El otoño no llegó a la isla volcánica de Minami Iwo Jima con el amortiguado manto de hojas secas y el olor a humedad rancia que Kira recordaba de los terrenos de Hogwarts. En Mahoutokoro, la estación de las hojas caídas era un espectáculo de fuego y piedra. Los bosques de arce japonés (momiji) que bordeaban el foso exterior de la fortaleza de jade se tiñeron de un rojo tan vivo que pareció prender fuego a las laderas del monte, mientras que las brisas del Océano Pacífico traían consigo el perfume acre del azufre, el aroma de la sal seca y el susurro de una magia tan antigua como la propia tierra.
Había pasado un mes completo desde el día en que Kira Potter se puso en pie frente al taller del artesano Hikaru y empuñó su nueva varita: una vara impecable de arce japonés con un núcleo triple formado por los cabellos de las trillizas Seiryu.
Aquel artefacto no era una simple herramienta de madera y fibras mágicas; era una extensión directa de su propio ser. La vibración que sentía en la palma de la mano cada vez que pronunciaba un encantamiento en clase no era la chispa brusca y combativa de su antigua varita de acebo, sino un torrente fluido, denso y cristalino, como el agua pesada de un pozo sagrado.
Durante aquellas cuatro semanas, Kira se había sumergido en las rutinas de la escuela japonesa con una desesperación silenciosa y Voraz. Muchas noches, mientras el resto de las chicas de la Casa Seiryu dormían en sus futones bajo el arrullo del viento marino, Kira permanecía despierta junto a la ventana de la torreta orientada al este. A la luz de una lámpara de aceite mágico que no emitía humo, devoraba tratados sobre la anatomía de los flujos de ki, la teoría de las barreras continentales y los tomos de historia sobre el Shogunato Mágico que los profesores recomendaban solo a los estudiantes de cursos superiores.
—Tu curiosidad no tiene límites, Kira-chan —le decía Kae a menudo, recostando la mejilla sobre la mesa de la biblioteca mientras observaba cómo la británica tomaba notas minuciosas en un pliego de papel de arroz con un pincel de bambú—. A veces parece que crees que la magia se va a agotar si no la memorizas toda antes del amanecer.
—Es solo que... aquí todo tiene sentido —contestaba Kira sin levantar la vista de un pergamino que detallaba los sellos de manos de la era Heian—. En Hogwarts la magia era como una serie de trucos que tenías que repetir hasta que la varita escupía chispas. Nadie nos explicaba por qué funcionaba, ni de dónde salía la fuerza. Aquí es como aprender a respirar de nuevo.
Buscando una vía de escape para la tensión constante que aún agarrotaba sus hombros, Kira había decidido inscribirse en el Club de Gastronomía Mágica de la escuela. Era un espacio amplio, situado en los niveles subterráneos de la fortaleza donde las cocinas estaban equipadas con calderos de bronce bruñido, morteros de piedra volcánica y hornos alimentados por llamas de flama de zorro.
Allí había conocido a Kinomoto Kaito, un estudiante de sexto año de la Casa Suzaku y presidente del club. Kaito era un joven de modales pausados, cabello castaño recogido en una coleta baja y un dominio pasmoso del arte de la cocina ritual.
—La cocina no es diferente de la alquimia, Potter-san —le explicaba Kaito una tarde de martes mientras la guiaba en la preparación de un wagashi tradicional pulido con polvo de perla marina—. Si viertes tu intención con ira o con prisa, el arroz se amarga y la pasta de azuki se corta. La magia fluye a través de tus manos hacia los ingredientes. Si tu mente está tranquila, el alimento sanará el cuerpo de quien lo consuma.
Kira aprendió a moldear la masa con paciencia, a cortar las verduras con movimientos precisos y a escuchar el murmullo del vapor. Bajo la tutela de Kaito, la chica encontró un refugio donde sus manos no tenían que empuñar una varita para defenderse, sino para crear algo puro.
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Una Nueva Vida
FanfictionKira Potter, es agredida fisicamente y verbalmente por sus compañeros. Sus mejores amigos se han unido para hacerle mas daño, las demas casas tambien junto con la participacion de algunos Slytherins y la nueva profesora de DCAO, Dolores Umbridge. Al...
