Capítulo 1

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Lyra

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«De la rosa, somos sus espinas».

Había escuchado aquellas palabras desde que tenía uso de razón. Era nuestro mantra, nuestro emblema, nuestro orgullo.

O lo fue alguna vez.

Ahora éramos tan pocas, que aquellas palabras apenas parecían tener un sentido.

¿Un rosal con nada más que un puñado de espinas, todavía podía ser considerado un rosal?

Aquella debía de ser la tercera o cuarta vez esa semana en que escapaba de casa mientras las demás dormían. Más que nada, añoraba la soledad para poder romperme sin miedo a que alguien me viera. Caerme a pedazos sin que madre estuviera allí para constatar una debilidad en mí que solo conseguiría hacerle daño. No quería causarle más dolor o peor aún, decepción. No podría soportar ver esa expresión desilusionada en su rostro, no otra vez. Ella confió en mí y yo le fallé.

Me había equivocado enormemente al dejarme engatuzar por un patán con p mayúscula, aunque claro, no era la primera en hacerlo. Las mujeres de mi familia disponían de un vasto historial de relaciones amorosas fallidas y/o nefastas, pero se suponía que yo tenía que ser diferente, más fuerte, más inteligente. Debía de aprender de los errores de mis hermanas y hacerlo mejor...

Pero no lo hice.

Sentada ahí, en el pequeño columpio del patio de nuestra casa, me coloqué los audífonos y permití que las lágrimas retenidas trazaran su camino libremente por mi rostro. Lloré en silencio hasta que sentí que toda aquella angustia y desesperación abandonaba mi cuerpo y por un breve instante, experimenté la paz que precede al llanto.

Pasé todo el santo día haciéndome la fuerte, negándome a demostrar cómo me sentía por dentro. Acabada, destruida, rota.

Sobrellevé mis clases como pude a pesar de la sensación de vacío que se me adhería al estómago, regresé a casa, acudí a mis entrenamientos e incluso me esforcé por sonreír para que madre e Isa no se preocupasen todavía más por mí, pero llegada la noche las pesadillas me hacían imposible conciliar el sueño.

El sonido de los disparos, el terror ante la idea de ser descubiertas en nuestro escondite, el llanto de Julián y Diego amortiguado por las manos de Isadora, quien hacía su mejor esfuerzo por calmar a nuestros sobrinos, mientras yo hacía lo posible por proteger a madre con mi cuerpo, rezando para que las sombras nos ocultasen el tiempo suficiente, haciéndonos invisibles a lo que pudo ser la noche más nefasta de nuestras vidas. La que fácilmente pudo ser la última noche de nuestras vidas...

Luca había dejado de responder mis mensajes hacía ya casi dos meses y se negaba a contestarme el teléfono. Era la segunda vez hacía esto sin ninguna explicación de por medio. La segunda vez que despertaba para encontrarme con que el remitente de mis correos electrónicos había sido bloqueado, la segunda vez en que él desaparecía y renegaba de mí, como si nunca hubiera existido, como si yo fuera algo para querer y desechar a conveniencia.

La última vez pasaron semanas antes de que supiera algo de él, cualquier cosa, solo para que este reapareciera una tarde en el umbral de nuestra casa como si nada, disculpándose por la forma en que había desaparecido y por cómo me trató, llenándome de promesas repletas de nuncas y siempres... Y yo le perdoné.

"Estúpida".

Y es que... ¿qué otra cosa hubiera podido hacer?

Luca fue mi mejor amigo durante años, desde que no éramos más que un par de críos. Vivíamos en ciudades diferentes y casi nunca nos veíamos, nuestra comunicación era intermitente, escasa entre períodos y, aun así, luego de que este regresara a la capital por un breve período de tiempo debido a los negocios de su padre, las chispas saltaron. O eso creí. Él ya se encontraba en la universidad, mientras que yo cursaba mi último año, por lo que fue más que sencillo para él venderme esa idea de chico maduro del que yo fui privilegiada por el mero hecho de captar su atención. Tras ese encuentro los correos se volvieron a hacer más frecuentes, tal y como cuando éramos niños. Luca siempre fue bueno con las palabras y por un par de meses había logrado que la soledad con la que lidiaba a diario se disipase.

Las Espinoza ©Donde viven las historias. Descúbrelo ahora