(ESTA OBRA NO ES MÍA)
Basada en la obra maestra de Jane Austen, Orgullo y Prejuicio (Pride and Prejudice), el Diario del Sr. Darcy nos narra la historia original de Jane Austen desde el punto de vista del Sr. Darcy, presentándolo como entradas de s...
Le regalé a Georgiana un nuevo parasol esta mañana, y estuve complacido al ver cuánta alegria le dió. El color está comenzando a regresar a su rostro. Mientras pensaba esto, no pude evitar que mis pensamientos fueran a Elizabeth. Su rostro siempre era saludable. Le gustaba estar fuera de casa, y siempre estaba caminando, lo que hacía que sus ojos y su rostro estuvieran más brillantes. ¿Dónde está ella ahora? ¿Está en Longbourn? ¿Piensa en mi? ¿Me desprecia, o me ha perdonado?
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Miércoles 25 de junio
Ahora estoy convencido de que Bingley aún está enamorado de Jane Bennet. Lo he
observado por más de seis semanas, y sé que se acerca el momento de decirle lo que he hecho.
Tener el derecho de decirle con quien debería o no debería casarse fue un acto de arrogancia, y
emplear el arte de ocultar para conseguirlo fue una impertinencia de la peor
clase.
-Pareces pensativo, Darcy- dijo el Coronel Fistwilliam, viniendo a mi lado. -Bingley ha hecho
algo que te preocupe?.
-No. Soy yo quien hizo algo que lo angustia.
-Oh?.
-Creo que te hablé una vez de un amigo a quien había salvado de un matrimonio desastroso.
Estoy empezando a pensar que fue una interferencia equivocada.
-Me pareció que habías hecho algo a su servicio.
-Y yo también lo creía, en su momento, pero ha perdido interés en las jóvenes desde
entonces.
-Ese joven era Bingley, ¿no es así?.
Lo admití.
-Es joven. Encontrará a alguien más.
-No estoy seguro. En ese momento pensé que actuaba con distinción, pero todo distinto
ahora. Fue una interferencia.
-Entonces están en armonía con Miss Bennet!
-¿Miss Bennet?- pregunté.
-Sí. Miss Elizabeth Bennet. Ella también opinó que fue una interferencia. Oh, no temas- dijo, al ver mi expresión.-No le dí particulares, solo que tu habías salvado a Bingley de una
unión desastrosa. No mencioné el nombre de la dama, de hecho, no lo conocía. No necesitas
temer que pueda conocer a la familia.
No dije nada. De hecho, estaba muy horrorizado para hablar. Entonces Elizabeth había
oído de mi intervención, y lo había oído de una forma congratulatoria, donde mi primo, en
toda su inocencia, le dijo lo útil había sido.
Ya no me pregunto por qué estaba tan enojada conmigo en la parroquia. Ahora sólo me pregunto por qué no estaba aún más enojada. Empecé a ver claramente por qué me había
rechazado. Y a ver que, por mi propio orgullo, arrogancia y estupidez, he perdido a la mujer
que amo.