¡Hey!
¡Hey tu!
Deja te cuento lo que hay aquí...
Cumplí el sueño de cualquier Jimfan, así es, logré transmigrar al cuerpo a la realidad de Trollhunters y me facina la idea de poder cumplir mis sueños de ser parte de la historia a lado de mis perso...
El sol comenzaba a ocultarse y el cielo teñido de naranja anunciaba el final de la tarde. Salía del plantel donde estudiaba finanzas con pasos pesados, sintiendo cómo el dolor de cabeza latía al ritmo del estrés acumulado por los exámenes.
—Nos vemos la próxima semana, Elizabeth —se despidió una compañera al pasar a mi lado.
Le respondí con una leve sonrisa y un gesto de mano antes de continuar mi camino por los pasillos, pasando desapercibida como siempre. Nadie se detenía, nadie preguntaba, nadie notaba. Y lo peor... es que ya me había acostumbrado.
La soledad no era algo nuevo para mí, pero últimamente había comenzado a pesar de una forma distinta, más densa, más incómoda. Durante mucho tiempo creí que estaba bien estar sola, que era suficiente conmigo misma... hasta que un día entendí que no era paz, era aislamiento. Y para cuando lo noté, ya había alejado a demasiadas personas.
Era viernes, pero no había prisa. Nadie me esperaba en casa. Caminé sin rumbo fijo, observando a mi alrededor como si fuera una espectadora de una vida que no me pertenecía: parejas riendo, amigos planeando su noche, familias compartiendo momentos... y yo, simplemente avanzando entre ellos como un fantasma.
La melancolía comenzó a envolverme, lenta pero insistente, hasta que algo rompió ese estado.
Una niña.
Vestido rosa, trenzas castañas, pasos torpes siguiendo a un gato blanco que cruzaba la calle con total indiferencia. Estaba sola. Demasiado sola. Nadie la detenía, nadie parecía notar el peligro.
Todo ocurrió en segundos.
Un claxon desgarró el aire. Un vehículo avanzaba a toda velocidad. El sonido de los frenos fue inútil, desesperado.
Y mi cuerpo... reaccionó antes que mi mente.
Corrí.
No pensé. No dudé. Solo me moví.
Empujé a la niña con todas mis fuerzas, sacándola de la trayectoria... pero yo no fui lo suficientemente rápida.
El impacto no fue inmediato en mi mente, pero sí en mi cuerpo. El dolor fue brutal, absoluto, imposible de describir. Luego... nada.
Silencio.
Supongo que este es el momento en que uno reflexiona sobre su vida. Y sí... me arrepentía. Me arrepentía de todo lo que no dije, de cada vez que guardé mis sentimientos, de cada oportunidad que dejé pasar por miedo. Nunca fui valiente. Nunca fui honesta conmigo misma. Ni siquiera fui capaz de confesar lo que sentía.
Qué irónico.
Al final, lo único que pude hacer bien... fue morir por alguien más.
Mi vista se fijó en el cielo, ahora oscuro y cubierto de estrellas. A mi alrededor había caos: voces, pasos apresurados, gente intentando ayudar... y otros grabando, como si mi final fuera entretenimiento.
Hasta que lo vi.
El mismo gato blanco.
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