EXTRA

677 54 147
                                        

28/09/2025

—Muy bien, vamos a cerrar —la voz de Harry se escucha firme y sin dudas. La calma absoluta vibrando en sus cuerdas vocales. Sin quitar la vista de su paciente, voltea apenas el rostro para hablar con la enfermera que está detrás de él—. Podemos poner un poco de música, por favor.

Con un asentimiento de cabeza, Rosa, una mujer de casi 50 años, presiona el botón de reproducir en el parlante que está a unos cuantos metros de la mesa de operaciones.

La música comienza a sonar, acaparando cada espacio de la sala del quirófano.

Harry se relame los labios detrás de su barbijo, ocultando una sonrisa cuando inserta la aguja en la piel del paciente para comenzar a coser.

Después de tantos años, asegura que la medicina lo salvó de caer en la locura, y es por eso que logró culminar con sus estudios mucho antes que sus demás compañeros.

La aguja entra y sale, suturando perfectamente la herida abierta en el abdomen del hombre de unos cuantos años que tuvo la mala suerte de contraer cálculos biliares.

Por un segundo se distrae, se deja ir a través de la música y el murmullo de alguno de sus internos que lo observan realizar una cirugía difícil como si fuera un rompecabezas, algo tan simple que podría hacer con los ojos cerrados.

Es la delicadeza y la vocación de sus manos que se mueven al compás de su cerebro, que las guía, sapiente, de todo lo que debe hacer.

—Perfecto —susurra para sí mismo. Su cuerpo se mueve de un lado a otro, siguiendo inconscientemente el ritmo de la música—. Desinfecten y acompañen al paciente a su habitación.

Dichas las últimas palabras, observa cómo sus estudiantes se acercan para terminar con lo que él empezó.

Se aleja de la mesa esterilizada y camina hacia la puerta, jugando con sus guantes para poder quitárselos.

Empuja con la punta de su pie uno de los lados de la puerta y ésta se abre, permitiéndole respirar el aroma a hospital y tapándole los oídos con el silencio crónico de la noche.

Migajas de energía recorren su cuerpo mientras arrastra sus pies por el largo y desolado pasillo, quitándose los guantes con los ojos apenas abiertos.

Ahora mismo, las camas duras e incómodas del hospital son el oasis en el desierto que resulta ser el cansancio que lo abruma por completo.

Las luces blancas de la zona de descanso alumbran su andar. El pitido de las máquinas marcan un constante ruido que tiene sus oídos temblando ante la ansiedad del silencio que lo espera en el interior de aquella habitación.

Ni siquiera lo piensa demasiado cuando toma el picaporte y lo hace girar, abriendo la puerta dos segundos después.

A través de la ventana que da a la calle, Harry puede observar la luna redonda en su máximo esplendor, ocupando su lugar privilegiado en el cielo. Las estrellas la acompañan, al igual que todas las noches.

Respira profundamente, con los ojos cerrados, y se deja caer en una de las camas a su derecha.

Ni siquiera es consciente de cómo cerró la puerta, pero la almohada abrazándolo es lo único que le importa realmente.

Se siente como estar en una nube, con el cuerpo flotando entre algodones suaves y esponjosos que lo llevan hacia otro lugar; uno donde todo es más lindo.

Physical [L.S] ✔Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora