«Hasta que la muerte os separe», dijo el concejal que los casó. Pero Eloi no va a permitir que la muerte se interponga en su matrimonio, por mucho que Oriol se haya convertido en zombie.
Quien sí podría interponerse, en cambio, es Edu, el forastero...
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Eloi tenía los ojos cual corderito asustado, la piel pálida, el cabello bien recortado, no parecía pasar hambre y, no menos importante, lucía un excelente afeitado. Se las apañaba muy bien solo, sin embargo, Eduard no entendía cómo había logrado sobrevivir dos años sin pisar un refugio.
Moraban en él un aura inocente, una timidez innata y el dolor de la soledad. Cuando se tocaron sintió algo en el roce. Apostaba a que no era más que la falta de contacto físico, no le importó.
Cuando el chico le confesó que se resguardaba en el Liceu, puesto que la acústica era una gran protección, los ojos de Edu se abrieron asombrados. Aquel joven había convertido la Gran Catástrofe en un cuento de hadas.
—Casi no me queda comida —se lamentó Eloi—, pero igual puedo darte algo.
—Eso sería genial —aceptó. Sin duda estaba hambriento, aunque ahora comprendía que lo que en realidad añoraba era la compañía.
No le dejó ir con él, no obstante, cumplió su promesa: regresó poco después con algo de leche en polvo, agua y una lata de aceitunas que compartieron entre los dos. Luego conversaron con calma hasta llegado el atardecer. Se contaron anécdotas sobre su infancia y revivieron cada uno de sus días felices. Entendió el dolor de Eloi cuando, con voz trémula, le explicó que la Gran Catástrofe había destruido el amor de su vida.
Aquella no fue su única visita: a la mañana siguiente le trajo verduras; al tercer día, sopas y algunas bolsitas de infusión. ¿De dónde sacaba aquello? No le interesaba, ¿para qué? Lo que de verdad le llamaba la atención era el joven que tenía delante, quería saberlo todo de él y, cuanto más hablaban, mayor era su curiosidad. ¿A qué sabrían sus labios? ¿Cómo de suave sería su piel? ¿Por qué nunca se quedaba a dormir ni dejaba que lo acompañara?
La tensión entre ellos era tan palpable que bien pudiera haberse esfumado el mundo sin que lo percibieran, pero cada vez que Edu se acercaba, Eloi rompía la cercanía y se marchaba. Aquello sí era un misterio que lo traía de cabeza. ¿Por qué lo rechazaba? Percibía sus ganas, sus ojos expectantes, sentía su necesidad, la misma que albergaba él, no obstante, no lograba derribar sus fronteras.
Tras varios encuentros, llegó el momento en el que le pidió que lo llevara con él. Amaba la librería en la que se había instalado, pero quería ver dónde vivía el joven que lo alimentaba a diario. Quizá, así lo conocería un poco mejor.
—No creo que sea buena idea... —musitó Eloi.
—No me quedaré, solo quiero ver cómo es ese sitio por dentro. Te prometo que será una visita corta, no miraré si tienes cadáveres escondidos ni si guardas drogas bajo los asientos —bromeó.
Eloi se quedó pensativo, jugueteó con el flequillo y volvió la vista atrás, al exterior.
—¿Una visita rápida? —preguntó.
—Lo prometo.
Cuando llegaron al teatro, su anfitrión le pidió que esperara fuera hasta cerciorarse de que todo estaba en orden, algo que extrañó a Oriol.