores niña —me le burlo—. No es una diosa valiente; es una criatura maligna en plena metamorfosis. —Te equivocas... —Te equivocas tú —mermo la distancia haciendo que toque el borde de la cama—. Te equivocas al creer que tus patéticas ideas van a funcionar... ERES UNA NIÑA a la que nadie toma en serio —recalco— ¿Quién está

moviendo cielo y tierra por encontrarte? ¿A quién le haces falta allá afuera? El brillo de las lágrimas se hace presente. —Si fueras tu hermana mayor tendría toda la fuerza armada del mundo sobre mí, pero como eres tú ni siquiera tus padres notan la ausencia de su niñita —continúo—. Nadie te quiere, a nadie le importas y hasta a mí me pesó tener que traerte a ti y no a Sam James. La dejo yéndome con la satisfacción de haberla herido de una u otra manera, para eso la traje; para herirla y para dañarla. Ideo los castigos de mañana mientras le doy varios sorbos al licor que tengo en la alcoba y me acuesto a dormir después de dejar que el anillo haga su trabajo. Mis párpados se cierran mientras mis neuronas trabajan en quién carajos tiene la evidencia, podría ser cualquiera, sin embargo, empezar a matar encendería las alertas de amenaza. El agotamiento me avasalla dejando la mano sobre mis partes, aunque la tranquilidad no dura mucho debido a que entre sueños capto el chirrido de la puerta que abren despacio escabulléndose como la última vez. No tengo que abrir los ojos para saber que están caminando en puntillas, «Se está buscando un tiro». Tengo el arma bajo la almohada y solo ella cree que un criminal no tiene el sueño liviano. Es la ley de las sombras, nadie con un pasado oscuro sobre los hombros duerme al 100% de forma natural. Sus rodillas se hunden en la cama y no me muevo, solo me comporto como si estuviera acabado por el cansancio. Siento como se acuesta a mi lado y cómo detalla mi cara. —"No duermo con el enemigo" —mofa en un susurro que me calienta la boca—. Mal, porque vas a dormir conmigo, con esta "Niña". Repite lo de la última vez plantando un beso en mis labios y esta vez no es uno, son dos. Con cautela se mete bajo la sábana en tanto mi pene va adquiriendo grosor. «Inmadura de pacotilla», cree que es más lista que yo.

Dejo que se acomode, así como dejo que los minutos pasen. Estoy tan duro que todas mis terminaciones nerviosas ansían tocarla. Los pensamientos me juegan en contra y me volteo dejando mi pierna sobre la suya pegándola a mi cuerpo sin abrir los ojos. Se tensa, mis brazos la envuelven y remarco mi dureza hundiendo la nariz en su cabello. —Zulima, siempre tan obediente con tu amo —susurro como si estuviera entre sueños sintiendo como arde en mis brazos. Se retuerce de tal manera que se termina cayendo de mi cama liberándose de mi agarre mientras yo me acomodo como si no notara lo que pasa, solo escucho como sale escabulléndose e imagino que va cargada de rabia. «Lo dije», más inteligente que yo no es, pero sí un puto fastidio ya que la dureza no me deja dormir en lo que queda de la noche. La calentura es tanta que siento que una ducha no bastará, por ello, me levanto con el primer atisbo del amanecer y me lavo los dientes antes de salir en boxer directo a la pileta con agua climatizada que hay detrás de la casa. La nieve cesó, la capa de humo emerge de la superficie y me lanzo con un clavado que me deja en lo más profundo. Emerjo, vuelvo a hundirme dándome la vuelta y captando la pequeña cabeza que se asoma en la puerta de la cocina. Por la posición diría que está en cuatro patas espiándome. «Ni bañarme tranquilo puedo con esta cría encima». Salgo dejando que el agua se deslice por mi cuerpo en tanto me peino el cabello con los dedos, huye cuando me acerco y entro escurriendo agua en la cocina alcanzandola en la entrada de su alcoba. —¿Qué buscas? —la volteo clavándole el brazo en el cuello cuando la llevo contra la pared— Acechar a un mafioso es peligroso, niña. En cualquier momento sacará un arma y te pegará un tiro... —No soy una niña —deja caer los brazos soltando la sábana que la cubre —. Reparame y dime si lo soy...

Me alejo, el cuerpo desnudo es algo que no deja de endurecerme pese a haberlo visto tantas veces. La mente me juega sucio e intento irme, pero ella me sujeta empinandose a la hora de encararme. —¿Ya te convenciste? Empieza acercándose más haciendo estragos en mi autocontrol. Es tan malditamente pequeña y el cabello suelto le resalta tanto el atractivo que... — Mírame otra vez, tampoco quiero que me confundas con Zulima... — dice empeorando todo con sus celos— Anda, mírame.... Mis labios chocan contra los suyos con un beso que me da total dominio en su boca; estoy mojado, pero no tengo ni una gota de frío con su menudo cuerpo contra el mío. No sé en qué momento la coloco contra la alfombra dejando que sus piernas me acunen mientras aprisiono sus muñecas contra el piso, «No quiero hacerlo». Mi pene se refriega contra ella en tanto sus pezones erectos rozan mis bíceps. Es ella quien me besa ahora chocando su lengua con la mía. «No la puedo follar» «No me la puedo follar». Tiene 18, es una inexperta y... Su húmedo sexo roza mi tronco provocando que esta vez le deje ambas manos sobre la cabeza sujetandola con fuerza. Mi mano libre viaja a mi miembro sacándolo y sujetándolo del tallo. «Mojada», mi capullo se empapa con sus jugos cuando lo introduzco mordiéndole los labios. La voy a dañar, pero... Mis caderas arremeten quedando adentro sin nisiquiera darle tregua para adaptarse. Chilla con los empujones llenos de dolor, su estrechez me comprime y, acto seguido, inicio los movimientos bruscos los cuales desatan gruñidos por parte de su garganta. Se muerde los labios viéndose más inocente, más vulnerable, engronsandome a la vez que me siento como un sucio que se folla a la chica que puede ser su hija. «Pero no lo es»¡No es mi jodida hija! Y por eso no dejo de embestir como un primitivo el estrecho canal el cual sé que le estoy maltratando; el

que mis bolas queden contra su periné es una advertencia. Sin embargo, en vez de parar, me levanto con la verga erguida sujetándola del collar para que haga lo mismo. La beso envolviéndola con mi brazo en tanto planto la mano en su sexo empapado, está lo suficiente lubricada y por ello me inclino engachando sus piernas sobre mis biceps, alzándola sin problema. —Sujetate —demando y obedece aferrándose a mi cuello, dejando que le ensarte en el miembro erecto y follándola a mi ritmo. El balanceo no me cuesta nada porque su peso no es problema para mí y cuenta con la flexibilidad que se requiere para resistir la posición, dejando que la meta y la saque. «Menuda mierda», parece que estuviera follando una muñeca. Una muñeca dulce y malcriada la cual jadea sobre mí sin entender la perversión de todo esto, sin entender que se la está follando el mafioso que la mandó a secuestrar. —No soy una cría —me besa. —Si, si lo eres —la llevo contra la columna de madera que me sirve como apoyo para arremeter con más fuerza— ¡Y me estoy follando a esta cría! Sumerjo mi lengua en su boca soltando los embates que provocan espasmos sobre ella corriéndose sobre mi verga. Sus fuerzas flaquean, mi derrame se extiende y termina abrazándome, plantandome otro beso el cual correspondo estrechandola contra mí mientras la llevo a mi alcoba.

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