2. Un intruso entre libros

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Eloi se despertó gritando y, sin darse cuenta, agarró el piolet que guardaba bajo la almohada

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Eloi se despertó gritando y, sin darse cuenta, agarró el piolet que guardaba bajo la almohada. Dos años no eran suficiente para aliviar el peso de las pesadillas. Cada noche recordaba a Oriol convertido en una bestia inmunda y el forcejeo mortal hasta inmovilizarlo en la tienda. Recordaba, también, las calles llenas de vísceras, huir para salvar su vida... En especial, recordaba el sonido que siempre lo acompañaba: el de la carne humana siendo masticada por su marido.

Apenas se incorporó, Oriol golpeó la puerta del camerino con insistencia.

—¡Buenos días, amor! —Los golpes se volvieron aún más violentos—. Lo sé, cielo... Tienes hambre. Dame tiempo.

Sabía que su esposo no moriría, no tan rápido. Quizá, el día menos pensado, aparecería la cura de sus desdichas y retomarían la relación en el mismo punto en que la dejaron. Entretanto, tan solo podía esperar a que algún loco quisiera atacarlos.

Eloi troceaba a sus víctimas, las guardaba en cubos e intentaba conservarlas lo mejor posible para ofrecérselas de comer. No le importaba ver a Oriol con la boca llena de sangre y restos de vísceras, alimentándose como una fiera: en esos instantes, podía acercarse a él e incluso vislumbrar una mirada de gratitud en sus ojos. Aquellos míseros segundos le devolvían la esperanza y hacían que todo el pesar valiera la pena.

Sin embargo, ahora los cubos estaban vacíos.

Tomó el libro, como cada mañana, e inició la lectura.

Tenía la sensación de que leerle en voz alta le hacía recordar que aún era humano. Sus gruñidos se convertían en dulces ronquidos y lo sentía rezagado en el suelo, al otro lado de la puerta que los separaba.

No obstante, al oírlo, Oriol gruñó por enésima vez.

Llevaba días con la misma lectura y, suponía, ya no servía para apaciguarlo, así que se puso en pie, se vistió con una sudadera negra que le iba dos tallas grande y se dispuso a abandonar su escondite. Sus pies trastabillaron con algunas latas y recordó que, tarde o temprano, tendría que poner orden. No esperaba visitas, obvio, pero tampoco le apetecía tener un accidente.

—Ahora vengo, cariño —se despidió—. Voy a por otro libro.

Se cubrió con la capucha, miró a ambos lados, no por el tráfico, y cruzó la calle Pau Claris para adentrarse en la librería Laire.

En los días de saqueos la población arrasó con toda la comida, ¡hasta con el café! No así con los libros. Apenas algunos de viajes o aquellos que incorporaban mapas, no más. Por eso, cuando Oriol se cansaba de una historia, Eloi iba con sumo cuidado y buscaba una nueva.

Llevaban varios meses instalados en el Liceu, desde entonces, los libros nunca habían faltado. Además, la supervivencia se hacía más sencilla cuando no tenía que encargarse de llevar bien amarrado a su esposo.

Le sorprendió ver que la entrada estaba forzada. Aquello no le gustó. Ya nadie se arrimaba a las ciudades, lo que las había convertido en un lugar, más o menos, seguro —siempre que se tuviera cuidado al allanar viviendas o con los resucitados que, a menudo, caían desde los balcones—.

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