Prologo

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Los pasillos de Hogwarts solían oler a cera vieja, polvo de pergamino y magia viva. Para Kira Potter, sin embargo, el castillo solo olía a hierro oxidado y a humedad estancada.

Caminaba con los ojos fijos en las baldosas de piedra, contando sus propios pasos para abstraerse del murmullo hostil que la rodeaba. Las risas resonaban en las paredes como ecos de cristal roto. Un tirón seco en el tobillo la tomó por sorpresa; la gravedad hizo el resto. Kira impactó contra el suelo, sintiendo el rodillazo abrasarle la piel debajo de la túnica. Al levantar ligeramente la vista, encontró la silueta de Ron Weasley. El chico que alguna vez había compartido su comida en el Expreso de Hogwarts ni siquiera la miró a los ojos; solo se limpió la suela del zapato contra el piso con desprecio antes de alejarse.

No tuvo tiempo de levantarse. Dos pares de manos la sujetaron por los hombros y la arrastraron sin contemplaciones hacia el baño de chicas.

El agua helada del retrete le cortó la respiración de golpe. Forcejeó, pero la presión en su nuca era implacable. Escuchó los gritos distantes y agudos de Myrtle la Llorona pidiendo que la dejaran en paz, pero la fantasma era incapaz de modificar el mundo físico. Cuando finalmente la soltaron, Kira cayó sobre el suelo empapado, jadeando por aire, con el agua chorreándole por la cara y mezclándose con las lágrimas amargas que no pudo contener.

—Púdrete, mentirosa —escuchó antes de que la puerta de roble se cerrara de golpe.

Sola, tiritando y con la túnica pegada al cuerpo, se secó el rostro con la manga húmeda. No había tiempo para compadecerse. Debía llegar a Pociones.

Las dos horas en los mazmorras no transcurrieron; se arrastraron. Severus Snape no perdió una sola oportunidad para descargar su hiel sobre ella. Cada error menor era castigado con gritos humillantes sobre su «incompetencia absoluta» y deducciones masivas de puntos para Gryffindor. En las mesas de Slytherin, Malfoy, Crabbe y Goyle disfrutaban el espectáculo en un silencio malévolo; en la mesa de los leones, solo había miradas de rencor dirigidas a la propia Kira, culpándola por dejar a la casa en la ruina.

Al salir del aula, un empujón brutal la estampó contra el muro de piedra del pasillo adyacente. Lavender Brown y Parvati Patil la acorralaron. Antes de que pudiera articular palabra, un puñetazo en el estómago la dejó sin aliento, seguido de un impacto seco en la mejilla que le hizo ver destellos blancos.

—¡Levántate, Potter! —la voz de Angelina Johnson resonó en el pasillo, dura y desprovista de la empatía de antaño—. Al campo. Ahora.

En el campo de Quidditch, la pesadilla continuó. El entrenamiento de la búsqueda se convirtió en una ejecución sumaria. Quaffles lanzadas con mala intención le impactaron en las costillas y los brazos. Los nuevos golpeadores, Cormac McLaggen y Seamus Finnigan, cargaban las bludgers con una agresividad desmedida. Fred y George Weasley habían abandonado el equipo —y la escuela misma— semanas atrás, incapaces de soportar la barbarie en la que se había convertido el colegio, pero su ausencia solo dejó a Kira totalmente desprotegida.

Un impacto directo de una bludger en el plexo solar la derribó sobre la hierba mojada. Por un segundo, el mundo se volvió negro. Angelina detuvo la práctica, no por piedad, sino para evitar una baja definitiva antes de la cena.

Acostada sobre la hierba, Kira no pidió ayuda. Llevaba dos semanas aprendiendo la lección más cruel de su vida: el abandono era total. Hermione la ignoraba; Ron la despreciaba; el resto de las casas la cazaban o miraban hacia otro lado. Y en lo más profundo de su ser, una voz venenosa le decía que se lo merecía. Las mentiras del Ministerio, el desprecio de sus compañeros y las palabras de Snape se habían instalado en su cabeza como certezas. Pensaba que era un monstruo, una carga innecesaria para el mundo.

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