7. Harry y Draco

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Había pasado no menos de una semana, pero Harry ya no contaba los días, él contaba los minutos porque cada uno parecía decirle que se ahorrara sus banas esperanzas

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Había pasado no menos de una semana, pero Harry ya no contaba los días, él contaba los minutos porque cada uno parecía decirle que se ahorrara sus banas esperanzas. Seguía sin poder creer como en un segundo todo se había transformado para terminar mal.

—Buenos días, señor Potter —fuera de su oficina estaba su eficiente secretaría.

Como habitualmente era, ella lo esperaba con dos jugos naturales de toronja en la mano y la libreta flotante detrás suyo, ya preparada para comenzar con su trabajo.

—Liz, es bueno verte —saludo Harry, cordialmente, abriendo la puerta de su oficina para dejar entrar a la chica primero, pero ella negó.

—No hace falta que entre, señor Potter, los pendientes de hoy fueron organizados anoche y solo tengo que entregarle su jugo.

—De acuerdo, Liz. Muchas gracias por el jugo. Avísame cualquier cosa.

El azabache aceptó gustoso el jugo y cerró la puerta sonriente a pesar de su malestar interno, se había prometido que no dejaría que sus asuntos personales molestaran su trabajo, sin embargo, no pudo evitarlo, en cuanto se sentó en la silla que daba al escritorio el repicoteo de lo que había hecho esa noche se presentó.

Dejó pasar las horas trabajando y pensando. No podía completar un minuto sin que pudiera dejar de pensar en el rubio y lo que había hecho mal, a simple vista sólo fue una pregunta, pero con Draco nunca se trataba solo de una cosa, había muchas variantes buenas y malas que impedían al rubio dejar de preocuparse por todo.

Dos golpes suaves en la puerta disiparon su laguna de preocupación:

—Señor Potter, hay una solicitud de llamada que viene de Malfoy Manor —dijo la chica sonriente.

—Gracias, Liz, la atiendo ahora —la chica cerró la puerta después de asentir con la cabeza de manera cómplice. Sólo ella sabía cuánto había esperado Harry una noticia de Draco.

Un poco más calmado Harry dejó que sus pensamientos vagaran a otra parte, para de esa forma presentarse relajado ante cualquier noticia, fuera buena o mala.

El azabache no podía especificar lo extraño de su sentir al escuchar que su secretaria, a la que consideraba su amiga y que era dos o tres años mayor, le llamara "señor". Odiaba las formalidades y que aun con su puesto no pudiera hacer nada contra ellas. Sabía que Liz no lo veneraba como un semidios o algo parecido y por eso le agradaba, pero su entusiasmo por el trabajo la hacía muy correcta en presentaciones y lenguaje, dejando muy en claro que no dejaría de llamarlo de esa manera aun si ella era mayor.

Preparado mentalmente se acercó a la chimenea y permitió que la llamada fuera conectada. Al instante se dejó ver una cabeza rubia a través del fuego, reconoció a Draco.

—Hola —saludo el rubio, pareciendo incómodo—. No hago mucho esto.

—No importa, está bien —tranquilizó Harry, priorizando que su nerviosismo no fuera notado—. ¿Querías decirme algo?

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