conociendo

44 8 19
                                        

Les cuento que, pasó un día en que justo pensaba en cómo morir, porque lo admito, soy débil de mente. Fue un día de los 15 que estuve aislada. Me despertaron de un golpe en los barrotes y me dijeron: "Solo tenés 5 minutos para cambiarte". Pregunté a dónde íbamos, perono me dijeron.

 Me cambié, pero no sabía cómo me veía. Ahí no había espejos ni nada parecido, pero supuse que mal; ojos hinchados, rojos y mal peinada. Me pusieron las esposas y me llevaron en un auto policial hasta el juzgado. En el camino pude ver personas y árboles; simplemente viviendo. Mientras yo no sabía cuándo lo volvería a hacer de la misma manera. 

 Cuando entramos al edificio de los tribunales, doblamos varias veces los pasillos. En un costado estaban sentados Daniel y mi mamá. Cuando me vieron, corrieron a mi encuentro y, por suerte, me permitieron acercarme. Fue impactante ver cómo lloraban. Él me dijo palabras que tuvieron un gran significado para mí. Me destrozaron, y a la misma vez, me armaron por completo. "Te amo, estoy con vos. No estás sola". Eso fue suficiente para que dejara de sentir frío y miedo. Para que creyera que podría vivir, que realmente lo creyera. Que tal vez tenía derecho de hacerlo.

 Las esposas en mis manos, no me dejaron abrazarlo, pero él lo hizo por mí. Me desarmé en sus brazos. Para mí, hasta ahora, fue un abrazo eterno y tan sincero, que lo tengo tatuado en mi memoria.Mi mamá se acercó después, acarició mi rostro y me abrazó. Me dijo que también iba a hacer lo imposible por mí. Aunque, la verdad yo no sabía si merecía ese perdón y ese cariño que anhelé por tanto tiempo.

 Escuché a alguien decir: "7 años y medio por intento de homicidio". Fue mi condena.

 Si ella sobrevivió, ahora me tocaba a mí hacerlo. Hoy en día pienso que, ojalá haya podido seguir adelante. Porque, a pesar de todo, nos encontramos en un mal momento de nuestras vidas, las dos.

 Lo único que anhelaba cada día era una carta de Daniel, puesto que solo lo podía ver una vez a la semana, durante una hora. Antes de irse a trabajar, él pasaba por tránsito, me dejabauna carta y se llevaba una mía.En sus cartas escribía mis sueños. Ponía que me extrañaba y nuestras costumbres.

 Cuando salgás y nos mudemos, pintaremos la casa del color que vos quieras. Tendremos alguna mascota juntos. Saldremos de viaje a donde vos quieras.Yo respondía sus cartas durante el día y al siguiente, le entregaba la carta en respuesta. Me gustaría pintar la casa de bordo y también quiero una pecera con peces feos y cachetones. Quiero conocer la nieve algún día.Eran solo palabras, y tal vez, algunas cosas jamás pasarían, pero me daban esperanza.

 Sentía más lástima por él, que por mí, por todo lo que estaba pasando. Porque no era su culpa, él no tendría que estar pasando por esa situación. Parte de nuestro sueño se fue con la abogada, porque gastó lo que hasta entonces era para su casita, en mí y en defenderme. Aunque de eso me enteré hasta después. 

 Luego de 3 meses, me trasladaron. Al principio, tenía miedo porque iría a un penal donde ya no seríamos dos o tres chicas en cada habitación como en tránsito, sino que ahora serían 30 o 40 en cada pabellón. Donde las camas iban, casi siempre, pegadas una al lado de la otra. No es como en las películas, ahí te venden bonitas instalaciones, la realidad es completamente diferente. Al mes de estar ahí, me intentaron ahorcar y me robaron la taquilla donde tenía mi ropa y mis cosas personales, dos veces. 

Además, me dijeron que lo hicieron porque era una llorona.Sinceramente, yo no sabía qué hacer o cómo defenderme.Hay minas que están acostumbradas a eso; hijas de narcos, prostitutas y mujeres grandes que no tendrían que estar ahí. Había incluso muchas sin familia. Un día te das cuenta de que, aunque sea poco, no tenías por qué dejarte tratar así. Me enseñaron a decir las cosas cuando algo me molestaba y defenderme, porque yo tenía la mala costumbre de aguantar todo, hasta que explotaba.Pobre mi negro, más de una vez fue a la visita y me encontró como un panda por andar defendiéndome. Obviamente se iba mal, porque no podía hacer nada al respecto.

 Pasó el tiempo y a pesar de todo, él seguía ahí, donde no debía estar. Con sus quilombos; terminando una carrera y trabajando. En una ocasión, me confesó que se arrepentía por haberme tratado tan mal cuando andábamos. Por haber sido tan frío conmigo. Le dije que no era culpa suya y es que, realmente no lo era. Simplemente no era el momento y, uno a veces valora más las cosas cuando las pierde, que cuando las tiene. Porque somos así de tontos.

Pasaron meses y me perdí de cosas importantes; volvieron las fiestas, pasaron cumpleaños, el nacimiento de mi primer sobrino, la muerte de un familiar. Lo que más temía era que a él, se le fuera el amor de tanto esperar. Pero, por supuesto que me equivoqué, él siguió conmigo en cada paso que di, acompañándome. Después de 15 días más de adaptación en ese lugar, podía tener visitas. Los domingos de 8:00 a.m. a 6:00 p.m. y los días de semana solo una hora, a las 4:00 p.m. Para mí, eso era lo mejor que me había pasado desde que llegué a ese lugar, hasta que me contaron de algo mis propias compañeras. 

Si mi pareja quería tener intimidad conmigo, yo tenía que realizarme un examen médico, al igual que él. Nos daban a escoger un día cualquiera, así que decidimos que sería el domingo, porque el sábado ya lo habían reservado. Los demás días él trabajaba y estudiaba, entonces no eran una opción.Podía entrar a cualquier hora a partir de las 8:00 a.m. y salir, sí o sí, a las 6:00 p.m. Teníamos todo el día para estar en nuestra burbuja íntima. Aun así, íbamos después del medio día para darle la oportunidad a mi visita de que me viniera a ver.

 Él llegaba muy temprano para hacer la cola de espera, y la requisa correspondiente de todo. Cuando digo todo, es todo. Tenía que mostrarse todo para poder pasar, no sé ni cómo hacía él para soportar tanto.Yo lo esperaba desde temprano, también. Me levantaban a las 7:00 a.m. y tenía hasta las 7:30a.m. para ir a ducharme y entrar de nuevo al pabellón. Pero yo volaba.

 Recuerdo que la primera vez que tuve intimidad, estaba nerviosa. Entré a ducharme y pedí una maquinita de afeitar para poder estar más cómoda, y me di cuenta de que la oficial pasaba a cada ratito. Al parecer, las chicas aprovechaban a veces, para autolesionarse. No solía arreglarme un día normal, pero ese no era uno de esos días. Me bañé, usé perfume, me vestí muy bonita y me puse zapatos altos lo más rápido posible. Hasta que me llamaron. Gritaron: "¡Visita!" Algunas de mis compañeras me hacían ojitos y hasta me deseaban buena suerte. Yo ya había estado con él, pero pasó tanto tiempo y lo extrañaba tanto, que cuando me vio, pude ver en él la misma urgencia que yo de abrazarlo, besarlo y no soltarlo más. Nos acompañaron hasta el cuarto y nosotros íbamos tomados de las manos. Al llegar, ambos estábamos temblando. Cuando entramos, colocamos nuestras sábanas y primero me preguntó si estaba bien. Después de esa pregunta no aguantamos más y nos pusimos a llorar. Porque hasta ese momento, siempre habíamos tenido público observando y no habíamos podido consolarnos mutuamente.Entre besos y caricias, me olvidé de lo injusta que es la vida a veces.

Argumentos de vidaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora