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JungWon cayó a su asiento grácilmente, como una pluma hacia el mullido asiento viejo pero útil

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JungWon cayó a su asiento grácilmente, como una pluma hacia el mullido asiento viejo pero útil. Su frente un poco arrugada y los dedos acalambrados y adoloridos cuando apenas eran las 8 de la mañana. Sus codos dolían y estaban con una leve hinchazón de la cual ya no tenía cuidado. Era bastante malo tener artritis a tan temprana edad ya que afectaba mucho en su trabajo que necesitaba el uso constante de sus extremidades superiores, pero tratarse por completo su artritis era algo que salía de su presupuesto, por lo que se trataba con algo de acupuntura y analgésicos aunque no sirviese de mucho.

Encargarse de la floristería de su familia siempre fue algo que le llamó su atención, pero no contó con que sus padres murieran a tan temprana edad en un accidente y él, como el hijo menor y sin trabajo estable, se quedó con esta por completo. No era malo, ganaba mucho más que el promedio y tenía una clientela buena con un par de empleados -que eran sus amigos- bajo su cargo.

No, no era nada malo, porque uno de sus clientes no era nadie más ni nadie menos que la cónyuge del rey, la auténtica familia real de Corea del Sur.

"Ay no", murmuró, parándose al ver como de una de las preciosas dalías blancas encajadas en el foam del arreglo caían los pétalos, por lo que aguantando el dolor de sus brazos y el tirón acalambrado de sus falanges, retiró la dalía dañada del foam con cuidado de no arruinar los astilbes rosas ni las paniculatas, reemplazándola enseguida por una dalía fresca y cortada que tenía de repuesto en la misma mesita por si llegaba a suceder justamente eso y encajándola suavemente en el foam mojado.

Cuando estaba firme, sonrió satisfecho y dejó caer sus pobres brazos doloridos a su costado, retrocediendo un par de pasos evitando su silla para ver los cuatro arreglos florales de tamaño mediano que cada semana la reina encargaba a su florería. Cuatro arreglos no eran nada para la inmensidad del castillo y las primeras veces que la reina le pidió sus servicios hace dos años se extrañó al ver la poca cantidad de flores encargadas, pero luego se enteró que era una florería internacional y grande quien se encargaba de decorar con flores cada rincón del castillo gracias al diario, concluyendo que finalmente, la reina no tenía poder sobre con qué decoraba su propio hogar y que si encargaba con él era por gusto propio y capricho.

Jamás había cruzado palabras con la reina, pero con su hijo y el segundo primogénito de la familia si, Nishimura Ni-Ki.

La primera vez que se conocieron fue algo bastante extraño, era apenas la tercera vez que recibía un encargo a nombre de la reina y los nervios le comían por dentro como las dos veces anteriores, viendo como el auto blanco y brillante con las banderas del país en el capó estacionaba frente a su pequeña florería y bajaba el mismo asistente que había visto las veces pasadas. Pero esa vez se había asustado al ver como aparte de aquello, dos grandes gorilas de negro salían por la cabina de más atrás, y por detrás del asistente aparecía nadie más ni nadie menos que el principe fragante de cabello negro llamado Nishimura Ni-Ki.

No iba a mentir que sus nervios casi hacen que vomite el almuerzo del día anterior al ver al príncipe de su edad que solo había visto por televisión en sus 23 años frente a él y luciendo tan atemorizante, con el impecable saco negro y el cabello azabache peinado hacia un costado de forma pulcra, el ceño fruncido juzgando y recorriendo la calle donde habían parado.

*°• ᴅᴏᴜʙʟᴇ ʟᴏᴏᴘᴇᴅ ᴏ - ᴡᴏɴᴋɪ •°* Donde viven las historias. Descúbrelo ahora