Capitulo 3: Nueva Varita

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Tres semanas en Mahoutokoro habían bastado para que Kira comprendiera que el mundo mágico no era el monopolio frío y distante que había conocido en el norte de Europa.

La Casa Seiryu no se parecía en nada a la impetuosa y a menudo voluble Gryffindor. Aquí, la lealtad no era una consigna que se gritaba en los partidos de Quidditch, sino una marea subterránea, silenciosa y constante. Cuando unos días atrás un alumno de segundo año de la Casa Byakko intentó intimidar a un recién llegado, los estudiantes mayores de Seiryu no dudaron en intervenir de inmediato, no para buscar gloria o iniciar una disputa de pabellón, sino para establecer un límite firme: en Mahoutokoro, ningún alumno caminaba solo. Ese sentido de protección comunitaria envolvía a Kira como un manto cálido, un contraste abismal con la indiferencia que había sufrido en Hogwarts.

Las mañanas en el Gran Comedor eran tranquilas, iluminadas por la luz dorada que filtraba a través de los paneles de papel de arroz. Kira compartía la mesa con las trillizas —quienes en privado le habían confesado su ascendencia híbrida como hijas de las mareas, descendientes de sirenas— y, aunque la chica mantenía una correspondencia constante con Dumbledore a través de cartas breves para no encender las sospechas del Ministerio británico, su mente todavía volvía de cuando en cuando a la sombra de Sirius y Remus.

Esa mañana, un aleteo masivo de alas rompió la serenidad del pabellón.

Decenas de aves de mensajería descendieron desde los tragaluces superiores: desde halcones de caza hasta veloces golondrinas mágicas. Pero entre el batir de plumas, un ulular rasgado y conocido resonó en la nave central.

Kira se congeló.

Descendiendo en una diagonal impecable, con las plumas tan blancas como la nieve recién caída y los ojos dorados fijos en su dueña, volaba Hedwig. Su ala izquierda, que meses atrás había sido fracturada por la crueldad de un grupo de estudiantes en Gryffindor, se mostraba ahora perfectamente alineada y extendida sin el menor rastro de debilidad.

La lechuza aterrizó sobre la mesa de madera con un golpe seco, desplegando las alas antes de ahuecar el plumaje y frotar su pico contra la mejilla de Kira con un murmullo afectuoso.

Un suspiro colectivo recorrió la mesa de Seiryu. Kira sintió que la garganta se le cerraba. Las lágrimas, contenidas durante semanas de orgullo y aislamiento, amenazaron con desbordarse mientras acariciaba el lomo suave del ave.

A su lado, Kae, Akira y Meshi observaban la escena con atención. Por sugerencia discreta del profesor Natsume, la Casa Seiryu conocía a grandes rasgos los antecedentes del maltrato que la muchacha había sufrido en Inglaterra. Las tres hermanas se acercaron despacio, ofreciendo las manos con prudencia para que el ave las examinara.

Hedwig las observó con sus grandes ojos dorados, inclinando la cabeza a un lado. Tras un instante de escrutinio, emitió un suave chasquido con el pico y permitió que los dedos de las hermanas rozaran sus plumas.

Kira contempló el gesto, estupefacta. En el pasado, Hedwig jamás había tolerado que Ron o Hermione se le acercaran; solía tirarles picotazos severos cada vez que intentaban acariciarla, reservando su afecto únicamente para los gemelos Weasley o para la propia Kira.

—Parece que nos ha dado su aprobación —comentó Akira con una sonrisa cargada de orgullo, acariciando el cuello de la lechuza.

—Es obvio —añadió Meshi con voz serena pero firme—. Las criaturas mágicas reconocen las intenciones puras. No somos como los farsantes que dejaste atrás.

Ninguna de las cuatro notó la tenue fluctuación de la magia en el aire que las rodeaba. Para la percepción de Hedwig, sin embargo, el cambio era evidente: un entramado invisible de hilos mágicos, que en el pasado con Ron y Hermione había sido tenue, grisáceo y finalmente roto, comenzaba a entretejirse entre las cuatro jóvenes con un matiz dorado cada vez más denso. Era un vínculo de protección ancestral que solo florecía entre almas destinadas a guardarse lealtad absoluta.

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